08/14/2026
—Déjeme revisar, alteza.
—No, no… —casi gritó, apartándose en cuanto sintió que intentaban acercarse—. No quiero que me toquen más. Solo… —El sollozo le quebró la voz y buscó a Elinda a su lado hasta encontrar su mano—. Por favor, solo quiero ver a mi bebé.
—Alteza… —Elinda tenía los ojos húmedos, pero apretó sus dedos con fuerza—. Solo un poco más.
—No puedo, Elinda.
—Levántela —ordenó la matrona principal, acercándose para ayudarla a cambiar de posición, aunque Gerardys negó apenas terminó de revisarla.
—Todavía no está completamente dilatada.
—No, por favor… necesito… Dioses…
Rhaenyra se dobló sobre sí misma cuando otra contracción la atravesó. Aquello era diferente a todo lo anterior. La presión descendía hasta su pelvis acompañada de una necesidad casi imposible de contener; su propio cuerpo intentaba empujar aunque Gerardys insistiera en que todavía no debía hacerlo.
—Respire, alteza.
—Arde —admitió entre lágrimas, negando una y otra vez—. Arde mucho. Necesito que salga, por favor… por favor, necesito pujar.
—Alteza, todavía no puede. Solo un poco más, tiene que soportarlo. Respire y trate de no empujar.
—¡No! No puedo, quiero…
—Alteza, míreme.
Elinda tomó su rostro entre las manos y obligó con suavidad a Rhaenyra a concentrarse en ella. Una de las matronas ocupó su lugar al otro lado, sosteniéndola cuando sus piernas temblaron.
—Respire conmigo —pidió Elinda, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Vamos. Míreme y hágalo conmigo.
Rhaenyra sollozó, pero obedeció. Respiró cuando Elinda respiraba y soltó el aire cuando ella lo hacía, tratando de ignorar aquella necesidad desesperante de empujar. ¿Por qué estaba siendo así? En su otra vida no había sido así. No recordaba aquel dolor, ni aquellas horas, ni el miedo creciendo con cada contracción. Por un instante absurdo se preguntó si había hecho algo mal al volver, si cambiar tantas cosas había exigido algo a cambio. Syrax había entregado la vida por su cachorro y ahora ella estaba allí, rogándole a su propio cuerpo que le permitiera traer al suyo al mundo.
No. No quería pensar así.
Cuando la contracción finalmente cedió, prácticamente se desplomó contra las mujeres que la sostenían. Las matronas limpiaron el sudor de su frente y cuello mientras otra le acercaba agua. Rhaenyra negó al principio, pero Elinda insistió hasta conseguir que bebiera unos cuantos tragos.
En algún momento, perdida entre el dolor y el agotamiento, Rhaenyra había dicho que la última vez no había sido así. Gerardys la miró confundido y ella consiguió corregirse, murmurando algo acerca de los partos de Jacaerys y Lucerys. No podía explicar la verdad. Mucho menos en aquel momento.
Consiguió dormir un poco después de que Gerardys volviera a asegurarle que Joffrey estaba bien. Su corazón era fuerte, continuaba descendiendo y no había señales que le hicieran pensar que el bebé estuviera en peligro. Era su cuerpo el que avanzaba con demasiada lentitud. La medicina debía ayudarla a relajarse, pero Rhaenyra no se sentía relajada; estaba agotada, adolorida y cada vez más consciente de todas las historias que conocía.
Pensó en su madre. Pensó en Laena. Pensó en mujeres y omegas varones cuyos partos habían terminado con una nueva vida comenzando mientras otra se apagaba. No quiso hacerlo, pero su mente seguía regresando a ellos hasta que terminó sollozando, aferrada al borde de una mesa mientras otra contracción disminuía.
—Quiero a mi bebé —susurró.
Gerardys levantó la mirada hacia ella.
—Lo tendrá, alteza.
—¿Cuándo? —Rhaenyra tomó el vaso que acababan de ofrecerle y lo lanzó lejos antes de que pudiera contenerse. El golpe hizo que todos se sobresaltaran—. ¡No quiero perder a mi hijo! No de… —Se detuvo y se llevó una mano a los labios. No podía decirlo. No podía decir nuevo—. Dioses, esto es una mi**da. Ustedes también.
Nadie respondió.
Gerardys simplemente tomó otro vaso, volvió a preparar una pequeña cantidad de la medicina con agua y se lo ofreció sin comentar nada sobre el que acababa de estrellarse contra el suelo.
