10/01/2026
Todo el esfuerzo terminó por pasarle factura. Cuando intentó incorporarse, un mareo le vació la cabeza y tuvo que agarrarse de la silla para evitar caer.
—Sheriff.
—Estoy bien —jadeó, presionando el chaleco de Sandor contra su costado. La tela estaba tan empapada que comenzaba a sentir la humedad de su propia sangre contra los dedos.
—Estamos bien, por lo que parece.
Cregan levantó los ojos hacia Dalton y soltó lentamente el aire.
—Entonces vamos.
Cabalgaban heridos y con dos hombres mu**tos a cuestas. Cregan llevaba las riendas del caballo donde habían asegurado a Sandor, mientras Dalton hacía lo mismo con el de Sargazo, y avanzar comenzó a convertirse en una lucha contra su propio cuerpo. Cada pocos minutos sentía que los párpados se le cerraban y tenía que obligarse a mantenerlos abiertos; estaba perdiendo demasiada sangre, el chaleco de Sandor ya no conseguía absorberla y el movimiento constante del caballo hacía que unas veces se inclinara hacia un lado y otras hacia el contrario.
—Cregan, no te duermas.
Levantó la cabeza al escuchar a Dalton y consiguió enfocarlo después de varios parpadeos.
—Sigue —murmuró.
Terminó pasando una de las correas alrededor de su cuerpo y asegurándola a la silla. No era precisamente una solución elegante, pero evitaría que cayera si volvía a marearse.
—¿Cuánto falta para salir del paso?
La pregunta de Dalton tardó demasiado en adquirir sentido dentro de su cabeza. Cregan se sentía ligero y pesado al mismo tiempo, agotado, con la respiración demasiado corta, y cuando el caballo hizo un movimiento brusco tuvo que contener un gruñido.
—Cregan.
—¿Sí?
—¿Escuchaste lo que dije?
Lo miró y asintió antes de observar las formaciones rocosas. Recordaba el mapa, sabía dónde estaban y hacia dónde debían continuar, aunque comenzaba a costarle mantener las distancias ordenadas dentro de la cabeza.
—Si seguimos hacia el sur... —Se aclaró la garganta, intentando aliviar la sequedad que comenzaba a resultarle insoportable—. Menos de una hora. Después podemos bordear las montañas, buscar agua y puedo usar lo que Larys nos preparó para curar esto.
Dalton asintió desde su caballo.
—¿Y Sandstone? ¿No volveremos?
Cregan tardó un segundo en responder. El sudor frío le corría por la frente y la espalda, y a esas alturas ni siquiera sentía ya el polvo pegándosele a la piel.
—No podemos regresar directamente. No por donde vinimos. —Dalton volvió a mirarlo y Cregan tragó saliva, sintiendo el sabor metálico adherido a la lengua—. Nos estarán esperando en ese camino, estoy seguro. Si regresamos por allí, terminaremos igual que ellos.
No necesitó señalar a Sargazo ni a Sandor. Dalton miró durante un instante las dos monturas que llevaban detrás y asintió antes de volver la atención al camino.
Continuaron avanzando y, lentamente, el terreno comenzó a descender. Cregan sintió cierto alivio cuando las paredes rojizas empezaron a abrirse a ambos lados, aunque su cuerpo estaba cada vez peor. Necesitaba agua, necesitaba detenerse y necesitaba revisar aquella maldita herida antes de perder todavía más sangre.
El sendero descendía hacia una extensión seca cubierta de matorrales bajos y algunos árboles retorcidos, mientras detrás de ellos las montañas se extendían como una enorme muralla irregular. Cuando finalmente dejaron atrás el paso, Dalton soltó el suspiro que parecía llevar conteniendo desde hacía horas.
—Lo conseguimos.
—No digas eso —murmuró Cregan mientras acercaba su caballo al suyo.
