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Editorial Pocket Editorial Pocket � nació de dar voz a historias únicas, atrevidas e irreverentes.

—Déjeme revisar, alteza.—No, no… —casi gritó, apartándose en cuanto sintió que intentaban acercarse—. No quiero que me t...
08/14/2026

—Déjeme revisar, alteza.

—No, no… —casi gritó, apartándose en cuanto sintió que intentaban acercarse—. No quiero que me toquen más. Solo… —El sollozo le quebró la voz y buscó a Elinda a su lado hasta encontrar su mano—. Por favor, solo quiero ver a mi bebé.

—Alteza… —Elinda tenía los ojos húmedos, pero apretó sus dedos con fuerza—. Solo un poco más.
—No puedo, Elinda.

—Levántela —ordenó la matrona principal, acercándose para ayudarla a cambiar de posición, aunque Gerardys negó apenas terminó de revisarla.

—Todavía no está completamente dilatada.
—No, por favor… necesito… Dioses…

Rhaenyra se dobló sobre sí misma cuando otra contracción la atravesó. Aquello era diferente a todo lo anterior. La presión descendía hasta su pelvis acompañada de una necesidad casi imposible de contener; su propio cuerpo intentaba empujar aunque Gerardys insistiera en que todavía no debía hacerlo.
—Respire, alteza.

—Arde —admitió entre lágrimas, negando una y otra vez—. Arde mucho. Necesito que salga, por favor… por favor, necesito pujar.
—Alteza, todavía no puede. Solo un poco más, tiene que soportarlo. Respire y trate de no empujar.

—¡No! No puedo, quiero…
—Alteza, míreme.

Elinda tomó su rostro entre las manos y obligó con suavidad a Rhaenyra a concentrarse en ella. Una de las matronas ocupó su lugar al otro lado, sosteniéndola cuando sus piernas temblaron.

—Respire conmigo —pidió Elinda, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Vamos. Míreme y hágalo conmigo.

Rhaenyra sollozó, pero obedeció. Respiró cuando Elinda respiraba y soltó el aire cuando ella lo hacía, tratando de ignorar aquella necesidad desesperante de empujar. ¿Por qué estaba siendo así? En su otra vida no había sido así. No recordaba aquel dolor, ni aquellas horas, ni el miedo creciendo con cada contracción. Por un instante absurdo se preguntó si había hecho algo mal al volver, si cambiar tantas cosas había exigido algo a cambio. Syrax había entregado la vida por su cachorro y ahora ella estaba allí, rogándole a su propio cuerpo que le permitiera traer al suyo al mundo.

No. No quería pensar así.

Cuando la contracción finalmente cedió, prácticamente se desplomó contra las mujeres que la sostenían. Las matronas limpiaron el sudor de su frente y cuello mientras otra le acercaba agua. Rhaenyra negó al principio, pero Elinda insistió hasta conseguir que bebiera unos cuantos tragos.

En algún momento, perdida entre el dolor y el agotamiento, Rhaenyra había dicho que la última vez no había sido así. Gerardys la miró confundido y ella consiguió corregirse, murmurando algo acerca de los partos de Jacaerys y Lucerys. No podía explicar la verdad. Mucho menos en aquel momento.

Consiguió dormir un poco después de que Gerardys volviera a asegurarle que Joffrey estaba bien. Su corazón era fuerte, continuaba descendiendo y no había señales que le hicieran pensar que el bebé estuviera en peligro. Era su cuerpo el que avanzaba con demasiada lentitud. La medicina debía ayudarla a relajarse, pero Rhaenyra no se sentía relajada; estaba agotada, adolorida y cada vez más consciente de todas las historias que conocía.

Pensó en su madre. Pensó en Laena. Pensó en mujeres y omegas varones cuyos partos habían terminado con una nueva vida comenzando mientras otra se apagaba. No quiso hacerlo, pero su mente seguía regresando a ellos hasta que terminó sollozando, aferrada al borde de una mesa mientras otra contracción disminuía.
—Quiero a mi bebé —susurró.

Gerardys levantó la mirada hacia ella.
—Lo tendrá, alteza.

—¿Cuándo? —Rhaenyra tomó el vaso que acababan de ofrecerle y lo lanzó lejos antes de que pudiera contenerse. El golpe hizo que todos se sobresaltaran—. ¡No quiero perder a mi hijo! No de… —Se detuvo y se llevó una mano a los labios. No podía decirlo. No podía decir nuevo—. Dioses, esto es una mi**da. Ustedes también.
Nadie respondió.

