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—Vuelve al fondo de tu mar con tu Dios Ahogado, ma***to perro —gruñó Cole entre dientes.Rhaenyra contuvo la respiración,...
10/02/2026

—Vuelve al fondo de tu mar con tu Dios Ahogado, ma***to perro —gruñó Cole entre dientes.

Rhaenyra contuvo la respiración, sintiendo el aire arderle en los pulmones. Pero la soberbia es algo que se nota a leguas, una mancha que los dioses jamás dejan pasar sin cobrar peaje, y Cole cometió la estupidez de dar por mu**to a un hombre de las Islas del Hierro antes de comprobar que dejara de respirar.

En la fracción de segundo exacta en que el dorniense alzó los brazos para descargar el golpe definitivo, dejando su torso y sus flancos completamente expuestos, Corwyn no intentó cubrirse ni retroceder; con la velocidad de una fiera herida de muerte, el señor de Pyke se impulsó desde el fango con la pierna sana, arrojando todo su peso hacia adelante.

Con la mano derecha, la única que aún le respondía, no buscó el filo del hacha: clavó el pico agudo de la parte posterior directamente en la junta desprotegida del empeine de Cole, atravesando el cuero grueso y quebrando los huesos del pie del caballero contra la piedra viva.

Cole soltó un alarido desgarrador de puro dolor mientras el lucero del alba perdía su trayectoria en el aire y caía pesadamente en el polvo detrás de ellos con un golpe sordo.

Antes de que Criston pudiera recuperar el equilibrio sobre un solo pie, Corwyn soltó el hacha rota, sacó una daga ancha de remate que llevaba escondida en la parte trasera del cinto y se abalanzó contra él como una ola enfurecida, estrellándose ambos contra el suelo en medio de un estrépito brutal de placas metálicas. Rhaenyra soltó de golpe el aire que tenía atorado en la garganta, sintiendo un alivio helado recorrerle la espalda mientras veía a Corwyn montarse a horcajadas sobre el pecho acorazado de Cole.

Criston intentó cerrarle los guanteletes de hierro alrededor del cuello, pero el señor de Pyke, que ya había perdido el yelmo y lucía una sonrisa desquiciada a través de la máscara de sangre que le cubría la cara, soltó un codazo brutal directo contra la hendidura abierta de la visera enemiga; el cartílago de la nariz de Cole crujió al reventarse, y Rhaenyra descubrió con fría satisfacción lo mucho que disfrutaba el sonido de los huesos rotos de quienes se habían atrevido a conspirar contra ella, escuchando el chillido ahogado de ese desgraciado y viendo brotar sangre y lágrimas por entre las rejillas.

Con un movimiento rápido y certero, Corwyn enganchó los dedos de su mano sana en el borde de la celada abollada de Cole y la arrancó de un solo tirón seco, dejando el rostro sudoroso, hinchado y aterrorizado del caballero al descubierto ante toda la corte. El patio entero enmudeció; fue un silencio aterrado para los Hightower y profundamente tranquilizador para Rhaenyra.

Corwyn apoyó la rodilla sobre el hombro herido de Cole, inmovilizándolo contra la gravilla teñida de rojo oscuro, mientras Criston lo miraba con los ojos desorbitados y la boca llena de sangre que escupía en estertores, negándose aún en su desesperación a doblegar su orgullo miserable.

La sonrisa de Corwyn se ensanchó, manchándose también con el rojo espeso de su propia boca, mientras Cole paseaba la mirada desquiciada hacia las galerías como si esperara que alguien bajara a salvarlo de la sentencia de los dioses. Rhaenyra contaba los segundos exactos en su mente, exigiéndole a la tierra que se lo tragara, queriéndolo mu**to de una buena vez mientras nadie en la corte se atrevía a mover un solo músculo.

—Lo que está mu**to no puede morir, perro —bramó Corwyn con una voz ronca, salvaje, que resonó en cada rincón del patio.

El señor del hierro no dudó ni una milésima de segundo; con un movimiento impecable y seco, hundió la hoja ancha de la daga directamente en la garganta de Cole, atravesando carne, cuerdas y tendones hasta que la punta metálica rascó la losa de piedra que yacía debajo de la cabeza del caballero, para luego arrancarla con la misma violencia.

El cuerpo de Criston se arqueó en un espasmo convulsivo y brutal; sus manos enguantadas arañaron desesperadamente la gravilla durante dos latidos eternos, buscando tragar un aire que ya no podía alcanzar mientras la sangre le brotaba a borbotones y se ahogaba en sus propios fluidos.

Rhaenyra no apartó la mirada ni un instante, deleitándose con el sonido del gorgoteo con el que la vida abandonaba por fin a su verdugo; pero el combate no había terminado para el isleño. Corwyn se apartó del cadáver que aún temblaba, y arrastrando el brazo izquierdo roto pero sosteniendo con firmeza el mango de su hacha en la mano buena, dio un paso tambaleante hacia él para terminar de cobrar lo prometido.

—Hice una promesa y los hombres del hierro cumplen la suya.

Rhaenyra sabía perfectamente a qué se refería; con un despliegue final de fuerza y pura brutalidad, ante los ojos moribundos de Cole que aún alcanzaron a registrar el movimiento, el señor de Pyke levantó el hacha con su mano sana y la dejó caer sobre el cuello del caballero.

Fue un golpe seco, fino y limpio, propio de alguien acostumbrado a segar vidas sin titubear; apoyando el peso sobre su pierna firme, descargó un segundo impacto que terminó de desprender la cabeza del tronco mientras el brillo se apagaba definitivamente en la mirada de Cole.

Corwyn levantó el despojo chorreante sujetándolo por los cabellos oscuros, mostrándoselo a Rhaenyra, al rey y a la Mano en lo alto de la galería, para luego soltarlo sobre el fango sin mayor ceremonia y llevarse a los labios la muñeca herida, besando la seda oscura del pañuelo que ella le había ceñido; el muy atrevido estaba medio mu**to y todavía conservaba semejante descaro, pero Rhaenyra le sostuvo la mirada y le dedicó un asentimiento solemne cargado de complicidad.