Dalton lo miró y ladeó ligeramente la cabeza. En algún momento se había improvisado una tira para mantener el brazo herido pegado al cuerpo, algo perfectamente razonable que Cregan, en medio de su propio aturdimiento, ni siquiera había notado.
—¿Por qué?
—Cada vez que alguien dice eso sucede otra desgracia.
Dalton soltó una risa seca.
—¿Es supersticioso, sheriff?
—Hace tres horas éramos cuatro, Dalton —respondió Cregan, obligándose a enderezar la espalda pese al dolor. La pequeña sonrisa del otro desapareció y Cregan cerró los ojos durante un segundo, intentando ignorar los puntos negros que comenzaban a aparecerle en la visión—. Así que sí, hoy soy un poco supersticioso.
—Lo siento.
Cregan negó despacio. No quería escuchar disculpas, no de Dalton. Si alguien debía pronunciarlas era él.
—Está bien. Vamos.
Cregan no contó cuánto tiempo había pasado; quizá unos veinte minutos. Seguía mareado y había encontrado una postura en la que la herida dolía menos, aunque sabía que eso no significaba que hubiera dejado de sangrar.
A esas alturas casi había dejado de importarle. Se sentía vacío, agotado y con la garganta seca. El terreno era más abierto allí, pero seguía siendo una extensión traicionera de arena, arbustos bajos y rocas dispersas. Estaban cerca de la frontera entre Dorne y Westeros, con las montañas elevándose a sus espaldas.
Quizá podría haberlas utilizado como ventaja, pero después de lo ocurrido en el desfiladero no pensaba volver a meterse entre aquellas paredes. Entonces escuchó algo que lo hizo erguirse sobre la silla al mismo tiempo que su caballo levantaba las orejas: cascos.
—Dalton —susurró.
—Los escuché.
Dalton se giró sobre la silla, gruñendo por el dolor, y al verlo frunció el ceño.
—Mierda, sheriff, te ves terrible.
—Gracias.
Cregan volvió la mirada hacia atrás, sujetándose del pomo de la silla para no perder el equilibrio mientras intentaba impedir que los puntos negros de su visión terminaran por tragárselo todo.
Durante unos segundos no vio nada, únicamente el polvo que el viento levantaba detrás de ellos, hasta que una figura apareció entre las últimas formaciones rocosas. Después apareció otra.
—Mierda —masculló Cregan.
Eran dos jinetes. El cansancio pareció desaparecer durante unos instantes cuando la adrenalina le golpeó el cuerpo y despertó hasta el último resto de orgullo herido que todavía conservaba.
—Sigue cabalgando.
—¿Y tú?
—Dalton.
—Pregunta estúpida, lo siento.
Espolearon los caballos, aunque Cregan sabía que no podrían mantener mucha ventaja de aquella manera. Dalton estaba herido, él apenas conseguía mantenerse consciente y, además, llevaban otros dos caballos cargando los cuerpos de sus hombres. Sus perseguidores no tenían ninguno de aquellos impedimentos y la distancia comenzó a reducirse con una rapidez que le revolvió el estómago. El primer disparo pasó demasiado cerca; de haberlo alcanzado, seguramente lo habría arrancado de la silla.
Dalton se inclinó sobre la montura mientras soltaba una maldición.
—¡Hijos de p**a!
Cregan gruñó mientras sacaba el revólver y se giraba cuanto le permitía el cuerpo. Disparó una vez hacia ellos sin saber si había acertado; únicamente vio al jinete desviarse y desaparecer por un instante detrás de una nube de polvo antes de volver a aparecer.
—¡Cregan!
—¡Estoy bien! —gritó mientras volvía a acomodarse sobre la silla—. ¡Todavía tengo municiones en la alforja!
—¡Bien!
Continuaron avanzando hasta que Cregan vio cómo el terreno comenzaba a cambiar frente a ellos. Una pared rocosa se extendía desde la montaña y cortaba el camino por la izquierda, mientras que a la derecha el terreno descendía por una pendiente demasiado pronunciada.
