21/02/2026
La Finta y la Evidencia: Lo que el gobierno de Petro nos enseñó sobre el poder en Colombia
Una conversación que se convierte en columna
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I. La pregunta que no nos deja dormir
Durante meses, una pregunta ha rondado la cabeza de quienes intentamos entender el momento político colombiano: ¿hasta dónde fue incompetencia del gobierno de Gustavo Petro y desde dónde es responsabilidad del statu quo por bloquear cualquier avance?
La pregunta es incómoda porque no admite respuestas simples. Ni todo es culpa de la "oligarquía malvada", ni todo es responsabilidad de un presidente desordenado. La realidad, como siempre, habita en la grieta.
Pero después de mucho conversar, después de muchas vueltas, una conclusión emerge con claridad: el problema no es (solo) Petro; el problema es Colombia. Y lo que este gobierno ha hecho, con sus luces y sus sombras, es mostrarnos esa verdad con una crudeza inédita.
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II. La finta que desnudó al poder
Si algo logró este gobierno, no fue aprobar reformas estructurales. Fue algo más profundo y, a la larga, más determinante: dejó al poder en evidencia.
Petro llegó con un discurso radical. Señaló directamente: "Ustedes tienen las manos untadas de sangre, viven de rentas, han saqueado el país". Y el poder, en lugar de desmentirlo con hechos, reaccionó como siempre lo ha hecho: con virulencia, con bloqueo, con argumentos de forma, con togas y con editoriales furibundas.
¿El resultado? Por primera vez en décadas, millones de colombianos vieron al poder sin maquillaje.
· Vieron a los empresarios negándose a sentarse a hablar.
· Vieron a los magistrados actuando como políticos de derecha.
· Vieron a los congresistas hundiendo reformas que beneficiaban a la gente, sin siquiera debatirlas.
· Vieron a los medios actuando como partidos de oposición.
La finta de Petro (su radicalismo, su estilo confrontativo) cumplió una función estratégica: obligó al poder a quitarse la máscara. Y una vez que la máscara cae, ya no es posible volver a creer en la ficción de la "democracia imparcial" o la "justicia neutral".
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III. Las bases no piden reelección: el síntoma de una madurez política
Uno de los fenómenos más reveladores de este gobierno ha sido la actitud de sus bases populares.
En las calles, la gente sale a defender el proyecto. Llenan plazas, marchan, se organizan. Pero hay algo que no hacen: no piden reelección. No exigen que Petro se quede para siempre. No lo ven como un mesías insustituible.
Eso, que para algunos podría parecer una debilidad, es en realidad la prueba más contundente de madurez política.
La base popular colombiana ha aprendido por las malas que los líderes se van, los gobiernos pasan, pero los problemas quedan. Han visto morir a miles de líderes sociales. Han visto desaparecer movimientos. Han visto traiciones. Eso genera un escepticismo sano hacia la figura del "salvador".
Lo que piden no es la perpetuidad del caudillo. Piden cosas más profundas:
· Que el movimiento siga organizado después de Petro.
· Que aparezcan nuevos liderazgos, formados en la lucha.
· Que la experiencia de este gobierno sirva para la próxima vez.
· Que la evidencia recogida se convierta en arma para el futuro.
Eso no es caudillismo. Es conciencia de clase.
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IV. La representación que crece: la capilaridad del cambio
Hay un dato que suele pasar desapercibido en el debate nacional, pero que es quizá el más importante: la representación popular está creciendo en todos los niveles.
Hasta hace unos años, la izquierda era un fenómeno bogotano y de algunas ciudades capitales. Hoy, casi en todos los departamentos y municipios hay concejales, diputados, líderes locales que se reivindican del cambio. La tendencia va al alza.
Eso significa varias cosas:
· Que la semilla cayó en tierra fértil.
· Que hay estructuras locales organizadas.
· Que el establecimiento ya no tiene el monopolio de la representación.
· Que en cada pueblo, por pequeño que sea, hay ahora una voz que denuncia, que vigila, que incomoda.
