08/04/2026
En mi tiempo los hubiéramos llamado amoríos o romances. Ahora las llaman relaciones. La palabra amor ha caído en malos tiempos. Para muchas personas no significa nada más y nada menos que acostarse con alguien, no importa de qué s**o sea la otra persona. Los stickers sustituyen con la figura de un corazón rojo la palabra amor y se utiliza para casi cualquier cosa, persona o lugar.
Respondo a todas las cartas que me llegan con preguntas relacionadas al tema, como si la experiencia de alguien de una generación distinta todavía podría servir de guía. Trato de expresar, una y otra vez, las lecciones provenientes de mi experiencia.
En este libro, cito las cartas que me han escrito durante los últimos cinco o diez años, cito mis propios diarios de hace treinta o treinta y cinco años, cito cartas de Jim Elliot, y declaraciones en cuanto a los principios que aplican. Su estructura es la historia de cinco años y medio de amar a un hombre, Jim, y de aprender las disciplinas del anhelo, la soledad, la incertidumbre, la esperanza, la confianza y la entrega incondicional a Cristo: entrega que requiere que, independientemente de la pasión que podamos sentir, debemos ser puros.
Es, para ser franca, un libro acerca de la pureza. Es posible amar apasionadamente a alguien y permanecer fuera de la cama. Yo lo sé. Nosotros lo hicimos.
¿Entonces no tengo nada que decirles a quienes ya estuvieron relaciones íntimas? Aquellos que han entregado su virginidad también me escriben, algunos desesperados, sintiéndose radicados para siempre de la pureza.
Escribo para decirles que no hay pureza alguna en nosotros aparte de la sangre de Cristo. Todos nosotros sin excepción, somos pecadores y pecaminosos, de alguna u otra manera. Así que, si puedo ayudar a alguien a evitar el pecado, quiero hacerlo. Si puedo mostrarles a otros que el mensaje del evangelio es la posibilidad de un nuevo nacimiento, un nuevo comienzo y una nueva creación, así deseo hacerlo.
La vida amorosa de un cristiano es un campo de batalla crucial. Allí, como en ninguna otra parte, se determinará quien es el señor: el mundo, el yo y el diablo, o el Señor Jesús.
Elisabeth Elliot