Intentó reconstruir el mapa dentro de su cabeza, buscando desesperadamente alguna ruta entre aquellas formaciones, pero estaba demasiado agotado para pensar con claridad. La cabeza ya no le respondía como debía y, cuando sintió nuevamente la sangre escurriendo bajo la ropa, supo que tampoco le quedaba demasiado tiempo para encontrar una salida.
—Cregan.
—Creo que a la izquierda —murmuró.
Dalton obedeció y ambos condujeron los caballos entre dos paredes de piedra, avanzando por un paso que parecía suficientemente amplio. Durante unos minutos, Cregan creyó que podrían utilizarlo para perder a sus perseguidores, hasta que rodearon una formación rocosa y se encontraron de frente con una enorme pared rojiza que cerraba el paso. Dalton frenó primero y Cregan tuvo que obligarse a levantar la cabeza para contemplar el desastre.
—Mierda.
Sintió que iba a vomitar. No había salida.
—Baja.
—Cregan...
—Baja, desmonta.
Descendieron a trompicones. Dalton casi perdió el equilibrio cuando sus botas tocaron el suelo, pero Cregan tuvo peor suerte y cayó de bruces contra la tierra. El golpe le arrancó el aire de los pulmones y le llenó la boca con aquel ma***to sabor metálico que llevaba horas sintiendo.
Intentó incorporarse, pero la herida de la pierna y el dolor bajo las costillas hicieron que el cuerpo le cediera. Un pitido insoportable le atravesó los oídos mientras Dalton se acercaba para ayudarlo a levantarse. Los cascos ya podían escucharse detrás de ellos, multiplicándose contra las paredes de piedra.
—Ponte detrás de aquella roca —susurró Cregan mientras sacaba el revólver.
—Puedo disparar.
—No dije que no pudieras, dije que te cubrieras —Dalton lo miró con toda la intención de discutir, pero Cregan señaló la formación rocosa—. A pesar de ese brazo, todavía tienes buen ojo, chico. La piedra te servirá de apoyo para el r***e.
Dalton apretó los labios como si no terminara de creerle, pero finalmente asintió. Movieron los caballos hacia un costado y el muchacho ocupó la posición que Cregan le había señalado, acomodando el r***e sobre la roca para compensar la debilidad de su brazo herido.
Cregan se colocó delante de él por puro instinto, utilizando otra formación como protección mientras mantenía la vista fija en la única entrada. Había entrado en aquellas montañas con Sargazo, Sandor y Dalton. Ya había fallado en sacar a dos de ellos, pero por todos los dioses, Dalton saldría de allí.
«Vuelve, Cregan.»
Su mano buscó por instinto la libreta que llevaba guardada contra el pecho.
«No hacemos promesas ante los designios de los dioses.»
Cregan dejó escapar el aire lentamente y maldijo su suerte, aquellas malditas montañas y todo el tiempo que había desperdiciado comportándose como un alfa troglodita y estúpido.
El primero de los forajidos apareció por la entrada y se agachó sobre la montura mientras levantaba el arma. Cregan respondió casi al mismo tiempo. La bala enemiga golpeó la roca a pocos centímetros de él y los fragmentos saltaron contra su ropa, mientras el disparo de Dalton obligaba al jinete a desviarse. Un instante después apareció el segundo hombre por detrás.
—Son dos.
—Ya veo.
—Solo comprobaba que no hubieras perdido esa habilidad con toda la sangre que llevas encima —murmuró Dalton, acomodando nuevamente el r***e—. Mañana va a doler todo, ¿verdad?
¿Tendría un mañana? Cregan no respondió. Tampoco necesitó hacerlo; Dalton debió entenderlo porque no volvió a bromear. Todavía tenían municiones en las alforjas, pero alcanzarlas significaba exponerse a campo abierto y, en el estado en que ambos se encontraban, unos pocos segundos podían bastar para terminar aquello.
—Dalton...
—No.
Cregan frunció el ceño.
—No he dicho nada.
