26/06/2026
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Sigamos hablando de procesos vitales...
¿Se ha detenido a observar la asombrosa geometría con la que cambia el cuerpo de un niño?
Seguramente, si busca en sus recuerdos o mira las fotos guardadas en el teléfono, podrá evocar con total claridad la silueta de un bebé recién nacido. Recordará esa cabecita redonda, grande y pesada, que ocupaba casi una cuarta parte de todo su cuerpito. Y si mira a ese mismo niño unos años después, notará que sus piernas se estiraron, sus brazos se alargaron y esa proporción cambió por completo, asemejándose cada vez más a la de un adulto, donde la cabeza es apenas una octava parte del total.
Esa metamorfosis silenciosa, constante y profundamente rítmica no ocurre por azar.
Hoy nos asomamos al sexto proceso vital: el Crecimiento.
Hasta ahora hemos visto cómo el organismo respira, se calienta, asimila el mundo a través de la nutrición, descarta lo que le sobra con la eliminación y resguarda su identidad en la conservación. Pero el crecimiento es el encargado de plasmar todo ese trabajo invisible en algo tangible: en materia, en centímetros, en órganos internos y en huesos que se consolidan.
Usted puede imaginarlo como el constructor que toma las sustancias recibidas y las distribuye con una sabiduría perfecta para que el pulmón, el hígado, el riñón y todo el sistema nervioso vayan alcanzando su forma definitiva.
Una cadena perfecta: Para que un niño crezca, necesita haber conservado sustancias previamente. No puede existir un crecimiento sano si antes no cuidamos los procesos anteriores, como una digestión tranquila o una eliminación ordenadora.
El crecimiento corporal no es una línea recta ni una marcha acelerada; es una danza rítmica profundamente influenciada por la herencia y las condiciones de vida. Quienes acompañan la infancia a menudo observan que los niños parecen cambiar "a saltos": en ciertas épocas los vemos rellenitos, con sus formas infantiles redondeadas, y de repente, casi de la noche a la mañana, pasan por un período de estiramiento donde sus extremidades se alargan y sus facciones se estilizan.
Lo hermoso de comprender este proceso es notar que el crecimiento avanza en diversas etapas, afectando no solo la estatura visible, sino la maduración interna de cada función sensorial. Cuando todo este sistema trabaja en armonía, el cuerpo entero se convierte en una base saludable y plástica, lista para ser habitada por el alma del niño.
Para que lo pasemos por el cuerpo y reflexionemos hoy:
¿Hemos notado esos momentos de "alargue y relleno" en los niños que acompañamos, observando cómo cambian también sus emociones en cada fase?
¿Somos conscientes de que el crecimiento físico consume una cantidad enorme de energía vital, y que un niño en pleno "estirón" suele necesitar más descanso, más cobijo y ritmos más lentos?
¿Podemos ver que lo que esperamos florecer en el comportamiento o las capacidades del niño depende, en primer lugar, de haber respetado los tiempos biológicos en los que su cuerpo se está construyendo?
Acompañar el crecimiento requiere paciencia para contemplar la maduración y la profunda convicción de que cada órgano necesita su tiempo sagrado para conformarse.
En la próxima publicación, nos adentraremos en los secretos de este proceso y en cómo las fuerzas del crecimiento se van liberando para transformarse en capacidades anímicas.
Fuente para profundizar: Los siete procesos vitales, de Philipp Gelitz y Almuth Strehlow.