21/07/2026
Continuación Cap.2 "Amar Tarde" by BaFerz Hector
El peso de una despedida tranquila.
Elian comenzó a caminar sin prisa.
Las luces de la avenida se reflejaban sobre el pavimento todavía tibio por el calor del día. A su alrededor la ciudad seguía viva. Los restaurantes continuaban recibiendo clientes, los autobuses pasaban repletos de turistas y la música escapaba de algunos bares mezclándose con el murmullo constante de la noche.
Todo seguía igual.
Solo él sentía que algo había cambiado.
Guardó las manos en los bolsillos mientras avanzaba hacia el lugar donde había dejado su automóvil. No tenía ninguna prisa por llegar. Después de tantos meses, aquella era una de las pocas ocasiones en las que el silencio no le resultaba incómodo.
Al contrario.
Lo estaba acompañando.
Recordó el abrazo de Mateo.
Había sido espontáneo.
Limpio.
Sin dobles intenciones.
Como solo saben abrazar los niños.
Sonrió sin darse cuenta.
Pensó en todas las tardes de pintura, en los pinceles olvidados sobre las mesas, en las manos llenas de colores y en las veces que el pequeño terminaba preguntando más de lo que pintaba.
Aquellos recuerdos ya no le arrancaban la misma tristeza de antes.
Ahora le provocaban una nostalgia serena.
De esa que duele, sí...
Pero también agradece.
Mientras esperaba el cambio del semáforo observó a una pareja cruzar la avenida tomada de la mano.
Meses atrás aquella imagen le habría atravesado el pecho.
Aquella noche no.
Simplemente los vio alejarse deseándoles, en silencio, que fueran felices.
Le sorprendió descubrir que no sentía envidia.
Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, había dejado de compararse con la vida de los demás.
Respiró profundamente.
El aire conservaba ese olor salado que llegaba desde el mar.
Cancún tenía esa extraña capacidad de mezclar el ruido de una ciudad con la calma de la playa.
Tal vez por eso siempre le había parecido un lugar lleno de contrastes.
Tan hermoso.
Y al mismo tiempo, tan difícil de olvidar.
Cuando llegó al automóvil permaneció unos segundos sin abrir la puerta.
Miró hacia el cielo.
Las nubes dejaban ver algunas estrellas entre los edificios iluminados.
Sonrió apenas.
—Gracias... —murmuró para sí.
No sabía exactamente a quién.
Tal vez a la vida.
Tal vez a Dios.
O tal vez simplemente al destino por haberle permitido vivir una historia que, aunque no terminó como había imaginado, le había enseñado una versión de sí mismo que desconocía.
Encendió el motor.
Antes de arrancar volvió a mirar la avenida.
Por un instante creyó distinguir el automóvil de Valeria entre el tráfico.
No estaba seguro.
Y, curiosamente, tampoco sintió la necesidad de comprobarlo.
Simplemente emprendió el camino de regreso.
Había noches en las que perseguir respuestas dejaba de tener sentido.
El camino de regreso transcurrió casi por completo en silencio.
La radio permaneció apagada.
No porque no hubiera música que escuchar.
Sino porque aquella noche Elian prefería escuchar únicamente el sonido del motor y el ir y venir de sus propios pensamientos.
Conducía despacio.
Sin prisa.
Como si quisiera alargar unos minutos más aquel día.
Mientras avanzaba por las avenidas de Cancún comenzaron a desfilar pequeños recuerdos.
La primera vez que llegó a la ciudad.
Las caminatas por la playa.
Las clases de pintura.
Las risas inesperadas.
Las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Cada imagen aparecía con una claridad sorprendente.
Pero, a diferencia de meses atrás, ninguna lo empujaba hacia el dolor.
Simplemente pasaban frente a él como fotografías que alguien hojea con cariño.
Comprendió entonces que la memoria también aprende.
Al principio solo recuerda las heridas.
Con el tiempo empieza a conservar también las sonrisas.
Cuando llegó al lugar donde se hospedaba apagó el motor y permaneció sentado unos minutos.
No tenía sueño.
Tampoco ganas de entrar de inmediato.
Sacó el teléfono del bolsillo.
Lo observó unos segundos.
No había mensajes nuevos.
Sonrió con discreción.
Antes habría esperado uno.
Habría imaginado conversaciones que nunca llegaron.
Habría buscado cualquier pretexto para volver a escribir.
Aquella noche no.
Guardó nuevamente el teléfono.
Sin ansiedad.
Sin expectativa.
Solo con la tranquilidad de quien empieza a aceptar que algunas historias no necesitan un último mensaje para quedar completas.
Bajó del automóvil.
Antes de entrar volvió la vista hacia la ciudad.
Al día siguiente todavía quedaban cosas por hacer.
Y una de ellas ocupaba un lugar muy especial en su corazón.
Café Bori.
Sin saberlo, ese encuentro terminaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más importantes de toda su vida.