—¡El juicio ha terminado! —la voz de Lord Lyonel Strong retumbó en cada rincón del patio de armas, quebrando el estupor que mantenía muda a la multitud congregada—. ¡Los dioses han dictado su sentencia! ¡El campeón de la corona prevalece!

Rhaenyra se giró de inmediato hacia el maestre Gerardys, manteniendo una compostura regia mientras el alivio le destensaba los hombros por primera vez en todo el día.

—Lleve a varios mozos con usted y atienda a Lord Corwyn de inmediato, maestre —le ordenó en un susurro firme que no admitía dilaciones—. Es imperativo que no pierda ese brazo.

—A la orden, alteza —asintió el anciano sanador, apresurándose a descender las escaleras con sus aprendices.

Desde su lugar en el estrado, Rhaenyra paseó la vista hacia el otro extremo de la galería. Alicent Hightower se tapaba la boca con una mano trémula, pálida como un mu**to y tambaleándose sobre sus faldas verdes como una vela a punto de consumirse; a su lado, Otto contemplaba el cadáver destrozado con una rigidez pétrea.

Rhaenyra bajó los ojos hacia la cabeza de Cole, que descansaba torcida sobre la gravilla ensangrentada, y sintió un alivio tan profundo que casi le borró las punzadas del vientre.

—Tiren el cuerpo de Cole a la fosa común y borren su nombre de los registros de los hermanos de la capa blanca —ordenó Viserys con un asco evidente en el semblante, dirigiéndose a su Mano y barriendo a su esposa con una mirada severa antes de añadir—: Y que atiendan a Lord Corwyn como se merece.

—Ya me encargué de eso, padre —susurró Rhaenyra con suavidad filial.

—Bien —respondió Viserys, dándose la vuelta para abandonar la galería mientras Lord Lyonel lo escoltaba de cerca.

Antes de retirarse, Rhaenyra volvió a fijar los ojos en Otto y Alicent, sosteniéndoles la mirada mientras una sonrisa fría, cargada de desdén y triunfo, se le dibujaba en los labios; vio cómo los ojos de la reina y de su padre se abrían descompuestos ante su gesto, pero ella simplemente les dio la espalda con elegancia y volvió a contemplar la arena.

Sentía una satisfacción inmensa al saber que los restos de ese desgraciado terminarían pudriéndose en una fosa anónima, condenado al olvido exacto que alguna vez ellos pretendieron para ella en su otra vida.

Aún faltaban varios nombres en su lista, pero el primero ya había caído en el barro, y esa pequeña victoria sellaba el rumbo de la guerra que apenas comenzaba.
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Adios Cole, no te extranaremos >:3


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Todo el esfuerzo terminó por pasarle factura. Cuando intentó incorporarse, un mareo le vació la cabeza y tuvo que agarra...
10/01/2026

Todo el esfuerzo terminó por pasarle factura. Cuando intentó incorporarse, un mareo le vació la cabeza y tuvo que agarrarse de la silla para evitar caer.

—Sheriff.

—Estoy bien —jadeó, presionando el chaleco de Sandor contra su costado. La tela estaba tan empapada que comenzaba a sentir la humedad de su propia sangre contra los dedos.

—Estamos bien, por lo que parece.

Cregan levantó los ojos hacia Dalton y soltó lentamente el aire.
—Entonces vamos.

Cabalgaban heridos y con dos hombres mu**tos a cuestas. Cregan llevaba las riendas del caballo donde habían asegurado a Sandor, mientras Dalton hacía lo mismo con el de Sargazo, y avanzar comenzó a convertirse en una lucha contra su propio cuerpo. Cada pocos minutos sentía que los párpados se le cerraban y tenía que obligarse a mantenerlos abiertos; estaba perdiendo demasiada sangre, el chaleco de Sandor ya no conseguía absorberla y el movimiento constante del caballo hacía que unas veces se inclinara hacia un lado y otras hacia el contrario.

—Cregan, no te duermas.

Levantó la cabeza al escuchar a Dalton y consiguió enfocarlo después de varios parpadeos.
—Sigue —murmuró.

Terminó pasando una de las correas alrededor de su cuerpo y asegurándola a la silla. No era precisamente una solución elegante, pero evitaría que cayera si volvía a marearse.
—¿Cuánto falta para salir del paso?

La pregunta de Dalton tardó demasiado en adquirir sentido dentro de su cabeza. Cregan se sentía ligero y pesado al mismo tiempo, agotado, con la respiración demasiado corta, y cuando el caballo hizo un movimiento brusco tuvo que contener un gruñido.

—Cregan.
—¿Sí?
—¿Escuchaste lo que dije?

Lo miró y asintió antes de observar las formaciones rocosas. Recordaba el mapa, sabía dónde estaban y hacia dónde debían continuar, aunque comenzaba a costarle mantener las distancias ordenadas dentro de la cabeza.

—Si seguimos hacia el sur... —Se aclaró la garganta, intentando aliviar la sequedad que comenzaba a resultarle insoportable—. Menos de una hora. Después podemos bordear las montañas, buscar agua y puedo usar lo que Larys nos preparó para curar esto.
Dalton asintió desde su caballo.
—¿Y Sandstone? ¿No volveremos?

Cregan tardó un segundo en responder. El sudor frío le corría por la frente y la espalda, y a esas alturas ni siquiera sentía ya el polvo pegándosele a la piel.

—No podemos regresar directamente. No por donde vinimos. —Dalton volvió a mirarlo y Cregan tragó saliva, sintiendo el sabor metálico adherido a la lengua—. Nos estarán esperando en ese camino, estoy seguro. Si regresamos por allí, terminaremos igual que ellos.