Gerardys simplemente tomó otro vaso, volvió a preparar una pequeña cantidad de la medicina con agua y se lo ofreció sin comentar nada sobre el que acababa de estrellarse contra el suelo.
Rhaenyra lo miró entre lágrimas.

—Lo odio.
—Puede odiarme mañana, princesa.

Aquello consiguió arrancarle una risa miserable.
—También voy a odiarlo mañana.
—Mientras beba esto, aceptaré el riesgo.

Rhaenyra terminó obedeciendo. Bebió apenas un poco, suficiente para que Gerardys dejara de insistir, y volvió a entregarle el vaso.
El tiempo siguió avanzando hasta que la luz que entraba por las ventanas comenzó a teñirse con el atardecer. Solo entonces Gerardys y las matronas determinaron que finalmente podía dejar de luchar contra su propio cuerpo.

—Ahora sí, alteza —dijo la matrona principal—. Cuando llegue la próxima contracción, puede pujar.

Rhaenyra soltó una risa ahogada que terminó convirtiéndose en llanto.
—Gracias a todos los putos dioses.

La acomodaron entre las mantas, pero apenas soportó aquella posición. Sentía demasiado calor. Le colocaron paños fríos en la frente, el cuello y el pecho, pero seguía sofocada, con la piel húmeda y el cabello completamente pegado al rostro. Cuando llegó la siguiente contracción, su cuerpo reaccionó antes de que pudiera prepararse.
Pujó.

El grito que salió de ella retumbó en la habitación.
—Levántela un poco —ordenó la matrona—. Así tendrá más fuerza. Y corten la bata, le está estorbando.

Las mujeres actuaron rápidamente. La tela fue abierta y apartada mientras dos matronas fuertes la sostenían, permitiéndole apoyarse contra ellas. Rhaenyra respiraba con la boca abierta, tratando de recuperar aire mientras Elinda permanecía cerca, secándole el rostro.

—Otra vez, alteza.
—Espera, yo…
—Tiene que hacerlo cuando venga la contracción.

—Ya sé cómo funciona —gruñó.
Una de las matronas casi sonrió.

—Entonces hágalo, princesa.
—Bien.
Tomó aire y volvió a pujar.

El dolor fue brutal. Rhaenyra gritó mientras se aferraba a las manos que tenía a cada lado y empujó hasta que sintió que los pulmones iban a estallarle. Apenas tuvo tiempo de respirar antes de que le pidieran hacerlo nuevamente. Pujó dos veces más, y para entonces estaba llorando abiertamente.

—Acuéstenme… por favor. Quiero acostarme.
Las mujeres obedecieron y la ayudaron a recostarse entre las almohadas. Rhaenyra apenas alcanzó a acomodarse antes de que la matrona volviera a llamarla.

—De nuevo, alteza.
—No puedo.

—Sí puede. El bebé está saliendo.
Rhaenyra abrió los ojos, aturdida.
—¿Qué?

La mujer sonrió.
—Veo su cabeza.

Todo el cansancio pareció detenerse durante un segundo.
Su bebé.
Joffrey estaba allí.

Rhaenyra asintió rápidamente, agarró las sábanas entre los puños y, cuando la siguiente contracción llegó, empujó con todo lo que le quedaba. Gritó, maldijo y terminó llorando cuando la presión se convirtió en un ardor insoportable. Las voces alrededor se mezclaban unas con otras: Elinda animándola, Gerardys dando instrucciones, las matronas pidiéndole que respirara, que esperara, que volviera a empujar.
Rhaenyra apenas entendía la mitad.

Respiraba cuando podía, bebía cuando conseguían acercarle agua y volvía a pujar cada vez que su cuerpo se lo exigía. Perdió la cuenta de cuántas veces lo hizo. Solo sabía que estaba cansada y que quería terminar.

—Una vez más, alteza. Una buena vez más.
—Eso dijeron la última vez.
—Esta vez es verdad.

—Más les vale.
Escuchó una risa nerviosa de Elinda y después llegó otra contracción.

Rhaenyra gritó mientras empujaba con todas sus fuerzas.
La presión aumentó hasta un punto que creyó imposible soportar y, de repente, desapareció.
Su cuerpo cayó hacia atrás.

