22/01/2022
Entró una señora a la librería y me vendió unos pocos libros desvencijados, manchados, medio deshechos, que compré por un precio mínimo. Eran libros de física universitaria. Apenas le hube pagado me dijo que fueron de su hermano menor, que acaba de morir hace apenas unos días. "Mi hermano tenía un gran problema: se creía un genio" dijo "Llenaba cuadernos y cuadernos escribiendo, se levantaba a las cuatro de la mañana y se ponía a escribir como un maniático, como si no hubiera nada alrededor" Me nació del alma decir "¿Y usted cómo sabe que no ERA un genio?" Como si no me hubiera oído, o más bien como si no hubiera la menor posibilidad de que yo estuviera en lo cierto, siguió hablando: me habló de patología, de doble personalidad, de delirio persecutorio, de imposibilidad de tener una vida social, integrarse a un grupo, y progresar académica y laboralmente. Yo pregunté "¿Puedo leer lo que escribía?" "No lo tengo yo, está en el hospital psiquiátrico" "¿Y no lo va a ir a buscar?" "No... Es una montaña así de cuadernos ¿Querés ir a buscarlos? Pero te tenés que ir hasta Vicente López" "¿De qué tratan?" dije, interesado. De pronto me había entusiasmado la idea de asomarme a la ventana de otra alma, pero no a retazos, como cuando me toca comprar la biblioteca de alguien que murió, sino sumergiéndome en el Mar de sus palabras de medianoche... Pero la respuesta fue: "Es todo de física. Él creía que estaba descubriendo algo grande en el área de la física cuántica" Entonces me di cuenta que no, que no estoy dispuesto a irme hasta Vicente López a cargar una parva de cuadernos para los que no tengo lugar y que hablan de cosas que no voy a entender y que en el fondo no me importan. Había tenido la esperanza de que fuera poesía; de rescatar de la trituradora la obra de un poeta interesante; para ser sincero, la había re-flashado que me iba a tocar ser el salvador de un Poeta maravilloso y secreto, olvidado por el mundo después de una vida entera de mutua incomprensión. Mientras oía hablar a la señora, había flashado un encuentro personal con otro Poeta a través del abismo que llamamos la Muerte, una conversación con él en el puente de sus cuadernos trasnochados, de su tinta deshilachada, de sus palabras que el mundo no había querido oír. Pero no: lo que hay en esos cuadernos no es Poesía, sino física; no es Palabra, sino fórmulas y números. No son para mí esos cuadernos. Y aunque sea triste, parece que si no son para mí, no serán para nadie, y que pronto rodarán en el carro de un cartonero para llegar a un depósito y ser triturados entre toneladas de "blanco" o de "diario". Y mientras más pienso en ello, mientras más soy consciente de ese destino que no puedo evitar, tampoco puedo evitar creer que ese hombre sí era el genio que creía ser, y que esos cuadernos contienen la revelación de un secreto que sólo él ha descubierto ¿Y quién me convencerá de lo contrario? La señora me contaba que en la facultad de ingeniería sacaba todo 10, pero no había aceptado un cargo de ayudante de cátedra por miedo al empujón ineludible hacia la interacción social que eso significaba. Me contaba eso; pero me contaba también que todos sus compañeros de cuarto en el hospital psiquiátrico lloraban su muerte desconsolados. Hice un último intento por convencerla de que rescate y guarde los cuadernos, hasta que los vea alguien que sí los pueda entender. Pero me respondió que en este momento de su vida necesita dejar atrás lo pasado y mirar hacia el futuro, y contra eso no se puede discutir. No lo lamento del todo: a veces creo que los secretos que la física intenta develar es mejor que permanezcan secretos. Pero también estaré convencido, hasta el fin de mis días, de que uno de tales secretos, (¿por qué no el más importante y peligroso?) habita esos cuadernos que pronto serán pulpa y callarán, para siempre, la memoria de su inspirado descubridor.