26/06/2026
😧
Hay tejedoras que prefieren el sillón...
Otras la mesa del comedor.
Pero Sofía siempre tejía sobre su cama.
Decía que era el único lugar donde podía relajarse de verdad.
Se sentaba con las piernas cruzadas.
Ponía una almohada detrás de ella. Y pasaba horas tejiendo mientras escuchaba música o veía series.
Vivía sola en un departamento antiguo.
En el segundo piso de un edificio que había sido construido décadas atrás.
La madera crujía constantemente.
Las tuberías gemían por las noches.
Y los vecinos de abajo parecían mover muebles a cualquier hora.
Por eso Sofía nunca prestaba atención a los ruidos.
Ya formaban parte de la rutina.
Un crujido en el pasillo.
Un golpe lejano.
Un rechinido bajo el suelo.
Siempre había una explicación... Hasta aquella noche.
Estaba terminando un pequeño amigurumi de gato.
La habitación permanecía iluminada únicamente por la lámpara de su buró.
El resto del cuarto estaba sumido en sombras.
Fuera, la lluvia golpeaba las ventanas.
Sofía trabajaba concentrada cuando escuchó un sonido debajo de la cama.
Tac.
Se detuvo.
Esperó unos segundos.
Nada.
Sonrió para sí misma.
Probablemente los vecinos.
Y continuó tejiendo. Minutos después ocurrió otra vez.
Tac.
Esta vez parecía más cerca.
Justo debajo de ella.
La mujer bajó el volumen de la televisión.
Escuchó.
Silencio.
Negó con la cabeza.
Volvió a trabajar.
Entonces sucedió.
El gancho resbaló entre sus dedos.
Cayó sobre el colchón.
Rebotó una vez.
Y desapareció por el borde de la cama.
Sofía soltó un suspiro.
—Genial...
Se inclinó para escuchar dónde había caído.
Clinc.
El gancho golpeó el piso.
Y comenzó a rodar.
Lentamente.
Escuchó perfectamente el sonido.
Primero cerca.
Después más lejos.
Y más lejos.
Como si hubiera seguido avanzando bajo la cama.
Hasta detenerse en algún punto de la oscuridad.
La mujer frunció el ceño.
Aquello era extraño.
Su cama estaba pegada a la pared.
No había tanto espacio debajo.
Aun así, se deslizó hacia el borde.
Y comenzó a agacharse.
Su mano buscó el interruptor del teléfono para encender la linterna.
Pero antes de que pudiera hacerlo...
Escuchó algo...
El sonido del metal rozando el suelo.
Otra vez.
El gancho estaba moviéndose.
Venía de regreso.
Sofía se quedó inmóvil.
El sonido se acercó.
Lento.
Suave.
Como si alguien estuviera empujándolo desde la oscuridad.
Clinc.
Clinc.
Clinc.
Hasta que el gancho apareció, saliendo de debajo de la cama.
Rodando hacia ella.
Y se detuvo exactamente junto a su pie.
Como si alguien acabara de devolvérselo.
La habitación quedó en silencio.
Sofía sintió un escalofrío.
Permaneció observando el gancho durante varios segundos.
Sin respirar.
Sin moverse.
Luego soltó una pequeña risa nerviosa.
Intentó convencerse de que había una inclinación en el suelo.
O alguna explicación lógica.
Tomó el gancho.
Y siguió tejiendo.
Pero ya no podía concentrarse.
Porque ahora era consciente de algo.
Los ruidos bajo la cama habían desaparecido.
Completamente.
Como si aquello que los producía hubiera dejado de moverse.
O estuviera esperando.
La lluvia continuó cayendo. Las horas pasaron.
Y poco a poco el miedo comenzó a disiparse.
Hasta que volvió a escuchar un ruido.
Esta vez no provenía de debajo de la cama.
Provenía del colchón.
Justo a un lado de ella.
Sofía se congeló.
Sintió cómo el corazón comenzaba a golpearle las costillas. Muy despacio giró la cabeza.
No había nadie. Pero algo hundía ligeramente el colchón. Como si una persona invisible estuviera sentándose detrás de ella. Observándola tejer.
La mujer saltó de la cama.
Retrocedió hasta la puerta.
Y encendió todas las luces de la habitación.
El hundimiento desapareció.
No había nada. Absolutamente nada.
Esa noche durmió en la sala.
A la mañana siguiente se sintió avergonzada.
Pensó que había exagerado.
Que el cansancio le había jugado una mala pasada.
Y decidió olvidar el asunto.
Pero cuando fue a tender la cama descubrió algo.
Algo que jamás pudo explicar.
Sobre la sábana, justo en el lugar donde el colchón se había hundido. Había un pequeño amigurumi.
No más grande que la palma de una mano. Tejido con exactamente el mismo hilo que ella estaba utilizando.
Sofía lo observó durante varios segundos.
Confundida.
No recordaba haberlo hecho. Y entonces notó el detalle que le heló la sangre.
El pequeño muñeco sostenía entre sus manos un diminuto gancho de crochet.
Y tenía el rostro idéntico al suyo.
Desde ese día dejó de tejer sobre la cama.
Pero algunas noches todavía despierta sobresaltada.
Porque escucha un sonido familiar debajo del colchón.
Un sonido suave.
Paciente.
Esperando.
Clinc.
Clinc.
Clinc.
Como si alguien siguiera devolviéndole cosas que nunca debieron caer allí.