—Sé que vas a decirme que tome un caballo mientras tú los distraes.
—Es... una opción.
—Es una estupidez —negó Dalton mientras volvía a acomodar el r***e—. No voy a regresar a Sandstone diciendo que abandoné a mi sheriff después de cargar con dos cadáveres. Piensa en otra mi**da.
Un nuevo disparo obligó a Dalton a agacharse y la bala perforó la pared de piedra junto a ellos, arrancando fragmentos que saltaron por todas partes.
—Se están acercando —susurró Dalton.
—Lo sé.
Cregan se asomó apenas lo necesario y disparó una vez, obligando a uno de los atacantes a retroceder. El brazo comenzaba a pesarle como plomo y hasta sostener el revólver se estaba convirtiendo en un esfuerzo, pero entonces un sonido diferente se mezcló con el tiroteo. Cascos. Firmes, pesados y numerosos, retumbando entre las formaciones rocosas. No eran dos jinetes; era un grupo entero acercándose.
—¿Escuchas eso?
—Sí.
—¿Son los marshals?
Cregan prestó atención unos segundos y negó.
—Vienen del sur... Los marshals vendrían del noreste.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Desde las alturas sonó un disparo seco que obligó a uno de los forajidos a tirar de las riendas y detener el caballo.
El eco hizo que Cregan levantara la mirada hacia las pendientes y entonces distinguió algo entre las rocas: una figura inmóvil, envuelta en telas casi del mismo tono rojizo de la montaña. Parpadeó varias veces, preguntándose si realmente había alguien allí arriba o si finalmente estaba perdiendo tanta sangre que comenzaba a ver cosas.
Cregan miró de nuevo a Dalton y, durante un instante, dejó de ver al hombre arrodillado detrás de aquella roca con un brazo herido y un r***e entre las manos.
Recordó al muchacho descarriado que años atrás había terminado en una celda después de otra pelea, enfadado con la vida y dispuesto a demostrarlo golpeando a cualquiera que se cruzara en su camino. Su padre todavía era sheriff entonces, y Cregan le había ofrecido pagar lo que debía con una sola condición: que dejara aquella vida de buscapleitos y aprovechara la oportunidad.
Quizá había sabido desde entonces que Dalton nunca fue un mal chico. Era arrogante, impulsivo, insoportable y tenía un talento extraordinario para meterse en problemas, pero solo había necesitado que alguien le recordara que todavía podía decidir qué clase de hombre quería ser. Ahora ese mismo muchacho estaba dispuesto a quedarse allí y morir junto a él.
Cregan bajó la mirada un instante y apretó los dedos alrededor del revólver.
—Pues entonces... nos toca pelear.
—Sí, sheriff.
Cregan lo miró.
—A la cuenta de tres.
—Sí, señor.
Cregan tomó impulso mientras escuchaba a los forajidos preparar sus armas. Buscó la mirada de Dalton y ambos asintieron antes de incorporarse al mismo tiempo, dispuestos a disparar, pero no llegaron a hacerlo. Otro disparo descendió desde las alturas y obligó a los atacantes a retroceder.
Cregan levantó la vista hacia las rocas justo cuando sonó un segundo disparo y luego un tercero; este último alcanzó a uno de los jinetes, que cayó de la montura mientras su caballo se encabritaba violentamente y salía huyendo entre una nube de polvo.
—¡Cregan! —gritó Dalton, acercándose a trompicones mientras señalaba hacia las dunas—. ¡Hay más!
Cregan forzó la vista hacia las cornisas. No eran dos ni tres; eran decenas de siluetas envueltas en telas polvorientas. El forajido que aún quedaba en pie intentó responder al fuego, pero un disparo seco le atravesó el brazo. El hombre soltó un alarido, espoleó a su montura y huyó despavorido disparando a ciegas hacia las alturas, mientras varios jinetes surgían de los bancos de arena para perseguirlo entre alaridos en una lengua desconocida.
El resto comenzó a descender directamente hacia el cañón.