Durante unos segundos solo existió el techo sobre ella y su propia respiración. Todo parecía extrañamente lento. Las manos continuaban moviéndose alrededor, alguien decía algo cerca de sus piernas y Gerardys pasó junto a ella, pero Rhaenyra apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

Esperó.
Nada.
Frunció ligeramente el ceño.
Debería estar escuchándolo.

Entonces las palabras comenzaron a atravesar el agotamiento.
—No llora.
—Frótelo.
—No despierta.

Rhaenyra intentó incorporarse.
—¿Qué…?
Nadie le respondió.

Quiso preguntar otra vez, pero el cuerpo no le obedeció. Parpadeó y durante un instante creyó ver a alguien inclinado sobre ella. Un rostro hermoso, familiar de una manera que hizo que el pecho le doliera. Pensó en su madre, aunque sabía que no podía ser ella. La figura se acercó y Rhaenyra sintió algo parecido a un beso sobre la frente, después otra frente apoyándose contra la suya.

Cerró los ojos.
Solo un instante.

Cuando volvió a abrirlos tomó aire con fuerza, desorientada.
Y entonces lo escuchó.
El llanto de un bebé atravesó la habitación.
Fuerte. Furioso. Vivo.

Rhaenyra soltó el aire en un sollozo y después comenzó a toser mientras las lágrimas le corrían hacia las sienes.
—Mi bebé —fue lo primero que consiguió decir.
—Un niño —anunció una de las matronas, y había alivio incluso en su voz.

Rhaenyra extendió inmediatamente los brazos.
—Dámelo.
—Alteza, debemos revisarlo y…
—¡Dámelo ya!

Las matronas intercambiaron una mirada. Rhaenyra estaba demasiado cansada para importarle si había gritado, si había asustado a alguien o si acababa de insultar a media habitación durante las últimas horas. Solo quería a su hijo.
Elinda tomó su mano.
—Alteza…

Rhaenyra giró hacia ella con un sonido desesperado, pero su dama sonreía entre lágrimas. Elinda levantó la pequeña manta de lana que Viserys le había regalado, aquella que Aemma había mandado preparar tantos años atrás para un bebé que nunca llegó a usarla.
—Hay que ponerlo aquí primero, alteza.

Rhaenyra respiró entrecortadamente y miró la manta. Después miró hacia donde estaba su hijo y finalmente asintió.
—Sí… sí, está bien. En esa. Envuélvanlo en esa.

Elinda se alejó para entregar la manta a la matrona. Rhaenyra siguió cada movimiento con los ojos, impaciente por ver finalmente a Joffrey cubierto con algo que había pertenecido a su madre, pero cuando Elinda se giró de nuevo hacia ella, la sonrisa había desaparecido.

Su rostro estaba pálido.
—Maestre…

Gerardys volvió la cabeza y siguió la mirada de Elinda. La expresión se le endureció apenas vio cómo la tela bajo el cuerpo de Rhaenyra volvía a teñirse de rojo. Se acercó de inmediato, apartando las mantas con ayuda de una de las matronas, mientras Rhaenyra permanecía recostada tratando de entender por qué todos parecían haberse puesto en movimiento otra vez.

Rhaenyra parpadeó lentamente. Las voces parecían llegarle desde demasiado lejos y tuvo que cerrar los ojos un momento cuando la habitación comenzó a moverse. Estaba mareada. Eso era todo. Había pasado horas pariendo, estaba cansada y seguramente por eso sentía el cuerpo tan extraño, pesado y ligero al mismo tiempo.

—¿Dónde está mi bebé? —preguntó, intentando levantar la cabeza.
—Está bien, alteza —respondió una de las matronas con rapidez—. Su hijo está bien.

Eso consiguió tranquilizarla apenas un poco. Soltó el aire y volvió a hundirse contra las almohadas mientras una asistente entraba apresuradamente con más telas. Escuchó movimiento cerca de la puerta y, al girar la cabeza, alcanzó a distinguir a su padre entrando en la habitación. Viserys estaba pálido, con los ojos lilas clavados en ella y una preocupación tan evidente que Rhaenyra quiso decirle que no pasaba nada.
No alcanzó.

Una presión brutal contra su vientre la hizo regresar de golpe a la realidad.
—¡No!

Se incorporó con un grito. Una de las matronas tenía ambas manos sobre su abdomen y presionaba con firmeza mientras otra acomodaba paños calientes sobre su vientre.

—¡No, suéltame! —Rhaenyra intentó apartarla, pero apenas tenía fuerza en los brazos—. ¡Mierda, maldita p**a, suéltame!

