24/04/2016
Aroma a obsesión
(Augusto León Martínez)
Los aromas eran su obsesión. Para él todo significaba según el olor de las cosas. Las personas a su alrededor, eran fragancias de colores. Por ejemplo, el amarillo de la anciana que vivía en frente de su departamento, o el verde del vagabundo que dormía en la puerta del banco, y su aliento violeta por el alcohol, sin olvidar el aroma de la nena de vestidito naranja y fragancia rosa que jugaba en el almacén donde él compraba a diario la comida para la cena.
Levantarse por la mañana y oler su ropa, para identificar su color del día era común para él. Todo era común en realidad. Excepto que un mal olor podía provocarle pesadillas o a veces, insomnio. El identificaba esos olores con el color negro. Color que sentía cada vez que estaba cerca del cura de la iglesia del pueblo. Esa era la razón por la que había dejado de participar en las misas del domingo, e incluso hacia que intentara esquivar al Padre Jorge cuando lo cruzaba en la calle. Él se llevaba bien con el párroco, pero al llegar la noche, el perfume del señor de aroma negro, parecía atacarlo en los sueños.
Un día de aromas opacos, donde las flores perfuman de un celeste pálido y los cafés se olvidan su fragancia energizarte, de camino al trabajo, se cruzo con el Padre Jorge, quien iba camino a la iglesia. Como era de costumbre, el aroma negro llego a su nariz y lo envolvió en una serie de preguntas de porque lo sentía así. Para su suerte la despedida llegó pronto y pudo seguir camino al trabajo solo, poniendo colores a cada persona que pasara a su lado.
Al terminar el día, se sentó en la mesa listo para disfrutar la comida que había comprado en el almacén de la señora de fragancia turquesa, que lo esperaba todas las noches con su pedido listo en la puerta del negocio junto con su hija, la nena de vestidito naranja y aroma rosa. Mientras cenaba recordaba todos los colores nuevos que había descubierto ese día, incluso antes de cada bocado, olía el tenedor y la porción que recogía con este. Después de comer, ordeno todo como de costumbre, y reviso una vez más, todo lo que debía hacer al día siguiente. Y mientras apoyaba su cabeza en la almohada, la olía, y pensaba en la fragancia del cura mientras pedía al cielo que esa noche no tuviera pesadillas con el olor del hombre de dios.
Pero las pesadillas no entienden de rezos y plegarias, y esa noche lo acompañaron insomnicamente. Como si les divirtiera mostrarle en los sueños al Padre Jorge rezando arrodillado frente a una cruz. Esto no tenía nada de raro, pero si lo tenía el aroma que emergía de él, era una nube negra que de repente se tornaba en un color rojo fuerte. Pero cuando se quiso acercar a hablar con él, el despertador sonó.
Mientras desayunaba el té de aroma naranja, pensaba en aquella pesadilla. El silencio matutino se detuvo en la voz de la radio cuando escucho la trágica noticia. El Padre Jorge, había sido encontrado mu**to por las monjas que pasaban para abrir las puertas de la iglesia. Al igual que el resto del pueblo, él estaba horrorizado por la noticia.
Al salir de su casa se encontró con un pueblo envuelto en un perfume gris. Sin embargo, él se sentía calmo, incluso su fragancia se sentía un poco más azul que el día de ayer. Se preguntaba si esos colores que lo rodeaban tenían que ver con la extinción del olor negro. Y a su vez, se sentía culpable por aliviarse de eso. Su tranquilidad era todo lo contrario a lo que sentía la mujer de la despensa que ni bien lo vio pasar, corrió a consolarse en sus brazos. Cuando la mujer se acerco, notó que si nariz sentía un color más opaco, ya no era el turquesa de siempre.
Este trato se mantuvo por semanas, y aunque él estuviera cansado de escuchar los lamentos que la dama repetía por el Padre Jorge, seguía con esta rutina de color marrón. Entre sus lamentos, la mujer, también insistía en que él era, ahora, lo único que tenia, el único amigo. Él, sin embargo, seguía sin pronunciar palabra alguna sobre su vida.
Ya con el pasar de los meses, le molestaba tener que correr más de media hora su cena para poder hablar con la señora y su hijita de vestido naranja. Incluso lo irritaba no poder cenar dos días seguidos a una misma hora. Porque eso no lo dejaba organizar su día completa y exitosamente la noche antes. Durante esos meses los cambios en s rutina no fueron los únicos que sintió. También la mujer había abandonado su aroma turquesa por completo. Y ahora olía completamente en negro.
Durante la semana siguiente, volvieron las pesadillas. Cosa que lo irritaba aún más. En la octava noche, la pesadilla volvió a cambiar su final. Y ahí estaba la mujer en el almacén, dándole su cena, y su aroma negro de repente se torno rojo, y cuando él le quiso hablar, el despertador sonó.
Mientras desayunaba vio que la mañana olía a un verde claro, con pocas nubes en el cielo y el sol que perfumaba cálido entraba sin problemas por la ventana. En la radio no escucho noticias extrañas. Salió de su casa y al pasar por el almacén sintió un olor gris, pero siguió camino sin preocuparse, aunque no dejaba de pensar lo raro que era verlo aún cerrado. Quizás la señora estaba un poco retrasada levantando a su hijita.
Era ya la tarde, él estaba en su escritorio con sus libros ordenados alfabéticamente, la taza de café sobre la servilleta y sus lapiceras todas mirando al mismo lado en su lapicero perfectamente parado en el costado derecho de su computadora, cuando el comisario del pueblo se paro frente a él, junto a la nena de vestidito naranja. No pudo oír mucho más que la noticia de que encontraron mu**ta a la señora del almacén. Y que la nena de aroma rosa, pedía quedarse con él hasta que sus abuelos vinieran desde Capital a buscarla. El acepto, aunque su rutina tuviera que cambiar. Cosa que sabía, que lo irritaría.
Eran solo 15 días que la niña se quedaría con él. Al octavo día, el notó que aquel aroma rosa que la envolvía empezaba a desgastarse y cambiaba dentro de su gama, pero siempre en maneras más opacas. Así pasaron los siguientes 3 días, hasta que notó que el rosa de la nena ya no era rosa en absoluto.
Al decimo segundo día, todo fue casi normal. Excepto que él se sentía muy molesto y la nena ya no era un color. Ya no tenía fragancia. Eso le molestaba. No era nada si no tenía aroma, ¿Cómo iba a reconocerla sin una? Y eso, le traía pesadillas.
A lo noche siguiente, en su pesadilla, la nena poseía un aroma completamente rojo. Rojo como el in****no mismo. Al acercarse a ella y girarla para verla, el despertador sonó. Sin abrir del todo sus ojos, corrió hacia la habitación donde la nena dormía. Y entre la luz que dejaba entrar la persiana la vio, ahí, quieta, durmiendo pacíficamente, sana y salva. Respiro tranquilo y vivió su día como los vivió la última semana.
En la noche catorce, tuvo la misma pesadilla. El recorriendo su casa con la ropa de dormir, de noche. La nena sentada en su cama y de ella emergía un olor rojo. Él se acerco, la abrazo, y sintió que de a poco el rojo se pegaba en sus manos, en ese momento espero que el despertador sonara. Pero nunca sonó. Él ya no estaba durmiendo.