—Cregan... —Dalton le pasó un brazo por debajo del hombro para ayudarlo a sostenerse. Su voz temblaba—. Son ellos. Los Fantasmas de Dorne.
«Son unos ma***tos brujos».
Las palabras del difunto Sandor retumbaron en la cabeza de Cregan mientras veía a las figuras deslizarse por las pendientes de piedra con una destreza casi sobrenatural.
—Creo que sí —susurró Cregan entre dientes.
Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, se soltó del agarre de Dalton y lo empujó hacia atrás con el antebrazo.
—Cregan...
—¡Atrás! —ordenó con un gruñido.
Los jinetes tomaron posiciones formando un semicírculo. Los tiradores en tierra apuntaban con sus r***es mientras abrían paso a dos figuras cubiertas de pies a cabeza con túnicas color arena. Uno de ellos alzó una mano enguantada mientras murmuraba órdenes en ese dialecto áspero.
Por puro reflejo, Dalton levantó su revólver. Al instante, una docena de r***es amartillaron al unísono, encañonándolos.
—¡No! —bramó Cregan, bajándole el arma de un golpe seco a Dalton antes de dejar caer también su propio revólver a la arena. Alzó su mano ensangrentada con la palma abierta en señal de tregua—. No disparen...
El líder dorniense alzó la mano y sus hombres bajaron lentamente los cañones.
El hombre avanzó un par de pasos hacia ellos, hablando con una voz profunda y gutural.
—Cregan —susurró Dalton, aferrándolo por la espalda—. Te vas a desmayar.
—Entonces sosténme, carajo.
El líder tenía unos ojos avellana intensos que destacaban entre las telas oscuras de su rostro. Su mirada recorrió las armas en la arena, se detuvo en Dalton, luego en los caballos que cargaban los cadáveres de Sandor y Sargazo, y finalmente volvió a clavarse en Cregan.
—Yatja as-sun, yatja am-mar. Ar-rahnu al-fatah, ar-rahnu al-maut.
—No te entiendo —respondió Cregan con la mandíbula apretada.
El líder intercambió una mirada con su acompañante, un hombre de ojos claros que se retiró la tela que le cubría la parte inferior del rostro, revelando una piel curtida por el sol y una cicatriz que le partía el labio.
—El Sheij dice que vuestra sangre alimenta la tierra, pero tu espíritu aún se aferra a la vida —tradujo el hombre en la Lengua Común, arrastrando las palabras con un acento dorniense marcado y áspero—. Dice que el desierto no olvida a los que luchan con honor. Y que bajes la guardia. Nadie los matará aquí... al menos no nosotros.
Cregan sostuvo la mirada del traductor, respirando con dificultad.
—Nos acaban de emboscar y masacrar a la mitad del grupo, así que permíteme dudar —escupió Cregan, con la voz pastosa—. ¿Por qué ayudarnos?
El traductor miró a su líder y le transmitió la pregunta. El Sheij observó el rastro de sangre que el forajido fugitivo había dejado en la arena y luego miró fijamente a Cregan. Pronunció una sola frase con calma ancestral:
—Inna aduw aduw-ī huwa sadīq-ī.
El hombre de la cicatriz asintió levemente antes de volver a mirar al sheriff.
—El Sheij dice: el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
—Eso suena... bien.
Cregan intentó asimilar aquellas palabras, pero su cuerpo decidió que ya había tenido suficiente. El zumbido de sus oídos se convirtió en un rugido sordo y el peso que llevaba horas soportando pareció caerle de golpe sobre los hombros. Sintió que las piernas dejaban de responderle y sus rodillas cedieron contra la arena antes de que pudiera hacer algo para evitarlo.
—¡Cregan!
La voz de Dalton le llegó cada vez más lejana. Cregan intentó mantener los ojos abiertos, pero apenas consiguió distinguir unas botas cubiertas de arena acercándose hacia él antes de que su visión se oscureciera por completo.
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