No necesitó señalar a Sargazo ni a Sandor. Dalton miró durante un instante las dos monturas que llevaban detrás y asintió antes de volver la atención al camino.

Continuaron avanzando y, lentamente, el terreno comenzó a descender. Cregan sintió cierto alivio cuando las paredes rojizas empezaron a abrirse a ambos lados, aunque su cuerpo estaba cada vez peor. Necesitaba agua, necesitaba detenerse y necesitaba revisar aquella maldita herida antes de perder todavía más sangre.

El sendero descendía hacia una extensión seca cubierta de matorrales bajos y algunos árboles retorcidos, mientras detrás de ellos las montañas se extendían como una enorme muralla irregular. Cuando finalmente dejaron atrás el paso, Dalton soltó el suspiro que parecía llevar conteniendo desde hacía horas.
—Lo conseguimos.

—No digas eso —murmuró Cregan mientras acercaba su caballo al suyo.

Dalton lo miró y ladeó ligeramente la cabeza. En algún momento se había improvisado una tira para mantener el brazo herido pegado al cuerpo, algo perfectamente razonable que Cregan, en medio de su propio aturdimiento, ni siquiera había notado.
—¿Por qué?

—Cada vez que alguien dice eso sucede otra desgracia.
Dalton soltó una risa seca.
—¿Es supersticioso, sheriff?

—Hace tres horas éramos cuatro, Dalton —respondió Cregan, obligándose a enderezar la espalda pese al dolor. La pequeña sonrisa del otro desapareció y Cregan cerró los ojos durante un segundo, intentando ignorar los puntos negros que comenzaban a aparecerle en la visión—. Así que sí, hoy soy un poco supersticioso.
—Lo siento.

Cregan negó despacio. No quería escuchar disculpas, no de Dalton. Si alguien debía pronunciarlas era él.
—Está bien. Vamos.

Cregan no contó cuánto tiempo había pasado; quizá unos veinte minutos. Seguía mareado y había encontrado una postura en la que la herida dolía menos, aunque sabía que eso no significaba que hubiera dejado de sangrar.

A esas alturas casi había dejado de importarle. Se sentía vacío, agotado y con la garganta seca. El terreno era más abierto allí, pero seguía siendo una extensión traicionera de arena, arbustos bajos y rocas dispersas. Estaban cerca de la frontera entre Dorne y Westeros, con las montañas elevándose a sus espaldas.

Quizá podría haberlas utilizado como ventaja, pero después de lo ocurrido en el desfiladero no pensaba volver a meterse entre aquellas paredes. Entonces escuchó algo que lo hizo erguirse sobre la silla al mismo tiempo que su caballo levantaba las orejas: cascos.

—Dalton —susurró.
—Los escuché.

Dalton se giró sobre la silla, gruñendo por el dolor, y al verlo frunció el ceño.

—Mierda, sheriff, te ves terrible.
—Gracias.

Cregan volvió la mirada hacia atrás, sujetándose del pomo de la silla para no perder el equilibrio mientras intentaba impedir que los puntos negros de su visión terminaran por tragárselo todo.

Durante unos segundos no vio nada, únicamente el polvo que el viento levantaba detrás de ellos, hasta que una figura apareció entre las últimas formaciones rocosas. Después apareció otra.

—Mierda —masculló Cregan.

Eran dos jinetes. El cansancio pareció desaparecer durante unos instantes cuando la adrenalina le golpeó el cuerpo y despertó hasta el último resto de orgullo herido que todavía conservaba.
—Sigue cabalgando.

—¿Y tú?
—Dalton.
—Pregunta estúpida, lo siento.

Espolearon los caballos, aunque Cregan sabía que no podrían mantener mucha ventaja de aquella manera. Dalton estaba herido, él apenas conseguía mantenerse consciente y, además, llevaban otros dos caballos cargando los cuerpos de sus hombres. Sus perseguidores no tenían ninguno de aquellos impedimentos y la distancia comenzó a reducirse con una rapidez que le revolvió el estómago. El primer disparo pasó demasiado cerca; de haberlo alcanzado, seguramente lo habría arrancado de la silla.

Dalton se inclinó sobre la montura mientras soltaba una maldición.
—¡Hijos de p**a!

Cregan gruñó mientras sacaba el revólver y se giraba cuanto le permitía el cuerpo. Disparó una vez hacia ellos sin saber si había acertado; únicamente vio al jinete desviarse y desaparecer por un instante detrás de una nube de polvo antes de volver a aparecer.
—¡Cregan!

—¡Estoy bien! —gritó mientras volvía a acomodarse sobre la silla—. ¡Todavía tengo municiones en la alforja!
—¡Bien!

Continuaron avanzando hasta que Cregan vio cómo el terreno comenzaba a cambiar frente a ellos. Una pared rocosa se extendía desde la montaña y cortaba el camino por la izquierda, mientras que a la derecha el terreno descendía por una pendiente demasiado pronunciada.

Intentó reconstruir el mapa dentro de su cabeza, buscando desesperadamente alguna ruta entre aquellas formaciones, pero estaba demasiado agotado para pensar con claridad. La cabeza ya no le respondía como debía y, cuando sintió nuevamente la sangre escurriendo bajo la ropa, supo que tampoco le quedaba demasiado tiempo para encontrar una salida.

—Cregan.
—Creo que a la izquierda —murmuró.

Dalton obedeció y ambos condujeron los caballos entre dos paredes de piedra, avanzando por un paso que parecía suficientemente amplio. Durante unos minutos, Cregan creyó que podrían utilizarlo para perder a sus perseguidores, hasta que rodearon una formación rocosa y se encontraron de frente con una enorme pared rojiza que cerraba el paso. Dalton frenó primero y Cregan tuvo que obligarse a levantar la cabeza para contemplar el desastre.

—Mierda.

Sintió que iba a vomitar. No había salida.
—Baja.
—Cregan...
—Baja, desmonta.