—Alteza, necesito que permanezca quieta. La placenta debe salir y está perdiendo mucha sangre.

—¡Me duele! —gritó Rhaenyra, retorciéndose cuando volvió a sentir la presión—. ¡Suéltenme, duele!

Gerardys apareció a su lado y Rhaenyra intentó agarrarlo, pero otra contracción de dolor le recorrió el vientre.

—Princesa, escúcheme. La placenta no ha terminado de desprenderse. Tenemos que sacarla y detener el sangrado.
Aquello atravesó el mareo. Rhaenyra miró la sangre que empapaba las telas entre sus piernas y algo dentro de ella se quebró.
No.

Había visto aquello antes. Había escuchado hablar de aquello demasiadas veces.
—No… —Negó frenéticamente, buscando la mano de Gerardys—. No quiero morir. No, por favor, no quiero morir.

—No va a morir —respondió él con una firmeza que consiguió atravesar el ruido de la habitación—. Pero tiene que dejarnos ayudarla.
—Mi bebé…

—Está vivo y está bien. Ahora necesito cuidarla a usted.
Uno de los asistentes de Gerardys se colocó a su lado para sostenerla cuando Rhaenyra intentó apartarse nuevamente. Elinda permanecía cerca de su cabeza, llorando en silencio mientras le sujetaba una mano. Rhaenyra se aferró a ella con tanta fuerza que sintió sus propios dedos entumecerse.

—Elinda…
—Estoy aquí, alteza. Estoy aquí.
—No dejes que se lleven a Joffrey.
—Nadie se lo llevará.

Gerardys intercambió unas palabras rápidas con la matrona y Rhaenyra no consiguió entenderlas. La habitación volvía a desenfocarse. Sentía manos sobre ella, paños calientes, presión contra el vientre y el desagradable calor de la sangre que continuaba empapando las telas bajo su cuerpo. Entonces la matrona introdujo la mano para retirar lo que quedaba de la placenta.

Rhaenyra gritó. El dolor le atravesó el cuerpo con una violencia que hizo que intentara levantarse, pero el asistente la sostuvo por los hombros mientras Elinda mantenía su mano atrapada entre las suyas. Rhaenyra no quería mirar a Gerardys. No quería escuchar a nadie. Lloró mientras enterraba el rostro contra la almohada y gritó nuevamente cuando sintió otra presión profunda, seguida por algo húmedo y caliente descendiendo entre sus piernas.

—Ya está —escuchó a la matrona—. La tengo.

Rhaenyra apenas entendió.
—¿Completa? —preguntó Gerardys.

Hubo una pausa demasiado larga.
—Sí, maestre.

—Bien. Presione el vientre. Cambien esas telas y tráiganme la medicina.

La presión regresó y Rhaenyra gimió, pero ya no consiguió pelear. Le temblaban las piernas, los brazos le pesaban y hasta mantener los ojos abiertos requería un esfuerzo que no tenía. Giró la cabeza buscando a su padre y lo encontró todavía allí, inmóvil a pocos pasos de la cama, con una expresión que le recordó demasiado a otro hombre, en otra habitación, frente a otra mujer que se estaba muriendo.

Su madre.
—Padre…

Viserys reaccionó inmediatamente y se acercó hasta donde Gerardys le permitió. Rhaenyra estiró la mano y él la tomó entre las suyas.
—Estoy aquí, hija.

—No quiero morir. Mis niños… me necesitan… —La voz le salió pequeña y aquello la enfureció consigo misma, pero no tenía fuerzas ni siquiera para ocultarlo.

—No vas a morir —dijo Viserys, inclinándose para besarle los dedos—. ¿Me escuchas? No vas a morir.

Rhaenyra quiso creerle. Quiso decirle que llamara a Laenor. Que trajera a Jace y Luke. Que quería ver a Joffrey. Que si algo salía mal había demasiadas cosas que todavía no había arreglado, demasiadas personas que debía proteger y demasiados errores que se había prometido no repetir.
Pero las palabras ya no lograron salir.

El techo pareció inclinarse sobre ella. Las voces de Gerardys y las matronas comenzaron a mezclarse hasta convertirse en un murmullo incomprensible y la mano de su padre, que todavía apretaba la suya, parecía cada vez más lejana.

—Rhaenyra.
Parpadeó.

—Princesa, mantenga los ojos abiertos.
Lo intentó.
De verdad lo intentó.

Pero el mundo se desvaneció antes de que pudiera hacerlo.

