08/04/2026
Mitre montonero, Eduardo José Míguez
La Revolución de 1874 y las formas de la política en la organización nacional.
Sudamericana, Buenos Aires, 2011, 224 páginas.
Muy buen estado.
$30.000
En noviembre de 1874, tras haber entregado la banda presidencial a Nicolás Avellaneda, y cuando ya había estallado el movimiento revolucionario encabezado por Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento se lamentaba con su amigo Manuel Montt, ex presidente de Chile: “Mitre ha venido a turbar la paz, tan arraigada ya en las instituciones y en el ánimo de los pueblos (…) las largas revoluciones y las pasadas tiranías han dejado hasta en el ánimo de los viejos la levadura de los antecedentes…” Esa “levadura de los antecedentes”, que explicaba que alguien como Mitre iniciara un levantamiento a esa altura de los tiempos, es parte del objeto de estudio de este brillante trabajo de reconstrucción de la revolución de 1874 de Eduardo Míguez, que se suma a la colección dirigida por Jorge Gelman dedicada a “los nudos de la historia argentina”.
El libro cumple sobradamente el objetivo de la colección de acercar a un público general los avances producidos por la investigación historiográfica local, de una manera que combine el análisis riguroso con una exposición clara y de lectura “amigable”. Pero el trabajo de Míguez logra, además, engarzarse exitosamente con lo mejor de esa producción. En efecto, este estudio viene a sumar una importante contribución a la discusión de las formas de la política en la organización nacional tal como acertadamente anuncia el subtítulo. Pero también es un aporte a los estudios sobre los procesos de articulación e integración de situaciones políticas y cuadros dirigentes provinciales en la construcción de un Estado y una élite política nacional. Estos temas han atraído recientemente la atención de otros historiadores, y son tópicos sobre los cuales el autor ya ha realizado aportes importantes (véase el volumen editado por Míguez junto a Beatriz Bragoni, Un nuevo orden político. Provincias y Estado Nacional 1852-1880).
El primer capítulo, dedicado a la exposición de los hechos de la revolución y sus antecedentes, incluye un cuidadoso análisis de las fuerzas que conformaron el llamado “ejército constitucional”, liderado por Mitre. Una fuerza irregular que combinaba nombres de peso como Rivas, Arredondo, y Borges, con guardias nacionales de los partidos de frontera en los que los comandantes y jueces de paz se habían sumado al movimiento, hasta los indios comandados por Catriel. Con característica crueldad, Sarmiento diría en carta a Posse que el estado mayor mitrista estaba formado por “quebrados y filas de cronistas de diarios”. Míguez contrasta bien las posibilidades de esa fuerza con la del oficialismo: un ejército modernizado por la experiencia de la Guerra del Paraguay, con oficiales que habían adquirido ahora una nueva solvencia profesional.
En los dos capítulos siguientes se analizan la trayectoria política de Mitre y los jalones que en la misma van conduciendo a la encrucijada de 1874 como también el papel clave de Roca en la derrota del emprendimiento revolucionario. Esto se acomete, tanto en el plano militar como en el político, anudando en el interior del país situaciones favorables al oficialismo (“San Luis es Ud., Ud. es San Luis”, termina una carta que le envía el presidente Avellaneda).
Tanto el cuarto capítulo (“Razones de una revolución”) como las conclusiones, de tono más analítico, desarrollan claves interpretativas que permiten insertar la comprensión de la revolución en el telón de fondo de la política argentina del siglo diecinueve. Dos de esas claves proporcionadas por el autor resultan particularmente reveladoras. Por una parte, la vinculación entre la política y la violencia en el siglo diecinueve argentino, vinculación sostenida por la constante presencia de la guerra como rasgo de la vida pública. Esto es lo que permite entender esa alusión de Sarmiento a “la levadura de los antecedentes” en las revoluciones sudamericanas. “La constante asociación entre política y guerra que había dominado el Plata entre 1810 y 1861”, sostiene Míguez, “hacía que existiera una prolongación natural entre ellas y que la incorporación de una forma pacífica de vida política fuera una práctica que debía ser desarrollada y aprehendida” (p. 181).
Por otra, el muy agudo análisis con que Míguez concluye el libro, en torno a la manera en la que el alzamiento mitrista refleja una paradoja clásica de la acción política, cuando intenta combinar aspiraciones de reforma de viejas estructuras que deben ser superadas, con la utilización de esas mismas estructuras como bases de poder, juego que termina por reforzarlas. “Mitre mismo lo enunció respecto de las montoneras: combatir fuego con fuego sólo aumenta las llamas. Pero si la transformación política requería poder, únicamente se podía adquirir poder jugando a la política con las reglas que unánimente se condenaban” (p. 211). Una vez más, el estudio de Míguez nos muestra de manera elocuente cómo el cambio y la continuidad delimitan los contornos tanto de los procesos políticos como de la comprensión histórica de los mismos.
Por Eduardo Zimmermann