29/05/2026
💭 Reflexionando ando…
Muchas veces se habla del proceso como si fuera simplemente el camino hacia un resultado.
Pero creo que el proceso no es el medio para llegar a algo; el proceso es el lugar donde ocurre la vida.
Y quizás por eso resulta tan desafiante.
Porque nuestra mente moderna ha sido entrenada para resolver, optimizar, acelerar, controlar. Ante cualquier vacío buscar respuestas inmediatamente:
¿Qué hago? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Cuánto tardaré?¿Cuál es la solución?
Pero el proceso tiene otra lógica.
Cuando me habito, cuando me adentro en el proceso, surgen preguntas…
¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué está cambiando en mi? ¿En quién me estoy volviendo mientras atravieso esto?
Son preguntas para las que no existe un tutorial de cinco pasos.
De hecho, pensaba que quizás una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que tenemos acceso a respuestas para casi todo, pero cada vez menos capacidad para permanecer junto a una pregunta.
Y el verdadero crecimiento necesita preguntas vivas.
Cuando no sabemos qué va a pasar, nuestro sistema nervioso suele interpretar la incertidumbre como una posible amenaza. El cerebro predictivo busca anticipar, controlar y reducir el margen de error.
No siempre buscamos respuestas porque las necesitamos.
A veces buscamos respuestas porque queremos aliviar la tensión de no saber.
Pero la creatividad, el aprendizaje profundo, el amor, los procesos terapéuticos, el arte e incluso la construcción de una identidad más auténtica nacen precisamente en ese espacio donde todavía no sabemos.
El proceso implica abrirse a algo que todavía no podemos nombrar del todo. Hay una parte de nosotros que quiere entender desde el principio qué está pasando, hacia dónde vamos o qué resultado obtendremos. Sin embargo, muchas veces eso no es posible.
Solo cuando nos permitimos transitar la experiencia, observar lo que va sucediendo y dejarnos afectar por ello, empiezan a revelarse sentidos que antes no estaban disponibles.
👇🏻 continúa en comentarios 👇🏻