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—Entonces, déjame ver si entendí. —Harwin se limpió los labios con la servilleta antes de tomar la cerveza y darle un tr...
08/13/2026

—Entonces, déjame ver si entendí. —Harwin se limpió los labios con la servilleta antes de tomar la cerveza y darle un trago. Al terminar, dejó la botella sobre la mesa mientras Daemon lo observaba desde el otro lado—. En tu hibernación...

—Se llama celo.

—Eso, disculpa. —Harwin pasó la lengua por sus dientes mientras intentaba ordenar todo lo que había escuchado hasta el momento—. Durante tu celo estás... ¿fértil?

—Sí.
Harwin esperó algo más, pero Daemon continuó mirándolo con absoluta tranquilidad, como si aquella respuesta de una sola palabra fuera suficiente para cerrar el asunto.

—¿Eso es todo?
—Me preguntaste si soy fértil.
—Pensé que ibas a desarrollar la respuesta.
—Haz mejores preguntas.

Harwin se frotó el rostro por debajo de los lentes de pasta y soltó un suspiro cansado. Tomó nuevamente la botella, le dio un sorbo largo y la dejó sobre la mesa. Había sido Daemon quien había comenzado aquella conversación anunciándole que su celo estaba cerca con la misma naturalidad con la que alguien informaba que tenía una cita con el dentista, pero ahora parecía decidido a obligarlo a sacarle la información palabra por palabra.

—Bien, entonces. —Se cruzó de brazos y apoyó la espalda contra la silla. Aquello empezaba a sentirse como un interrogatorio; incluso tenían una lámpara justo encima de la mesa que, desde aquel ángulo, hacía que su acogedora sala pareciera bastante menos acogedora—. ¿Qué significa exactamente estar en celo? Y, por todos los dioses, deja de balancearte en la maldita silla. Vas a romperla.

Daemon dejó de hacer girar el lápiz digital entre los dedos y apoyó las cuatro patas de la silla en el suelo. Después se acomodó con las piernas cruzadas sobre el asiento, mirándolo con una expresión que rozaba el aburrimiento.

—Significa que durante unos cinco días mi organismo entra en su periodo reproductivo. Los omegas no somos fértiles permanentemente y, fuera del celo, un alfa tampoco podría fecundarme aunque lo intentara.

Harwin tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para que su expresión no cambiara. No sabía si estaba conversando con su inquilino, escuchando el argumento de una película para adultos particularmente complicada o interrogando a un extraterrestre.

Tampoco creía que los directores de películas para adultos fueran extraterrestres, pero, después de todo lo que había aprendido durante los últimos meses, ya no estaba dispuesto a descartar nada demasiado rápido.

—¿Fecundarte?
—Sí.

Harwin parpadeó.
—¿Tú puedes quedar embarazado?

Daemon parpadeó a su vez, aunque en su caso parecía genuinamente confundido por la pregunta.
—Soy omega.

—Eso no responde absolutamente nada desde la perspectiva de alguien que nació humano, amigo.

—Cierto. —Daemon pareció considerar aquello por primera vez y dejó el lápiz sobre la mesa—. A ver, sí, puedo gestar. Los omegas podemos hacerlo, tanto hombres como mujeres. Nuestra anatomía reproductiva no funciona exactamente igual que la humana.

Harwin apoyó los antebrazos sobre la mesa, ahora bastante más interesado. Había escuchado hablar de alfas, betas y omegas desde que comenzó a trabajar para vampiros, claro, pero una cosa era saber que aquellas categorías existían y otra bastante diferente tener a un omega sentado frente a él, explicándole tranquilamente su sistema reproductivo mientras Harwin terminaba un sándwich.

—A ver si entendí algo. —Harwin se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa, porque comenzaba a sentir que necesitaba toda su capacidad mental para aquella conversación—. En tu especie existen alfas, betas y omegas, ¿cierto?

—Cierto.
—De acuerdo. Los omegas pueden ser hombres o mujeres, ¿cierto?

—Cierto.
—Y los alfas y los betas pueden ser hombres.

—Y mujeres.
—Ajá. —Harwin asintió antes de detenerse. Regresó lentamente la mirada hacia Daemon—. Espera. ¿Alfas mujeres?

—Sí. Mi abuela lo era.
Harwin se echó hacia atrás en la silla mientras lo miraba, tratando de acomodar aquella nueva pieza dentro de todo lo que acababa de aprender.

—¿Hay mujeres con polla?
—Mujeres vampiro con polla —corrigió Daemon con absoluta tranquilidad.

