15/10/2025
Felipe III, 1598-1621. 100 Escudos 1609, Segovia. Felipe III, D, G. Escudo coronado. Marca de ceca del Acueducto a la izquierda. Valor en... Leer más - Un testimonio clave de la historia europea. Los primeros 100 escudos acuñados y la moneda de oro de mayor tamaño del reino español. Una moneda extraordinaria en excelente estado. Única.
Precio inicial:
2.000.000,00 CHF
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Descripción
Felipe III, 1598-1621. 100 Escudos 1609, Segovia. Felipe III, D, G. Escudo coronado. Marca de ceca del Acueducto a la izquierda. Valor a la derecha / HISPANIARVM, REX, 1609. Cruz española dentro de un cuadrilobulado. 339,35 g. Calicó 1 (esta moneda); Cayón 5037; Cayón y Castán 1541.
NGC AU58 (ventana superior). (8706599-001).
Procedencia: Colección Caballero de las Yndias, Áureo & Calicó 218 (8 de abril de 2009), 1863.
Clasificación/Estado: Un testimonio clave de la historia europea. Los primeros 100 escudos acuñados y la moneda de oro más grande del reino español. Una moneda extraordinaria en excelente estado. Única.
Notas
El orgullo del reino español: los primeros 100 escudos jamás acuñados
En el brillante mundo de la moneda europea del siglo XVII, ninguna pieza irradia más prestigio que el icónico Centén segoviano acuñado en 1609, la moneda de oro más grande emitida por la Corona española en el siglo XVII. Su peso demuestra que esta moneda nunca fue destinada para el uso diario, sino que sirvió como una pieza de presentación para mostrar el poder y la riqueza del reino español a todos. En ese momento, la moneda era mucho más que un medio de intercambio: era un arma política, un lienzo dorado para la propaganda imperial. Obras maestras anteriores como los 50 Excelentes de 1478 bajo los Reyes Católicos o la Dobla de 50 Enriques de Enrique IV fueron grandes declaraciones de autoridad. Sin embargo, Felipe III las superó a todas, emitiendo una moneda que encarnaba el estatus de España como la superpotencia indiscutible de la época.
El anverso del Centén es un triunfo heráldico, que muestra todo el poder de la monarquía española. Lleva las armas de Castilla y León, Aragón, Portugal, Austria, Borgoña, Brabante y otros territorios bajo el control de los Habsburgo. Todo esto está coronado por una corona cerrada, un símbolo de soberanía absoluta. En la época medieval, solo los emperadores usaban coronas cerradas. Al adoptar este emblema imperial, Felipe III se declaró la autoridad suprema dentro de su reino, rechazando cualquier autoridad superior. Esta moneda fue un manifiesto dorado de poder.
Oro del Nuevo Mundo: Una moneda forjada a partir de la conquista
El Centén surgió de una época de extraordinaria opulencia, impulsada por la conquista española del Nuevo Mundo. El descubrimiento de grandes cantidades de metales preciosos en América desató un torrente de oro y plata en Europa, transformando a España en el titán económico de los siglos XVI y XVII. En su incansable búsqueda de riqueza, los españoles emplearon todos los medios disponibles. Francisco Pizarro, por ejemplo, emboscó al emperador inca Atahualpa y lo mantuvo cautivo para pedir un rescate. En un intento desesperado por liberarse, Atahualpa llenó una cámara de oro y dos de plata. Sin embargo, ni siquiera este inmenso tesoro logró asegurar su liberación. Ni el emperador ni su reino se salvaron. La tierra fue despojada de sus riquezas y, a partir de ese momento, un flujo constante de metales preciosos atravesó el Atlántico con destino a los hornos de España, donde se fundió y renació como moneda.
Con esta nueva riqueza, los monarcas españoles contaron con los medios para erigir los monumentos más magníficos de su tiempo, lanzaron las flotas más imponentes y encargaron monedas de excepcional prestigio. El oro utilizado para acuñar el Centén casi con certeza provenía de América, tras haber atravesado océanos antes de llegar a la Casa de la Moneda de Segovia.
Esta moneda es el emblema definitivo de esa Edad de Oro. Forjada con las riquezas de Perú, México y otros lugares, la Centén es un testimonio del poder del imperio español, un eco resplandeciente de los barcos que cruzaron océanos y las fortunas que transportaron.
Una proeza tecnológica
Detrás de la magnificencia de la Centén se esconde una historia de brillantez tecnológica y visión real. El acueducto del anverso, un emblema icónico de Segovia y un monumento a su legado de ingeniería, indica que esta moneda fue acuñada en el famoso Real Ingenio de Segovia.
Durante el siglo XVI, la principal ceca de Europa estaba situada en Hall, Tirol. Para igualar su calidad, el rey Felipe II inició negociaciones con su primo Fernando de Tirol. Seis técnicos austriacos fueron enviados a España para seleccionar un sitio para una nueva ceca. Aunque inicialmente se eligió Sevilla, finalmente se seleccionó Segovia, probablemente debido a la influencia del conde de Chinchón, tesorero de la ceca segoviana. La nueva ceca requería energía hidráulica. Por lo tanto, un antiguo molino de papel en el río Eresma se transformó utilizando los fondos personales del rey. Fernando regaló las máquinas de acuñación, por valor de 6.000 ducados, como un gesto personal a su primo.
La producción comenzó en 1586, y la Casa de la Moneda se convirtió rápidamente en la ceca privada del rey. Bajo Felipe III, emitió prestigiosos múltiplos de plata y oro, con el Centén de 1609 como su logro más destacado. Debido a su tamaño, la moneda requería tanto la acuñación a máquina como un meticuloso acabado manual: una combinación de precisión y maestría. La creación de esta moneda requirió la pericia de los mejores expertos del reino. En 1609, Diego de Astor fue nombrado grabador, en sustitución de Hernando Andrea. Fue un artesano visionario, conocido por su innovación. Ese mismo año, Luis Jerónimo de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón, heredó el cargo de tesorero, continuando el legado de su padre y buscando el favor real mediante la excelencia en la acuñación. Para garantizar la pureza de la moneda, Melchor Rodríguez del Castillo, un experimentado ensayador de Sevilla y Granada, estampó su marca "C". Una vez terminado, este Centén de 1609, el primero jamás acuñado, fue presentado al rey y a sus favoritos: una obra maestra de oro, poder y prestigio, destinada a deslumbrar a la corte e inmortalizar la grandeza de España. Considerando que el rey encargó nuevas emisiones de 100 escudos en los años siguientes (1614, 1617, 1618 y 1620), cabe inferir razonablemente que esta extraordinaria moneda de 1609 no solo lo deleitó, sino que lo impresionó profundamente.