05/09/2026
Hay cosas que, cuando eres pequeรฑa, simplemente forman parte de tu vida.
La vendimia era una de ellas.
Septiembre. La gente entrando y saliendo de casa. Las cajas. Los tractores. Las conversaciones sobre el tiempo. Mis abuelos. Mi padre pendiente de cada parcela. Mi madre en la bodega. Dรญas larguรญsimos en los que todo giraba alrededor de lo mismo.
Entonces no sabรญa todo lo que habรญa detrรกs.
Hoy sรญ.
Hoy entiendo que cada botella de Santa Marta empieza mucho antes de llegar a la bodega. Empieza en todas esas veces que mi padre recorre las viรฑas. En conocer cada parcela. En esperar cuando toca esperar y recoger cuando llega el momento.
En aรฑos buenos y en aรฑos difรญciles. En mi padre con los ojos llenos de lรกgrimas cuando ve granizo. En su preocupaciรณn cuando siente una tormenta. Con las noches sin dormir pensando en cualquier peligro que pueda daรฑar el viรฑedo.
En toda mi familia dedicรกndole una vida entera a esto.
Y quizรก por eso ahora, viendo a mis hijas caminar entre las mismas cepas, tocar los racimos o vendimiar al lado de su abuela, todo cobra todavรญa mรกs sentido.
Porque Santa Marta nunca ha sido solo hacer vino.
Es nuestra casa.
Son nuestras viรฑas.
Es nuestra familia.
Es lo que recibimos de nuestros abuelos y lo que, casi sin darnos cuenta, ya estamos enseรฑando a nuestros hijos.