Harwin pasó los dedos por sus labios mientras procesaba la información. Bueno, tampoco era como si el mundo humano fuera particularmente sencillo en cuanto a anatomía, género y todas las formas en las que una persona podía existir, así que decidió no meterse en ese terreno. Su problema era comprender cómo demonios funcionaba la biología vampírica.

—Bien, tengo más preguntas, pero resolveremos eso después. Vamos por partes, ¿de acuerdo? —Daemon asintió, aparentemente entretenido. —Entonces existen alfas hombres y mujeres, betas hombres y mujeres, y omegas hombres y mujeres. Todos vampiros.
—Cierto.
—¿Los betas pueden reproducirse entre ellos?

—Es complicado. —Daemon ladeó ligeramente la cabeza mientras pensaba cómo explicárselo—. Su anatomía reproductiva es diferente y su fertilidad es mucho más baja entre ellos. Dos betas pueden tener hijos, pero conseguir una gestación puede tomar muchísimo tiempo, incluso décadas o siglos. Tenemos tiempo, supongo. —Se encogió de hombros—. Por eso las uniones con omegas suelen tener mayor éxito reproductivo y, entre otras razones, somos tan cotizados.

Harwin frunció el ceño.
—Eso suena como si los vendieran.

La expresión de Daemon cambió apenas.
—Hasta hace relativamente poco era así.

—¿Hace poco cuánto?
—Unos noventa años.

Harwin lo miró durante unos segundos antes de masajearse la frente.
—Claro. Noventa años. Prácticamente el martes pasado para ustedes.

Daemon sonrió, pero Harwin ya estaba pensando en otra cosa. Aquella respuesta le había abierto una pregunta bastante menos agradable sobre los omegas y la forma en que habían sido tratados, aunque decidió guardársela para después. Una crisis antropológica por conversación era suficiente.

—Entonces tu celo es algo parecido a una ovulación.
Daemon hizo una mueca.

—No me desangro como los humanos y es una comparación bastante simplificada, pero sí. Si eso consigue que tu cerebro humano lo entienda, podemos comenzar por ahí.

—Mi cerebro dejó de funcionar cuando dijiste que existen mujeres que nacen con polla y no se la ponen.

—Mujeres vampiro con polla.
—Eso.

—Solo quería asegurarme. Fuiste tú quien preguntó si mi celo era una hibernación.
—Porque dijiste que te encierras durante cinco días.

—Eso no significa que duerma durante los cinco días.
—Entonces, ¿qué pasa?

Daemon tomó una de las servilletas de papel que estaban sobre la mesa y comenzó a doblarla distraídamente. Aquella era otra de sus nuevas costumbres. Harwin no sabía en qué momento había descubierto los videos de origami, pero comenzaba a sospechar que tendría que ponerle restricciones a YouTube antes de terminar con un ejército de animales de papel ocupando el apartamento.

—Primero aumenta mi temperatura corporal. No demasiado, pero lo suficiente para que resulte molesto. Después cambia mi olor porque produzco muchas más feromonas de lo normal. Mis sentidos se vuelven todavía más sensibles, sobre todo el olfato, el oído y el gusto. También tengo más hambre, necesito beber más sangre y duermo mucho más. Puedo dormir quince horas seguidas, a veces incluso más. —Daemon dobló cuidadosamente una de las esquinas de la servilleta—. Y normalmente quiero permanecer en un lugar cerrado, cómodo y conocido.

Harwin ladeó ligeramente la cabeza.

Aquello último le resultaba extrañamente familiar. Cuando era niño y todavía vivían en Harrenhal, antes de que su padre muriera y su tío terminara quedándose con prácticamente todo lo que Alys y él conocían, las tormentas podían ser espantosas. Harwin solía arrastrar las mantas, las almohadas y algunos de sus juguetes hasta un rincón de la habitación para construir una especie de refugio. Alys siempre terminaba encontrándolo y se metía allí con él hasta que dejaban de escucharse los truenos.

—¿Como un nido?
Daemon levantó la pequeña figura que acababa de terminar, que ahora parecía una grulla, y lo señaló con ella.

—Exactamente.
—Eso sí lo había escuchado.

—Los omegas hacemos nidos durante el celo. Ropa, mantas, almohadas, cualquier cosa que tenga olores familiares o que consideremos seguros. Ayuda a regular las feromonas, reduce el estrés y hace que sea más fácil descansar.