Rhaenyra lo miró entre lágrimas.
—Lo odio.
—Puede odiarme mañana, princesa.
Aquello consiguió arrancarle una risa miserable.
—También voy a odiarlo mañana.
—Mientras beba esto, aceptaré el riesgo.
Rhaenyra terminó obedeciendo. Bebió apenas un poco, suficiente para que Gerardys dejara de insistir, y volvió a entregarle el vaso.
El tiempo siguió avanzando hasta que la luz que entraba por las ventanas comenzó a teñirse con el atardecer. Solo entonces Gerardys y las matronas determinaron que finalmente podía dejar de luchar contra su propio cuerpo.
—Ahora sí, alteza —dijo la matrona principal—. Cuando llegue la próxima contracción, puede pujar.
Rhaenyra soltó una risa ahogada que terminó convirtiéndose en llanto.
—Gracias a todos los putos dioses.
La acomodaron entre las mantas, pero apenas soportó aquella posición. Sentía demasiado calor. Le colocaron paños fríos en la frente, el cuello y el pecho, pero seguía sofocada, con la piel húmeda y el cabello completamente pegado al rostro. Cuando llegó la siguiente contracción, su cuerpo reaccionó antes de que pudiera prepararse.
Pujó.
El grito que salió de ella retumbó en la habitación.
—Levántela un poco —ordenó la matrona—. Así tendrá más fuerza. Y corten la bata, le está estorbando.
Las mujeres actuaron rápidamente. La tela fue abierta y apartada mientras dos matronas fuertes la sostenían, permitiéndole apoyarse contra ellas. Rhaenyra respiraba con la boca abierta, tratando de recuperar aire mientras Elinda permanecía cerca, secándole el rostro.
—Otra vez, alteza.
—Espera, yo…
—Tiene que hacerlo cuando venga la contracción.
—Ya sé cómo funciona —gruñó.
Una de las matronas casi sonrió.
—Entonces hágalo, princesa.
—Bien.
Tomó aire y volvió a pujar.
El dolor fue brutal. Rhaenyra gritó mientras se aferraba a las manos que tenía a cada lado y empujó hasta que sintió que los pulmones iban a estallarle. Apenas tuvo tiempo de respirar antes de que le pidieran hacerlo nuevamente. Pujó dos veces más, y para entonces estaba llorando abiertamente.
—Acuéstenme… por favor. Quiero acostarme.
Las mujeres obedecieron y la ayudaron a recostarse entre las almohadas. Rhaenyra apenas alcanzó a acomodarse antes de que la matrona volviera a llamarla.
—De nuevo, alteza.
—No puedo.
—Sí puede. El bebé está saliendo.
Rhaenyra abrió los ojos, aturdida.
—¿Qué?
La mujer sonrió.
—Veo su cabeza.
Todo el cansancio pareció detenerse durante un segundo.
Su bebé.
Joffrey estaba allí.
Rhaenyra asintió rápidamente, agarró las sábanas entre los puños y, cuando la siguiente contracción llegó, empujó con todo lo que le quedaba. Gritó, maldijo y terminó llorando cuando la presión se convirtió en un ardor insoportable. Las voces alrededor se mezclaban unas con otras: Elinda animándola, Gerardys dando instrucciones, las matronas pidiéndole que respirara, que esperara, que volviera a empujar.
Rhaenyra apenas entendía la mitad.
Respiraba cuando podía, bebía cuando conseguían acercarle agua y volvía a pujar cada vez que su cuerpo se lo exigía. Perdió la cuenta de cuántas veces lo hizo. Solo sabía que estaba cansada y que quería terminar.
—Una vez más, alteza. Una buena vez más.
—Eso dijeron la última vez.
—Esta vez es verdad.
—Más les vale.
Escuchó una risa nerviosa de Elinda y después llegó otra contracción.
Rhaenyra gritó mientras empujaba con todas sus fuerzas.
La presión aumentó hasta un punto que creyó imposible soportar y, de repente, desapareció.
Su cuerpo cayó hacia atrás.
Durante unos segundos solo existió el techo sobre ella y su propia respiración. Todo parecía extrañamente lento. Las manos continuaban moviéndose alrededor, alguien decía algo cerca de sus piernas y Gerardys pasó junto a ella, pero Rhaenyra apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
Esperó.
Nada.