Descendieron a trompicones. Dalton casi perdió el equilibrio cuando sus botas tocaron el suelo, pero Cregan tuvo peor suerte y cayó de bruces contra la tierra. El golpe le arrancó el aire de los pulmones y le llenó la boca con aquel ma***to sabor metálico que llevaba horas sintiendo.

Intentó incorporarse, pero la herida de la pierna y el dolor bajo las costillas hicieron que el cuerpo le cediera. Un pitido insoportable le atravesó los oídos mientras Dalton se acercaba para ayudarlo a levantarse. Los cascos ya podían escucharse detrás de ellos, multiplicándose contra las paredes de piedra.

—Ponte detrás de aquella roca —susurró Cregan mientras sacaba el revólver.
—Puedo disparar.

—No dije que no pudieras, dije que te cubrieras —Dalton lo miró con toda la intención de discutir, pero Cregan señaló la formación rocosa—. A pesar de ese brazo, todavía tienes buen ojo, chico. La piedra te servirá de apoyo para el r***e.

Dalton apretó los labios como si no terminara de creerle, pero finalmente asintió. Movieron los caballos hacia un costado y el muchacho ocupó la posición que Cregan le había señalado, acomodando el r***e sobre la roca para compensar la debilidad de su brazo herido.

Cregan se colocó delante de él por puro instinto, utilizando otra formación como protección mientras mantenía la vista fija en la única entrada. Había entrado en aquellas montañas con Sargazo, Sandor y Dalton. Ya había fallado en sacar a dos de ellos, pero por todos los dioses, Dalton saldría de allí.

«Vuelve, Cregan.»

Su mano buscó por instinto la libreta que llevaba guardada contra el pecho.

«No hacemos promesas ante los designios de los dioses.»
Cregan dejó escapar el aire lentamente y maldijo su suerte, aquellas malditas montañas y todo el tiempo que había desperdiciado comportándose como un alfa troglodita y estúpido.

El primero de los forajidos apareció por la entrada y se agachó sobre la montura mientras levantaba el arma. Cregan respondió casi al mismo tiempo. La bala enemiga golpeó la roca a pocos centímetros de él y los fragmentos saltaron contra su ropa, mientras el disparo de Dalton obligaba al jinete a desviarse. Un instante después apareció el segundo hombre por detrás.

—Son dos.
—Ya veo.

—Solo comprobaba que no hubieras perdido esa habilidad con toda la sangre que llevas encima —murmuró Dalton, acomodando nuevamente el r***e—. Mañana va a doler todo, ¿verdad?
¿Tendría un mañana? Cregan no respondió. Tampoco necesitó hacerlo; Dalton debió entenderlo porque no volvió a bromear. Todavía tenían municiones en las alforjas, pero alcanzarlas significaba exponerse a campo abierto y, en el estado en que ambos se encontraban, unos pocos segundos podían bastar para terminar aquello.

—Dalton...
—No.
Cregan frunció el ceño.

—No he dicho nada.
—Sé que vas a decirme que tome un caballo mientras tú los distraes.
—Es... una opción.

—Es una estupidez —negó Dalton mientras volvía a acomodar el r***e—. No voy a regresar a Sandstone diciendo que abandoné a mi sheriff después de cargar con dos cadáveres. Piensa en otra mi**da.
Un nuevo disparo obligó a Dalton a agacharse y la bala perforó la pared de piedra junto a ellos, arrancando fragmentos que saltaron por todas partes.

—Se están acercando —susurró Dalton.
—Lo sé.

Cregan se asomó apenas lo necesario y disparó una vez, obligando a uno de los atacantes a retroceder. El brazo comenzaba a pesarle como plomo y hasta sostener el revólver se estaba convirtiendo en un esfuerzo, pero entonces un sonido diferente se mezcló con el tiroteo. Cascos. Firmes, pesados y numerosos, retumbando entre las formaciones rocosas. No eran dos jinetes; era un grupo entero acercándose.

—¿Escuchas eso?
—Sí.
—¿Son los marshals?

Cregan prestó atención unos segundos y negó.
—Vienen del sur... Los marshals vendrían del noreste.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Desde las alturas sonó un disparo seco que obligó a uno de los forajidos a tirar de las riendas y detener el caballo.

El eco hizo que Cregan levantara la mirada hacia las pendientes y entonces distinguió algo entre las rocas: una figura inmóvil, envuelta en telas casi del mismo tono rojizo de la montaña. Parpadeó varias veces, preguntándose si realmente había alguien allí arriba o si finalmente estaba perdiendo tanta sangre que comenzaba a ver cosas.

Cregan miró de nuevo a Dalton y, durante un instante, dejó de ver al hombre arrodillado detrás de aquella roca con un brazo herido y un r***e entre las manos.

Recordó al muchacho descarriado que años atrás había terminado en una celda después de otra pelea, enfadado con la vida y dispuesto a demostrarlo golpeando a cualquiera que se cruzara en su camino. Su padre todavía era sheriff entonces, y Cregan le había ofrecido pagar lo que debía con una sola condición: que dejara aquella vida de buscapleitos y aprovechara la oportunidad.

Quizá había sabido desde entonces que Dalton nunca fue un mal chico. Era arrogante, impulsivo, insoportable y tenía un talento extraordinario para meterse en problemas, pero solo había necesitado que alguien le recordara que todavía podía decidir qué clase de hombre quería ser. Ahora ese mismo muchacho estaba dispuesto a quedarse allí y morir junto a él.

Cregan bajó la mirada un instante y apretó los dedos alrededor del revólver.

—Pues entonces... nos toca pelear.
—Sí, sheriff.
Cregan lo miró.

—A la cuenta de tres.
—Sí, señor.

Cregan tomó impulso mientras escuchaba a los forajidos preparar sus armas. Buscó la mirada de Dalton y ambos asintieron antes de incorporarse al mismo tiempo, dispuestos a disparar, pero no llegaron a hacerlo. Otro disparo descendió desde las alturas y obligó a los atacantes a retroceder.

