31/08/2017
El efecto contagioso menos esperado
Al fin dieron a conocer el material fotográfico y otros pormenores hallados en la casa del asesino serial Waldo di Giustini: el psicópata adquirió la mórbida conducta de fotografiar a su inminente víctima fatal, alguien anónimo, apacible transeúnte nocturno, quizás paseador solitario y meditabundo. Los escogía con fina sintonía: debían ser varones en su nivel de stress igual a cero, señores que en ese instante hayan conseguido el total relax, la paz interior tan anhelada. A ellos se les presentaba en asalto, apuntándolos con su pi***la enorme a bayoneta calada (un invento que creyó de él) y fotografiaba la cara de terror de esa persona con una pequeña cámara con flash aferrada en su frente accionada por la mano libre mediante un cable y un disparador. También colaboraba, sobre todo, su ensayada mirada de homicida siniestro. Cuando el material fue difundido por los investigadores con el fin de quitarles la primicia a las inevitables filtraciones periodísticas y apenas pasado el brevísimo asombro y repugnancia comenzó el sinceramiento irresistible: reconocer que esos rostros (su última expresión en vida) eran muy cómicos. Hasta el más experto disimulador caía en el encanto risorio. Muchos con el gesto adusto empezaban a menear la cabeza negando, como diciendo falsamente a quien quiera que sea: “no te podés reír de eso” y acto seguido la sonrisa tosida prorrumpía con alivio. Caras coloradas. Agites del efecto humorístico. Quijadas compulsivas de cierra-abre. Gotas de saliva como estornudo bucal. Lágrimas eyaculadas. Y familiares directos de esos mu***os también sucumbiendo en la bacanal de carcajadas. Tal cual: el horror descontextualizado por extrañas circunstancias se tornó hilarante y de ello contagioso. Los ojos enormes del condenado súbito, su boca abierta y torcida, esa contorción rostral… las manos en garra y hacia adelante… hacia el atacante en actitud de parar lo que se venga y no de atacar. Esa incredibilidad con la que fallecen. Jamás estuvieron convencidos de que eso estuviese pasando. Y el hecho que di Giustini no haya sido aun atrapado me pone por suerte muy nervioso. Aunque se me escapa cada tanto una risilla… para nada tengo yo aspecto desestresado. Para nada.
Zeta Mater