Frunció ligeramente el ceño.
Debería estar escuchándolo.
Entonces las palabras comenzaron a atravesar el agotamiento.
—No llora.
—Frótelo.
—No despierta.
Rhaenyra intentó incorporarse.
—¿Qué…?
Nadie le respondió.
Quiso preguntar otra vez, pero el cuerpo no le obedeció. Parpadeó y durante un instante creyó ver a alguien inclinado sobre ella. Un rostro hermoso, familiar de una manera que hizo que el pecho le doliera. Pensó en su madre, aunque sabía que no podía ser ella. La figura se acercó y Rhaenyra sintió algo parecido a un beso sobre la frente, después otra frente apoyándose contra la suya.
Cerró los ojos.
Solo un instante.
Cuando volvió a abrirlos tomó aire con fuerza, desorientada.
Y entonces lo escuchó.
El llanto de un bebé atravesó la habitación.
Fuerte. Furioso. Vivo.
Rhaenyra soltó el aire en un sollozo y después comenzó a toser mientras las lágrimas le corrían hacia las sienes.
—Mi bebé —fue lo primero que consiguió decir.
—Un niño —anunció una de las matronas, y había alivio incluso en su voz.
Rhaenyra extendió inmediatamente los brazos.
—Dámelo.
—Alteza, debemos revisarlo y…
—¡Dámelo ya!
Las matronas intercambiaron una mirada. Rhaenyra estaba demasiado cansada para importarle si había gritado, si había asustado a alguien o si acababa de insultar a media habitación durante las últimas horas. Solo quería a su hijo.
Elinda tomó su mano.
—Alteza…
Rhaenyra giró hacia ella con un sonido desesperado, pero su dama sonreía entre lágrimas. Elinda levantó la pequeña manta de lana que Viserys le había regalado, aquella que Aemma había mandado preparar tantos años atrás para un bebé que nunca llegó a usarla.
—Hay que ponerlo aquí primero, alteza.
Rhaenyra respiró entrecortadamente y miró la manta. Después miró hacia donde estaba su hijo y finalmente asintió.
—Sí… sí, está bien. En esa. Envuélvanlo en esa.
Elinda se alejó para entregar la manta a la matrona. Rhaenyra siguió cada movimiento con los ojos, impaciente por ver finalmente a Joffrey cubierto con algo que había pertenecido a su madre, pero cuando Elinda se giró de nuevo hacia ella, la sonrisa había desaparecido.
Su rostro estaba pálido.
—Maestre…
Gerardys volvió la cabeza y siguió la mirada de Elinda. La expresión se le endureció apenas vio cómo la tela bajo el cuerpo de Rhaenyra volvía a teñirse de rojo. Se acercó de inmediato, apartando las mantas con ayuda de una de las matronas, mientras Rhaenyra permanecía recostada tratando de entender por qué todos parecían haberse puesto en movimiento otra vez.
Rhaenyra parpadeó lentamente. Las voces parecían llegarle desde demasiado lejos y tuvo que cerrar los ojos un momento cuando la habitación comenzó a moverse. Estaba mareada. Eso era todo. Había pasado horas pariendo, estaba cansada y seguramente por eso sentía el cuerpo tan extraño, pesado y ligero al mismo tiempo.
—¿Dónde está mi bebé? —preguntó, intentando levantar la cabeza.
—Está bien, alteza —respondió una de las matronas con rapidez—. Su hijo está bien.
Eso consiguió tranquilizarla apenas un poco. Soltó el aire y volvió a hundirse contra las almohadas mientras una asistente entraba apresuradamente con más telas. Escuchó movimiento cerca de la puerta y, al girar la cabeza, alcanzó a distinguir a su padre entrando en la habitación. Viserys estaba pálido, con los ojos lilas clavados en ella y una preocupación tan evidente que Rhaenyra quiso decirle que no pasaba nada.
No alcanzó.
Una presión brutal contra su vientre la hizo regresar de golpe a la realidad.
—¡No!
Se incorporó con un grito. Una de las matronas tenía ambas manos sobre su abdomen y presionaba con firmeza mientras otra acomodaba paños calientes sobre su vientre.
—¡No, suéltame! —Rhaenyra intentó apartarla, pero apenas tenía fuerza en los brazos—. ¡Mierda, maldita p**a, suéltame!
—Alteza, necesito que permanezca quieta. La placenta debe salir y está perdiendo mucha sangre.