Cregan levantó la vista hacia las rocas justo cuando sonó un segundo disparo y luego un tercero; este último alcanzó a uno de los jinetes, que cayó de la montura mientras su caballo se encabritaba violentamente y salía huyendo entre una nube de polvo.

—¡Cregan! —gritó Dalton, acercándose a trompicones mientras señalaba hacia las dunas—. ¡Hay más!

Cregan forzó la vista hacia las cornisas. No eran dos ni tres; eran decenas de siluetas envueltas en telas polvorientas. El forajido que aún quedaba en pie intentó responder al fuego, pero un disparo seco le atravesó el brazo. El hombre soltó un alarido, espoleó a su montura y huyó despavorido disparando a ciegas hacia las alturas, mientras varios jinetes surgían de los bancos de arena para perseguirlo entre alaridos en una lengua desconocida.

El resto comenzó a descender directamente hacia el cañón.
—Cregan... —Dalton le pasó un brazo por debajo del hombro para ayudarlo a sostenerse. Su voz temblaba—. Son ellos. Los Fantasmas de Dorne.

«Son unos ma***tos brujos».

Las palabras del difunto Sandor retumbaron en la cabeza de Cregan mientras veía a las figuras deslizarse por las pendientes de piedra con una destreza casi sobrenatural.

—Creo que sí —susurró Cregan entre dientes.

Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, se soltó del agarre de Dalton y lo empujó hacia atrás con el antebrazo.
—Cregan...

—¡Atrás! —ordenó con un gruñido.
Los jinetes tomaron posiciones formando un semicírculo. Los tiradores en tierra apuntaban con sus r***es mientras abrían paso a dos figuras cubiertas de pies a cabeza con túnicas color arena. Uno de ellos alzó una mano enguantada mientras murmuraba órdenes en ese dialecto áspero.

Por puro reflejo, Dalton levantó su revólver. Al instante, una docena de r***es amartillaron al unísono, encañonándolos.

—¡No! —bramó Cregan, bajándole el arma de un golpe seco a Dalton antes de dejar caer también su propio revólver a la arena. Alzó su mano ensangrentada con la palma abierta en señal de tregua—. No disparen...

El líder dorniense alzó la mano y sus hombres bajaron lentamente los cañones.

El hombre avanzó un par de pasos hacia ellos, hablando con una voz profunda y gutural.

—Cregan —susurró Dalton, aferrándolo por la espalda—. Te vas a desmayar.
—Entonces sosténme, carajo.

El líder tenía unos ojos avellana intensos que destacaban entre las telas oscuras de su rostro. Su mirada recorrió las armas en la arena, se detuvo en Dalton, luego en los caballos que cargaban los cadáveres de Sandor y Sargazo, y finalmente volvió a clavarse en Cregan.

—Yatja as-sun, yatja am-mar. Ar-rahnu al-fatah, ar-rahnu al-maut.
—No te entiendo —respondió Cregan con la mandíbula apretada.
El líder intercambió una mirada con su acompañante, un hombre de ojos claros que se retiró la tela que le cubría la parte inferior del rostro, revelando una piel curtida por el sol y una cicatriz que le partía el labio.

—El Sheij dice que vuestra sangre alimenta la tierra, pero tu espíritu aún se aferra a la vida —tradujo el hombre en la Lengua Común, arrastrando las palabras con un acento dorniense marcado y áspero—. Dice que el desierto no olvida a los que luchan con honor. Y que bajes la guardia. Nadie los matará aquí... al menos no nosotros.
Cregan sostuvo la mirada del traductor, respirando con dificultad.

—Nos acaban de emboscar y masacrar a la mitad del grupo, así que permíteme dudar —escupió Cregan, con la voz pastosa—. ¿Por qué ayudarnos?

El traductor miró a su líder y le transmitió la pregunta. El Sheij observó el rastro de sangre que el forajido fugitivo había dejado en la arena y luego miró fijamente a Cregan. Pronunció una sola frase con calma ancestral:

—Inna aduw aduw-ī huwa sadīq-ī.
El hombre de la cicatriz asintió levemente antes de volver a mirar al sheriff.

—El Sheij dice: el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
—Eso suena... bien.

Cregan intentó asimilar aquellas palabras, pero su cuerpo decidió que ya había tenido suficiente. El zumbido de sus oídos se convirtió en un rugido sordo y el peso que llevaba horas soportando pareció caerle de golpe sobre los hombros. Sintió que las piernas dejaban de responderle y sus rodillas cedieron contra la arena antes de que pudiera hacer algo para evitarlo.
—¡Cregan!

La voz de Dalton le llegó cada vez más lejana. Cregan intentó mantener los ojos abiertos, pero apenas consiguió distinguir unas botas cubiertas de arena acercándose hacia él antes de que su visión se oscureciera por completo.

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FIREWALL*****—Eso suena a una acusación bastante seria.—Porque lo conozco.Lisa avanzó otro paso y el bastón resonó contr...
10/01/2026

FIREWALL

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—Eso suena a una acusación bastante seria.
—Porque lo conozco.

Lisa avanzó otro paso y el bastón resonó contra el suelo. Joffrey no retrocedió. Se limitó a observarla mientras algo en el ambiente cambiaba lentamente; la conversación casual sobre Maelor, las fiestas y Daeron había quedado atrás.

—Lo que ves de él es una faceta, una fachada, una máscara, niño. Puede ser atento, educado e incluso encantador cuando quiere, pero también sabe manipular, y no es una buena persona.
La sonrisa desapareció por completo del rostro de Joffrey. No le gustó escuchar aquello. No porque necesitara creer que Daeron era perfecto —Dioses, tampoco se había golpeado la cabeza tan fuerte—, sino porque había una diferencia enorme entre reconocer las partes difíciles de alguien y escuchar a otra persona reducirlo únicamente a ellas.

