02/10/2026
EL ZORRO MU**TO
Por cierto lugar deshabitado, transitaba un caminante. El hombre con su mochila a cuestas, tras varias horas de errar, como es normal en lugares donde el calor es extenuante; sintió muchísima sed y, empezó a buscar un lugar donde hubiera agua, y cada segundo, a cada paso se hacía más dura la búsqueda. A un lado de la carretera había un cerco y en él, un portillo que precedía un sendero. El caminante sabía que si había un sendero de seguro conducía a un lugar donde había agua; ya fuera una cabaña o un riachuelo o al menos un abrevadero…
Tras varias horas de camino, el sendero se desvaneció y no por eso el caminante dio vuelta atrás, sino que continuó su viaje con la esperanza de hallar el preciado líquido. En efecto se topó con un riachuelo y bebió el agua hasta saciar por completo su sed y llenó también su cantimplora.
El caminante decidió avanzar por la orilla del rio; el lugar era verdaderamente hermoso, agua cristalina, prados verdes, probablemente vírgenes, y el aroma único de la hierba que armonizaba cada recuerdo que le venía al pensamiento… Ahora su caminar era más tranquilo, pues ya había mitigado la sed, y se deleitaba con lo que ante sus ojos se exponía como un lienzo del mejor de los artistas. A unas pocas horas de camino y con el mismo calor que sentía durante toda la travesía halló un frondoso árbol debajo del cual se recostó.
Meditaba en lo que veía; en las avecillas, en sus nidos, en la sombra que proporcionaba el árbol, en el agua cristalina del riachuelo que cada vez era más estrecho, pues él iba en sentido contrario de la corriente del agua; y combinaba lo que contemplaba con sus ojos con lo que percibían sus oídos;
el canto de las aves, el uniforme sonido del agua, el murmullo de las hojas ante las caricias del viento…
Allí dormitó, hasta que, el sonido del agua lo despertó. Después de un rato volvió a sentir sed y volvió al riachuelo y bebió agua; esta vez sintió el agua más agradable a su gusto, así que volvió a tomarla. Y de nuevo se percató que el agua estaba más exquisita.
Prosiguió su camino con el pensamiento de por qué el agua era más deliciosa la segunda vez que la bebió. Otra vez, luego de un rato de viaje se acercó al agua y volvió a tomar, y en efecto comprobó su teoría acerca del mejor sabor que adquiría el agua cuanto más cerca de su nacimiento estaba, por lo que probó el agua de su cantimplora para cerciorarse de lo que había sentido. Era cierto, el agua cada vez más, tenía mejor sabor.
Decidió entonces buscar el nacimiento del agua y como ya estaba próximo, no tardó en hallarlo, entre tanto de cuando en cuando en su caminar, probaba el líquido.
Cuando el riachuelo se hizo muy estrecho, tan pequeño como la cantidad de líquido que sale de una botella al vaciar su contenido, miró allí el cadáver de un zorro que yacía extendido en el hilo de agua, el cuerpo del animal, por su estado de inflamación dejaba ver que llevaba allí varios días. Estaba tan bien ubicado que el agua entraba por su boca y salía por su ano haciendo así cada mililitro de agua un recorrido por todo el organismo inerte.
El contacto del cadáver del zorro con el agua no era lo que le daba el delicioso sabor al agua. El agua en el nacedero era dulce porque allí no había llegado la destructora mano del hombre…
Sin importar el canal descompuesto a través del cual viajaba el agua, ella conservaba su exquisito sabor; así sucede con la palabra de Dios, muchos sirven a Dios aun cuando no son limpios delante del Señor y el efecto logrado a través del servicio cualquiera que éste sea, sigue siendo el mismo: “aun cuando fuésemos infieles Él permanece fiel”
EL AGUA PURA SEGUIRÁ SIÉNDOLO Y EL ZORRO MU**TO SEGUIRÁ MU**TO