Harwin tomó la cerveza, pero antes de beber miró involuntariamente hacia el pasillo donde estaban las habitaciones.

Ropa.
Mantas.
Almohadas.
Olores familiares.

Su mirada regresó lentamente hacia Daemon.
De pronto recordó cierta costumbre que su inquilino había desarrollado desde que se había mudado: aparecer dormido en su habitación, apropiarse de su almohada y, en más de una ocasión, terminar enredado entre alguna camiseta o sudadera que Harwin había dejado por ahí. Siempre había asumido que se trataba de otra de las muchas rarezas de Daemon, sobre todo porque el vampiro se limitaba a decir que le gustaba su olor cada vez que Harwin preguntaba.

Ahora aquella explicación adquiría una dimensión completamente diferente.
Harwin terminó la cerveza de un trago.
No.

Definitivamente no iba a meterse en ese asunto todavía.
—¿Y duele?

La pregunta le salió con más seriedad de la que habían tenido las anteriores. Daemon, que había perdido el interés en la servilleta y ahora estaba apropiándose de una de las hojas recicladas que Harwin guardaba para hacer anotaciones, levantó la mirada hacia él. Esta vez tampoco hubo burla en su expresión.

—Puede ser incómodo. Hay calambres, fiebre ligera, sensibilidad y bastante tensión si el cuerpo no consigue regularse bien. Pero tenemos medicamentos para eso: supresores, reguladores hormonales y bloqueadores de feromonas. No vivimos en la Edad Media, Harwin.

—Perdóname, Wikivampiro. Hace dos semanas me enteré de que todavía tienen matrimonios arreglados desde niños y hace un momento descubrí que existen mujeres... —Se detuvo al ver cómo Daemon levantaba una ceja y corrigió antes de que pudiera hacerlo él—. Perdón, mujeres vampiro con polla de verdad.

—No vas a superar que mi abuela tuviera polla, ¿verdad?
—No.
Daemon soltó un suspiro mientras volvía a concentrarse en el papel.

—Lo que sea. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Harwin se levantó con el plato donde había estado su sándwich y caminó hasta la cocina. Dejó el plato en el fregadero, tiró la servilleta a la basura y enjuagó la botella vacía antes de meterla en el recipiente de reciclaje. Después abrió el refrigerador, sacó otra cerveza y regresó a la mesa, donde Daemon ya había conseguido transformar la hoja que había robado en algo que comenzaba a parecerse sospechosamente a una tortuga.

—¿Y necesitas un alfa?
—No.

La respuesta llegó tan rápido que Harwin ni siquiera había alcanzado a darle el primer sorbo a la cerveza. Levantó las cejas, asintió y bebió antes de dejar la botella sobre la mesa.

—Bien.
—Un omega puede pasar perfectamente un celo solo. —Daemon terminó una de las patas de la tortuga y la dejó sobre la mesa antes de tomar la otra mitad de la hoja que había cortado—. Un alfa compatible puede hacerlo más fácil porque sus feromonas ayudan a regular las nuestras, pero no es una necesidad. Tampoco perdemos la cabeza ni nos lanzamos sobre la primera persona que encontramos.
—Eso también lo había escuchado.

—Los humanos suelen escuchar muchas estupideces sobre nosotros.
—Disculpa, pero trabajo sirviéndoles sangre. Créeme, escucho estupideces sobre todo el mundo constantemente.

Daemon soltó una risita mientras comenzaba a doblar nuevamente el papel. Harwin lo observó trabajar durante unos segundos, preguntándose en qué momento se había vuelto tan bueno haciendo origami. Tendría que revisar su historial de YouTube algún día, porque a ese ritmo terminaría encontrándose un zoológico de papel sobre la mesa.

Le dio otro trago a la cerveza y meditó la siguiente pregunta. Había algo que necesitaba saber, sobre todo porque compartían apartamento y, por lo que Daemon acababa de explicarle, durante cinco días aquel lugar estaría prácticamente saturado de feromonas.

—¿Y qué pasa conmigo?
La sonrisa de Daemon desapareció. Sus dedos se detuvieron sobre el papel y levantó los ojos lilas hacia él.

—¿Qué pasa contigo?
—Soy humano. —Harwin se señaló a sí mismo con la botella—. Dijiste que tus feromonas van a aumentar y vivimos en el mismo apartamento. ¿Me afectan?

Daemon lo observó durante un segundo. Quizá fueron dos o tres, suficientes para que Harwin comenzara a preguntarse por qué demonios necesitaba pensar tanto una respuesta que esperaba que fuera bastante sencilla.