—Todo lo que he hecho ha sido por mis hijos —continuó Lisa—. Helaena y Maelor son mi prioridad. Daeron puede decir lo que quiera de mí, pero yo sé de lo que es capaz.

Joffrey permaneció quieto junto a la puerta, mirándola. Sintió primero la necesidad inmediata de defenderlo, rápida y caliente, pero no dejó que llegara directamente a su boca. Esa era precisamente la clase de reacción que podía hacerle perder información importante. Daeron le importaba demasiado como para convertirse en un id**ta cada vez que alguien decía algo desagradable sobre él.

—¿Y de qué es capaz?

Lisa sostuvo su mirada durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto decirle o, quizá, cuánto creía que él estaba preparado para escuchar.

—Es peligroso —respondió finalmente. Joffrey no dijo nada, y ella continuó—. Es violento, tiene arranques de ira. ¿De verdad vas a decirme que no los has notado? El accidente de la piscina cuando eran niños, incluso esto... —señaló su pierna con una mano—. ¿Crees que fueron casualidades?

El silencio se prolongó un poco más de lo que cualquiera de los dos parecía dispuesto a admitir.
Porque sí.

Lo había notado. Joffrey había visto cambiar la expresión de Daeron con una rapidez que todavía conseguía inquietarlo; había escuchado aquella frialdad aparecer en su voz cuando alguien amenazaba a una persona que quería y sabía perfectamente que debajo de toda aquella paciencia existía algo bastante menos amable.

Daeron podía pasar de la calma a una intensidad aterradora cuando alguien cruzaba determinados límites. Lo había visto con Lyonel. Lo había visto con Lyonel más de una vez, de hecho, y Joffrey no era tan ingenuo como para fingir que esa parte de él no existía solo porque ahora sabía cómo olía su cabello después de bañarse o porque el muy desgraciado podía abrazarlo en una cocina y conseguir que el mundo pareciera un lugar bastante menos miserable.

—¿Usted estuvo desde el comienzo en lo de la piscina? —preguntó Joffrey, mirándola con atención. Vio cómo Lisa fruncía el ceño—. ¿Estuvo ahí?

Lisa tardó apenas un segundo en responder, pero fue suficiente para que algo dentro de Joffrey se acomodara.
—No desde el comienzo.
—Entonces no.
—Sé lo que ocurrió.

—No fue lo que pregunté —replicó Joffrey con calma, inclinando apenas la cabeza—. Pregunté si estuvo ahí cuando comenzó.
Lisa apretó los labios y Joffrey sintió aquella pequeña satisfacción desagradable que aparecía cada vez que alguien intentaba llevarlo por un camino y descubría demasiado tarde que él también sabía jugar. No necesitaba levantar la voz; nunca le había hecho falta. Además, tenía una curita para Maelor en una mano y un tubo de antibiótico en la otra. Difícilmente podía protagonizar una confrontación demasiado digna armado con suministros médicos para una zanahoria homicida.

—Llegué después —admitió Lisa—. Pero eso no cambia lo que hizo.

—No —concedió Joffrey, porque tampoco pensaba regalarle una mentira únicamente para llevarle la contraria—. Pero cambia bastante que lo utilice para contarme por qué lo hizo.
—¿Daeron te contó su versión?
—Sí.
—Por supuesto.

Joffrey dejó escapar una risa breve, sin verdadero humor, y ladeó la cabeza mientras la observaba. Ahí estaba otra vez. Aquella manera de colocar dos palabras aparentemente inocentes donde sabía perfectamente que podían hacer daño.
—¿Ve? Eso sí me molesta.
—¿Qué cosa?

—Que haga eso. —La miró directamente, todavía con una calma que empezaba a tener bordes—. Me dice que Daeron manipula las historias para llevarme a una conclusión y, cinco segundos después, usted hace exactamente lo mismo.

Lisa endureció la expresión.
—No me compares con él.

—No pensaba hacerlo, pero ahora que lo menciona empiezan a parecerse bastante cuando quieren tener razón.

El silencio se volvió incómodo. Joffrey sabía que estaba pinchando y, peor aún, sabía perfectamente dónde. No tenía intención de disculparse.

Lisa había iniciado aquella conversación convencida de que él iba a quedarse quieto mientras le explicaba quién era Daeron, como si Joffrey no llevara semanas observándolo con una atención que empezaba a resultar francamente vergonzosa. Había visto su paciencia y también aquello que ocurría cuando se terminaba; conocía la delicadeza absurda con la que trataba a Tessarion y la facilidad con la que su mirada podía helarse cuando alguien amenazaba a los suyos.

Había visto sus manos acomodar cuidadosamente una taza para que no quedara demasiado cerca del borde de una mesa y esas mismas manos cerrarse en puños frente a Lyonel. Las dos cosas eran Daeron. Joffrey no necesitaba que Lisa borrara una para demostrarle que la otra existía.

—Yo intentaba proteger a mis hijos —dijo ella.
—¿De Daeron?

—Cuando es necesario, sí.
Joffrey levantó una ceja.

—Curioso.
—¿Qué?
—Nada. Solo estaba pensando que Daeron utiliza exactamente la misma excusa.

Lisa lo miró con evidente disgusto.
—No es una excusa.
—Entonces tampoco debería serlo cuando sale de su boca.
—No entiendes la situación.

—Seguramente no. —Joffrey se encogió de hombros—. Pero no necesito conocer veinte años de drama familiar para reconocer una contradicción.
Lisa tomó nuevamente su taza, aunque ya no bebió.

—Eres bastante insolente.
—Mi madre dice que es parte de mi encanto.
—Yo no estaría tan segura.
—Daeron parece estarlo.