Y eso, para el poder tradicional, es una pesadilla. Porque significa que ya no pueden gobernar en la sombra. Ya no pueden repartirse el presupuesto sin testigos. Ya no pueden hacer y deshacer a sus anchas.
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V. El centro: el adorno que siempre termina del mismo lado
En este tablero, hay un actor que merece capítulo aparte: el centro político.
Esos que se autodenominan "independientes", "técnicos", "ni izquierda ni derecha". Esos que piden compostura en medio del conflicto. Esos que escriben columnas sobre la necesidad de "diálogo" y "reconciliación".
El centro en Colombia tiene una función histórica: legitimar el statu quo. Son los que validan las reglas del juego mientras el juego sigue siendo el mismo. Son los que dicen "hay que respetar las instituciones" cuando las instituciones están masacrando cualquier intento de cambio.
Y cuando llegue el momento de la verdad, cuando haya que elegir bando, el centro elegirá el bando del poder. No por maldad, sino por función. Porque su existencia depende de ser el "ala aceptable" del establecimiento.
Tarde o temprano, el centro se define. Y siempre lo hace al fondo, a la derecha.
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VI. La radicalización como camino
Si algo nos ha enseñado la historia es que ningún cambio profundo se logra sin radicalizarse. No un poco. No a medias. Lo suficiente para que el poder entienda que no hay vuelta atrás.
La independencia no se logró pidiendo permiso a la corona. La abolición de la esclavitud no se logró convenciendo a los esclavistas. Los derechos laborales no los regalaron los patrones por bondad. El sufragio femenino no lo concedieron los parlamentos por iluminación repentina.
Todo se logró con lucha, con confrontación, con presión insoportable. El poder no se comparte. El poder se arranca.
Y en Colombia, esa lección apenas está empezando a aprenderse.
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VII. Lo que viene: tres frentes, una batalla
El escenario que se avecina tiene tres actores claramente definidos:
1. Los que defienden lo ganado. Los que tienen un concejal en su pueblo, un líder en su junta, una organización en su barrio. Esos no van a desaparecer. Van a replegarse tácticamente cuando la derecha vuelva al poder, pero van a seguir operando en los territorios, en la memoria, en la resistencia.
2. Los que se aferran al poder a toda costa. El establecimiento va a volver. Y cuando vuelva, no será con máscara de moderación. Volverá con saña, con sed de venganza, con el objetivo explícito de borrar hasta el recuerdo de que hubo un gobierno popular.
3. Los adalid de la moral. Los que piden compostura. Los que lamentan la polarización. Los que escriben columnas sobre reconciliación. Esos, cuando llegue el momento, se alinearán con el poder. Porque siempre lo hacen.
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VIII. Conclusión: la evidencia como legado
Al final, lo que queda de este gobierno no es un legado de reformas (que no fueron), ni un legado de obras (que fueron pocas). Queda un legado de conocimiento encarnado.
La gente ahora sabe. Sabe quién es quién. Sabe cómo funciona el veto. Sabe que las instituciones no son neutrales. Sabe que el poder no se entrega, se arranca.
Ese saber, difundido, compartido, discutido en las ollas comunitarias, en las juntas de acción comunal, en los sindicatos, en las universidades públicas, es la semilla de algo mayor.
La finta ya se hizo. El rival mostró sus cartas. Ahora toca decidir si aprendimos la lección.
Porque si aprendimos, si realmente entendemos que el cambio es de décadas y no de cuatro años, si aceptamos que habrá derrotas antes de la victoria, entonces todo esto habrá valido la pena.
Y el gobierno de Petro, con todas sus fallas, será recordado no como el que logró las reformas, sino como el que rompió el hechizo y nos obligó a ver la realidad con los ojos abiertos.
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Esta columna está basada en una conversación real. Los argumentos, las dudas y las conclusiones pertenecen a quien tuvo la lucidez de plantearlas. Yo solo las puse en orden.