—¡Me duele! —gritó Rhaenyra, retorciéndose cuando volvió a sentir la presión—. ¡Suéltenme, duele!
Gerardys apareció a su lado y Rhaenyra intentó agarrarlo, pero otra contracción de dolor le recorrió el vientre.
—Princesa, escúcheme. La placenta no ha terminado de desprenderse. Tenemos que sacarla y detener el sangrado.
Aquello atravesó el mareo. Rhaenyra miró la sangre que empapaba las telas entre sus piernas y algo dentro de ella se quebró.
No.
Había visto aquello antes. Había escuchado hablar de aquello demasiadas veces.
—No… —Negó frenéticamente, buscando la mano de Gerardys—. No quiero morir. No, por favor, no quiero morir.
—No va a morir —respondió él con una firmeza que consiguió atravesar el ruido de la habitación—. Pero tiene que dejarnos ayudarla.
—Mi bebé…
—Está vivo y está bien. Ahora necesito cuidarla a usted.
Uno de los asistentes de Gerardys se colocó a su lado para sostenerla cuando Rhaenyra intentó apartarse nuevamente. Elinda permanecía cerca de su cabeza, llorando en silencio mientras le sujetaba una mano. Rhaenyra se aferró a ella con tanta fuerza que sintió sus propios dedos entumecerse.
—Elinda…
—Estoy aquí, alteza. Estoy aquí.
—No dejes que se lleven a Joffrey.
—Nadie se lo llevará.
Gerardys intercambió unas palabras rápidas con la matrona y Rhaenyra no consiguió entenderlas. La habitación volvía a desenfocarse. Sentía manos sobre ella, paños calientes, presión contra el vientre y el desagradable calor de la sangre que continuaba empapando las telas bajo su cuerpo. Entonces la matrona introdujo la mano para retirar lo que quedaba de la placenta.
Rhaenyra gritó. El dolor le atravesó el cuerpo con una violencia que hizo que intentara levantarse, pero el asistente la sostuvo por los hombros mientras Elinda mantenía su mano atrapada entre las suyas. Rhaenyra no quería mirar a Gerardys. No quería escuchar a nadie. Lloró mientras enterraba el rostro contra la almohada y gritó nuevamente cuando sintió otra presión profunda, seguida por algo húmedo y caliente descendiendo entre sus piernas.
—Ya está —escuchó a la matrona—. La tengo.
Rhaenyra apenas entendió.
—¿Completa? —preguntó Gerardys.
Hubo una pausa demasiado larga.
—Sí, maestre.
—Bien. Presione el vientre. Cambien esas telas y tráiganme la medicina.
La presión regresó y Rhaenyra gimió, pero ya no consiguió pelear. Le temblaban las piernas, los brazos le pesaban y hasta mantener los ojos abiertos requería un esfuerzo que no tenía. Giró la cabeza buscando a su padre y lo encontró todavía allí, inmóvil a pocos pasos de la cama, con una expresión que le recordó demasiado a otro hombre, en otra habitación, frente a otra mujer que se estaba muriendo.
Su madre.
—Padre…
Viserys reaccionó inmediatamente y se acercó hasta donde Gerardys le permitió. Rhaenyra estiró la mano y él la tomó entre las suyas.
—Estoy aquí, hija.
—No quiero morir. Mis niños… me necesitan… —La voz le salió pequeña y aquello la enfureció consigo misma, pero no tenía fuerzas ni siquiera para ocultarlo.
—No vas a morir —dijo Viserys, inclinándose para besarle los dedos—. ¿Me escuchas? No vas a morir.
Rhaenyra quiso creerle. Quiso decirle que llamara a Laenor. Que trajera a Jace y Luke. Que quería ver a Joffrey. Que si algo salía mal había demasiadas cosas que todavía no había arreglado, demasiadas personas que debía proteger y demasiados errores que se había prometido no repetir.
Pero las palabras ya no lograron salir.
El techo pareció inclinarse sobre ella. Las voces de Gerardys y las matronas comenzaron a mezclarse hasta convertirse en un murmullo incomprensible y la mano de su padre, que todavía apretaba la suya, parecía cada vez más lejana.
—Rhaenyra.
Parpadeó.
—Princesa, mantenga los ojos abiertos.
Lo intentó.
De verdad lo intentó.
Pero el mundo se desvaneció antes de que pudiera hacerlo.
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