La expresión de Lisa cambió apenas y Joffrey sonrió. Ahí estaba. Pequeño, infantil y completamente innecesario. También extraordinariamente satisfactorio. Quizá debería avergonzarse un poco por disfrutarlo tanto, pero había pasado demasiados años tragándose comentarios para conservar la paz y ya no le quedaban demasiadas ganas de seguir haciéndolo.

—Te estás tomando esto como una broma —dijo ella.
—No. Me estoy tomando en serio lo que me dice. Por eso hago preguntas.

—Entonces hazte una importante: ¿por qué tanta gente termina teniendo problemas con él?

Eso consiguió borrar parte de su sonrisa. Joffrey conocía aquella clase de pregunta. Lyonel había sido particularmente bueno con ellas: frases aparentemente inocentes que no necesitaban demostrar nada porque estaban diseñadas para dejar una semilla pudriéndose en algún rincón de la cabeza.

—No sé —respondió—. ¿Por qué Daeron tiene una relación bastante buena con su padre, con Rhae, con Helaena, con Maelor y hasta con Rowan, pero cuando usted aparece parece que alguien soltó una granada en medio de la sala?

Lisa se quedó inmóvil.
—Cuidado, Joffrey.
—¿Con qué?

—Con creer que sabes más de esta familia porque llevas unas semanas acostándote con él.
Eso sí le molestó.

No porque hubiera mencionado que se acostaban. Después de lo que él mismo había soltado hacía unos minutos, hacerse el escandalizado habría sido bastante hipócrita. Fue la manera de reducir todo lo demás a eso, como si aquellas semanas se resumieran a una cama y no a conversaciones de madrugada, desayunos compartidos, silencios cómodos, viajes en automóvil, las manos de Daeron buscándolo casi por costumbre y aquella extraña sensación de tranquilidad que empezaba a encontrar a su lado.

Joffrey sonrió lentamente.

—Tiene razón. Acostarme con él no me convierte en experto en Daeron.
—Entonces estamos de acuerdo.

—No había terminado.
Lisa guardó silencio.

—También hablo con él. Lo escucho. Lo observo. Sé cuándo está incómodo, cuándo está enfadado y cuándo está a punto de hacer alguna estupidez creyendo que nadie se dará cuenta. Sé que organiza las cosas cuando está nervioso, que se queda demasiado callado cuando algo realmente le duele y que, cuando se enfada de verdad, deja de discutir. —Joffrey ladeó la cabeza—. Así que no, señora Lisa, no lo conozco porque me acueste con él. Eso solamente es una ventaja adicional.

—Encantador.
—Gracias.
—No era un cumplido.

—Me lo quedo de todas formas.
Lisa soltó el aire lentamente.

—No estás entendiendo lo que intento decirte. Daeron puede ser encantador contigo y seguir siendo peligroso.
Joffrey la observó durante unos segundos antes de asentir.
—Sí.

Lisa pareció desconcertada.
—¿Sí?

—¿Qué esperaba? ¿Que dijera que es un pobre angelito incomprendido que jamás rompería un plato? —Joffrey resopló—. He visto cómo se pone. Sé que tiene carácter. Sé que cuando alguien toca a una persona que quiere se le va bastante a la mi**da esa paciencia legendaria que tiene.

—Entonces sí lo has visto.

—Claro que lo he visto. Estaba presente cuando casi le rompe la cara a Lyonel por mí. Es difícil pasar por alto ciertos detalles.

—¿Y eso no te preocupa?

Joffrey pensó en ello. Recordó la furia de Daeron, aquella transformación que todavía podía reconstruir con demasiada facilidad: la mandíbula tensa, la mirada convertida en algo frío y desagradablemente sereno, aquella forma suya de dejar de parecer enfadado justo cuando estaba más cerca de hacer una estupidez. No había sido agradable y tampoco pensaba convertirlo en algo romántico únicamente porque hubiera ocurrido para defenderlo. Daeron podía llegar demasiado lejos. Joffrey lo sabía.
Pero también recordaba quién se había detenido.

—Me preocupa que pueda perder el control —admitió—. No me preocupa que vaya a perderlo conmigo.
—Eso dicen todos hasta que ocurre.

Joffrey soltó una risa seca.
—No. Eso dicen las personas que creen que todas las relaciones funcionan igual.

Lisa lo observó fijamente.
—Crees que eres diferente.

—No. —Joffrey negó despacio—. Creo que él lo es conmigo.
—Eso es exactamente lo que quiere que pienses.
Joffrey cerró los ojos un instante.

—Dioses, qué conveniente.
—¿Qué cosa?

—Todo. —Volvió a mirarla—. Si Daeron es amable conmigo, está manipulándome. Si me cuenta algo doloroso, está manipulándome. Si me protege, es violento. Si se enfada, demuestra que usted tenía razón. ¿Existe alguna posibilidad de que haga algo y usted no consiga convertirlo en prueba de que es una mi**da?

Lisa abrió la boca, pero Joffrey levantó una mano.
—No, en serio. Quiero saber las reglas, porque esto empieza a parecer un juego bastante amañado.

—No sabes de lo que es capaz.

—Y usted no sabe de lo que soy capaz yo.
Aquello salió antes de que pudiera pensarlo demasiado.
Lisa se quedó mirándolo.

Joffrey también.
Bueno. Ya estaba dicho.
—¿Eso pretende ser una amenaza?

—No. —Joffrey sonrió con suavidad—. Las amenazas necesitan intención. Esto era información.
Lisa entrecerró los ojos.

—Empiezo a entender por qué se llevan tan bien.
—Finalmente estamos llegando a alguna parte.
—No era un cumplido.
—Otra vez voy a quedármelo.

Joffrey acomodó las cosas de Maelor entre sus manos y se dirigió hacia la puerta. Había perdido suficiente tiempo y, a ese ritmo, el pobre muchacho habría organizado su propio funeral antes de recibir la curita.

—Solo te digo que tengas cuidado —dijo Lisa detrás de él—. Cada historia tiene dos versiones. Nunca deberías quedarte únicamente con una, mucho menos cuando se trata de Daeron.

