11/12/2025
Era solo un cachorrito… tan pequeño, tan frágil, tan lleno de ganas de vivir. Pero el mundo no le dio oportunidad. Lo dejaron en una caja, como si su vida no valiera nada, como si su hambre, su sed y su miedo no importaran. Y allí, solito, sin una mano que lo acariciara, sin una voz que lo consolara, cerró sus ojitos por última vez.
Dicen que los perritos no hablan, pero este angelito gritó con su silencio. Pidió ayuda con su mirada, pidió cariño con su temblor… y nadie lo escuchó. Nadie llegó. Nadie lo salvó.
Ahora descansa en el cielo, donde por fin hay agua, comida y calor… donde ya no siente frío ni abandono. Pero aquí, en la tierra, queda el vacío, la rabia, la impotencia. Porque no es justo. Porque un ser tan noble no merecía partir así. Porque su vida valía. Porque su último suspiro fue en soledad, cuando lo único que quería era amar y ser amado.
Ojalá este pequeño ángel perdone lo que nosotros no podemos: la indiferencia humana. Y ojalá su partida nos duela tanto… que nunca dejemos que otro inocente sufra como él.