11/01/2026
Hay discos que la crítica mira en menos y que para uno se vuelven refugio. Para mí, el de Freddie Hubbard se llama A Soul Experiment (Atlantic, 1969).
Las notas de carpeta lo anuncian casi como manifiesto: Hubbard, “el trompetista joven más explosivo de América”, probando qué pasa cuando pone su sonido de hard bop encima de los patrones de batería y las líneas de bajo del soul y del rock. Un experimento para hablarle a la generación del “now” sin bajar el nivel.
Y el plan se siente en cada detalle. En “Clap Your Hands” y “Soul Experiment” me obsesiona lo que hace Kenny Barron: frases cortas, casi funk, que empujan el groove en vez de lucirse; en “Wichita Lineman” se nota cómo sabe dejar espacio para que la melodía pop respire sin volverse azúcar. En “Good Humor Man” entra el órgano de Gary Illingworth y la cosa se vuelve pura esquina, como si Freddie hubiera armado una banda de iglesia que sabe demasiado de jazz.
Parte de la gracia es precisamente esa fricción, un trompetista capaz de tocar con Coltrane, Max Roach u Ornette, metido hasta el cuello en canciones de tres o cuatro minutos, buscando otra forma de decir lo mismo. Esa versatilidad es una de las razones por las que Freddie está en mi top personal de trompetistas.
Como DJ, encontrar este vinilo en un dirty digging session y poder abrir un domingo temprano con él es un pequeño lujo doméstico: poner la aguja, dejar que Barron marque el clima, que el órgano se encienda y que la trompeta de Hubbard convierta la casa en un club soul de 1969. Hay maneras más “tradicionales” de empezar el día, pero pocas tan deliciosas como esta.