Joffrey se detuvo con una mano sobre el marco. Esa vez no respondió inmediatamente, porque, maldita fuera, esa parte no era absurda. Había dos versiones. Probablemente tres, cinco o veinte. Daeron tampoco era un narrador imparcial de su propia vida y Joffrey no tenía intención de convertirlo en uno solamente porque le gustara demasiado cómo se sentían sus brazos alrededor de él.
Se giró.

—Tiene razón.
Lisa levantó ligeramente las cejas.
—¿En qué?

—En que hay dos versiones. Quizá tres, cinco o veinte. Las familias parecen tener esa bonita costumbre de convertir cualquier mi**da en una saga generacional.
Ella no dijo nada.

—Pero hay algo que usted no entiende —continuó Joffrey—. Yo no necesito que Daeron sea una buena persona todo el tiempo.
—Eso debería preocuparte.

—¿Por qué? Yo tampoco lo soy.
Lisa lo miró con mayor atención.

Joffrey sonrió, aunque esta vez había poco humor detrás.

—Puedo ser rencoroso. Puedo ser bastante hijo de p**a cuando alguien me hace daño. He deseado cosas horribles a personas que probablemente solo merecían una bofetada y no olvido fácilmente cuando alguien me humilla. —Se encogió de hombros—. ¿Ve? Ya tenemos algo más en común.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—Sí la tengo. Usted sigue hablándome como si descubrir que Daeron tiene partes feas fuera a hacerme salir corriendo. No funciona así.
—Hasta que esas partes se vuelvan contra ti.

Joffrey sostuvo su mirada.
—Entonces será problema mío.
—Estás siendo ingenuo.

—No. Ingenuo fui con Lyonel. —Su voz perdió el sarcasmo durante un instante, no porque quisiera mostrarle aquella parte de sí mismo, sino porque todavía había cosas que dolían demasiado para convertirlas en chiste—. Con él confundí que me escondiera con privacidad, sus celos con amor y tener que medir cada palabra con cuidar una relación. Eso sí fue ser ingenuo.
Lisa permaneció callada.
Joffrey respiró despacio.

—Daeron no me hace pequeño para sentirse grande. No me esconde. No decide cuándo puedo acercarme dependiendo de quién esté mirando. No tengo que preguntarme cada cinco minutos si hice algo para molestarlo. ¿Tiene defectos? Un montón. Algunos bastante jodidos. Pero no necesito que usted venga a descubrírmelos como si yo estuviera demasiado ocupado mirándole los ojos para notar el resto.

Una pequeña sonrisa regresó a sus labios.
—Aunque tiene unos ojos preciosos. Eso sí complica un poco la investigación.

Lisa no pareció encontrarlo divertido.
Qué tragedia.
—Solo espero que recuerdes esta conversación cuando descubras quién es realmente —dijo ella.

Joffrey sostuvo su mirada un momento más.
—Y yo espero que algún día se pregunte si el Daeron que usted conoce aparece porque está usted delante.

Eso consiguió que Lisa permaneciera completamente inmóvil.
Joffrey abrió la puerta.

—Porque conmigo es tranquilo. Con Rhae también. Con sus hermanos, la mayor parte del tiempo. Con Tessarion es directamente ridículo. —Una sonrisa pequeña le tiró de los labios al recordar al enorme Daeron dejándose dominar por un gato que parecía considerarlo mobiliario de su propiedad—. Así que, si cada vez que está cerca de usted aparece esa versión terrible que tanto me advierte que existe... quizá yo empezaría a preguntarme por qué.

Joffrey la miró de arriba abajo antes de levantar ligeramente las cosas que llevaba en las manos, dando por terminada una conversación que ya había consumido bastante más paciencia de la que pensaba regalarle.

—Me iré antes de que Maelor decida que necesita ir a emergencias.

No añadió nada más. Salió del estudio y cerró la puerta detrás de él sin hacerlo con fuerza; no necesitaba un portazo para sentirse satisfecho.

Mientras regresaba hacia la cocina, soltó lentamente el aire que había estado reteniendo y notó que algo de aquella conversación seguía adherido a él, desagradable y persistente. Lisa no había conseguido asustarlo, pero tampoco había dicho cosas que pudiera borrar simplemente porque no le gustaban. Ya pensaría en ellas. Después. Preferiblemente cuando Daeron no estuviera cerca y sus ma***tos ojos azules no interfirieran con la investigación.

Al entrar en la cocina encontró a Maelor esperando dramáticamente junto a la encimera, sosteniéndose el dedo herido como si estuviera perdiendo sangre a litros, mientras Rhae suspiraba y negaba con la cabeza sin dejar de extender la salsa sobre el pavo. La normalidad de la escena le aflojó algo dentro del pecho. Después de Lisa, aquello resultaba casi absurdamente agradable.

—¿Todo bien? —preguntó Helaena, mirándolo apenas entró.

—De maravilla. —Joffrey miró a Maelor y levantó la curita entre dos dedos—. Ven acá, paciente de emergencia. Te vendaré ese dedo antes de que tengamos que amp**ar.
—Eres cruel, Joff.

—Y tú eres dramático, niño. Tenemos defectos. Sobreviviremos.

La risa de Helaena llenó la cocina mientras Maelor le ofrecía la mano con expresión ofendida. Joffrey negó divertido y se encargó de limpiarle el pequeño corte antes de ponerle antibiótico y cubrirlo con la curita, escuchando de fondo las protestas del menor y las burlas de Rhae.

Por unos minutos decidió quedarse precisamente allí, entre verduras a medio cortar, un pavo cubierto de especias y una familia demasiado ruidosa. Lisa podía esperar dentro de su cabeza. Daeron también, aunque ese desgraciado tenía la desagradable costumbre de quedarse allí incluso cuando Joffrey no lo invitaba.

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Joffrey, diva


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