—No de la misma manera que afectarían a un alfa, un beta o un omega. No tienes los receptores vampíricos necesarios para que mis feromonas provoquen una respuesta biológica equivalente en ti. —Dejó a medio terminar lo que ahora parecía un gallo y tomó su tableta junto con el lápiz digital—. Probablemente notes mi olor mucho más fuerte de lo habitual. Puede resultarte agradable, molesto o simplemente extraño, depende de ti, pero no voy a hacerte nada raro y tampoco vas a perder el control por estar cerca de mí.

—Excelente. Una preocupación menos.
Daemon soltó una risita mientras desbloqueaba la tableta.

—Aunque hay otra cosa. —Harwin detuvo la botella a medio camino de sus labios.
—Sabía que había otra cosa.

—Durante el celo somos mucho más sensibles a los olores que consideramos seguros.
Harwin esperó a que continuara. Daemon no lo hizo.

—¿Y?
—Me gusta tu olor. –Harwin bajó lentamente la cerveza.
—Ya me lo habías dicho.

No solo se lo había dicho. Daemon se había encargado de demostrarlo apropiándose de sus almohadas, quedándose dormido en su cama y apareciendo rodeado de camisetas que definitivamente no le pertenecían. Hasta ese momento Harwin había asumido que era una de sus muchas rarezas vampíricas, una más para agregar a una lista que llevaba creciendo desde que aquel hombre había aparecido en su vida.

—Sí, pero durante mi celo probablemente me guste mucho más.
Aquello explicaba algunas cosas y, al mismo tiempo, abría una cantidad preocupante de preguntas nuevas.

—¿Qué significa mucho más?
Daemon tomó nuevamente el lápiz y regresó tranquilamente a su dibujo.

—Probablemente quiera estar cerca de ti.
—Ya estás siempre cerca de mí.
—Más cerca.

Harwin lo miró por encima de la botella. Daemon continuó dibujando como si no acabara de decir algo que, desde la perspectiva de Harwin, necesitaba bastante más explicación.

—¿Qué tan cerca?
—Harwin.

—Es una pregunta perfectamente válida. Compartimos casa y acabas de decirme que durante cinco días vas a querer pegarte todavía más a mí. Necesito saber si estamos hablando de sentarte a mi lado en el sofá o de despertarme con tu cara encima.

Daemon levantó finalmente los ojos de la tableta.
—Probablemente quiera dormir contigo.

Harwin permaneció inmóvil.
—Ya duermes conmigo.

—A veces.
—Te encuentro en mi cama por lo menos tres veces por semana.
—Tu cama es más cómoda.

—Tenemos el mismo colchón. Los compramos juntos.
—Entonces tu almohada es mejor.

—También son iguales.
Daemon entrecerró los ojos, claramente molesto porque Harwin estuviera desmontando sus argumentos uno por uno.

—Hueles mejor.
Harwin abrió la boca y terminó cerrándola otra vez. Ahí estaba.

—Entonces no es mi cama.
—Nunca dije que lo fuera.

—Acabas de decir exactamente eso.
—Estaba intentando preservar mi dignidad.

Harwin soltó una risa nasal y volvió a beber.
—Llegaste un poco tarde para eso, amigo –Daemon le mostró el dedo medio sin dejar de dibujar. —¿Y durante el celo qué haces? ¿Me robas todavía más ropa?
—Probablemente.

—¿Mi almohada?
—Sí.

—¿Mis mantas?
—Las que huelan a ti.

Harwin señaló hacia el pasillo. ——¿Y mi cama?

Daemon dejó de mover el lápiz durante apenas un instante.
—Si me dejas.

Aquello consiguió que Harwin bajara un poco la botella.

No había exigencia en su voz ni la seguridad descarada con la que normalmente se apropiaba de sus cosas. Era una respuesta sencilla, por primera vez desde que habían comenzado a hablar del tema, Harwin entendió que detrás de todas las bromas había un límite que Daemon estaba dejando en sus manos.

—Si necesitas dormir, puedes usarla —respondió finalmente—. Pero no me empujes otra vez contra la pared. Pesas más de lo que pareces.

La sonrisa regresó al rostro de Daemon, aunque apenas duró unos segundos antes de que su expresión cambiara. Bajó la mirada hacia la tableta, movió el lápiz entre los dedos y pareció recordar algo.

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Harwin preparate >:3 😏🔥

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