22/03/2024
Una de las leyes más antiguas, -los 10 mandamientos , según la Biblia reina Valera de 1909, y la oficial Católica-, el mandamiento nueve sostiene que “no codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su a**o, ni cosa alguna de tu prójimo”. ¿Existe alguna duda de que esa norma “dictada” por el Dios hebreo, luego católico, luego protestante, solo tiene por igual a dios al hombre, a quien le ha dado cosas, entre ellas: casas, burros, criados y mujeres?
Durante miles de años, normas equivalentes convertían en prenda y mobiliario a las mujeres; las esclavizaba a matrimonios concertados para unir fortunas o pobrezas. Cuando ellas levantaban la voz sufrían vejámenes, eran locas o brujas. Si una mitad de los seres humanos no es equivalente a la otra mitad, si la sociedad integra a su normalidad crímenes, leyes, costumbres oprobiosas que constriñen el acceso de este grupo a estudiar, trabajar, a la propiedad, a g***r de sus cuerpos ¿podemos esperar vivir en una sociedad saludable?
Nada se necesita para g***r del s**o salvo un cuerpo y una mente competentes para g***r sin culpa y, por supuesto, tiempo. El s**o ocurre en el tiempo, y allí radica su poder contestatario en una sociedad histérica, industrial y capitalista que opera con esquemas esclavistas y devora el tiempo libre, lo expropia para beneficio de otros. El tiempo de ocio de los trabajadores, sometidos a horarios infames, a pérdidas de horas en viajes en transporte urbanos ineficientes, reduce la posibilidad de explotar el potencial sexual que todos tenemos y lo convierte en un privilegio reservado a quienes tienen los recursos para hacerlo.
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