24/06/2026
Manuel V. Hernández González - 2002
Revista de historia canaria
La sociedad canaria de fines del último tercio del siglo XVII distaba muy mucho de ser un conglomerado étnico-social. Entre la población isleña, aunque de forma más acentuada en algunas islas como Gran Canaria, convivió un alto porcentaje de población calificada social y culturalmente como mulata o negra.
En el último tercio del siglo XVII, pese a la pujanza de la mano de obra asalariada, un cierto porcentaje de la población estaba sujeto a la esclavitud. Aunque su decadencia es visible a medida que avanza el XVIII, todavía en Las Palmas en la etapa antes apuntada alcanzaba el 9,9% del total.
En Santa Cruz de Tenerife, los bautizados esclavos se movían en 1676-1688 entre un 5,26% de 1688 y un 42,85% de 1686. Sin embargo en el medio rural eran insignificantes. En Tacoronte su número
en ningún caso pasa del 4%. Solo hubo excepciones en zonas muy concretas como
Adeje, donde por las peculiaridades de su señorío existieron esclavos en su ingenio
hasta principios del siglo XIX. Tal era su número en las ciudades que llegó a alarmar
al síndico personero del cabildo lagunero Pedro de Ocampo en 1683. Solicitó la
prohibición de la entrada de negros porque es tanto su número que «se han introducido en la isla en diferentes cargazones que han hecho mercaderes de todas naciones,
trayéndolos por mercadería, que mucho vecinos tienen a seis y ocho negros... y hasta los taberneros tienen negros y regulados se hallarán más negros que vecinos... y no se encuentran por las calles otra cosa que negros... y se está viendo ocultamente que los vecinos se salen de la isla en familias para las Indias y que si hubiera navíos, fuera mayor el exceso de los que se iban»
Aunque escasamente empleados en el trabajo rural, hasta la primera década
del siglo XIX, los procedentes de la trata fueron objeto habitual de compra en las
islas, donde había suministradores especializados, como era el caso de Enrique McCarrick en Santa Cruz de Tenerife, que efectuaba con cierta frecuencia tales ventas generalmente para la élite local. Pero no era el único, porque fue mercancía de venta habitual entre los comerciantes arraigados en las islas. Como en América la posesiónde esclavos para el servicio doméstico era un motivo de prestigio social y prácticamente ninguna casa que se considerase de relieve se privaba de ellos. Alguno de ellos fue vendido a los pocos meses por sus dueños con destino al mercado americano, como aconteció con la referida María Candelaria, de 10 años, de Gabriel Román Manrique de Lara, que, tras bautizarla en la parroquia de Los Remedios lagunera, da poder el 30 de diciembre de 1.767 al capitán del comercio canario-americano Pedro de Orea para su venta en La Habana «en el precio más alto posible».
Lo mismo cabe decir de Nicolás, comprado «a bulto» a McCarrick por Juan Bautista
Descoubet en 1768, bautizado José Timoteo y dado en poder al capitán del San Juan y Virgen del Buen Viaje Juan Peinado para su venta en La Habana en 1784, «en el precio que sea más útil y ventajoso» ; y de una de color negro de 29 años adquirida a ese tratante y vendida en 1.791 en 200 pesos por Francisca Correa, vecina de La Laguna, al capitán Gabriel Serra embarcado para La Habana.
Si eran naturales de las islas y por ende españolizados se constituían como un aliciente aún mayor por su conocimiento del idioma y de su oficio, lo que les convertía en una mercancía particularmente valiosa, como pudimos ver en la notable diferencia de precio entre la esclava Leonor, educada en casa de Piar, frente a las recién llegadas. Ese carácter criollo y ese adiestramiento es un valor particularmente estimado que se aprecia en los esclavos canarios y que explica la gran cotización que alcanzan en Indias.
La existencia de trata esclavista desde el siglo XVI, el elevado número alcanzado en esa centuria y la alta tasa de manumisión, tanto por razones religiosas, como por adquisición por los propios esclavos, explica que el número de personas catalogadas como mulatas o pardas sea particularmente elevado en la sociedad canaria de los siglos XVII y XVIII, especialmente en aquellas islas y zonas donde la caña de azúcar jugó un papel capital.
Desde esa perspectiva no es, por tanto, casual que los canarios sean vistos frente a las regiones peninsulares, especialmente frente a los norteños, como un pueblo pardo, exento de pureza de sangre. Sus habitantes fueron vistos como sinónimo de sangre dudosa, a diferencia de los cántabros y vascos, cuya procedencia era sinónimo automático de nobleza y blancura racial.
El navarro Miguel de Learte describe a los isleños como de «color agitanado».
Matías Sánchez se ciñe particularmente a los grancanarios para referir la existencia
de un dicho que señalaba que en Las Palmas «los mayos y las mayas todas son
pardas. Quería significar esas nubes y los muchos mulatos que hay en aquella ciudad y en toda la isla. Ya se han visto cantando una misa solemne tres ministros sagrados y notando el concurso con admiración son mulatos todos tres»
Algunos ejemplos: el 4 de julio de 1767 vende Mc Carrick al teniente coronel Gabriel Román y Manrique una negra, María Candelaria, de 10 años, que la trajo el capitán Joseph Felipe en una goleta inglesa del Senegal. Archivo Histórico Provincial de Tenerife (A.H.P.T.).
Protocolos notariales:
Leg. 1604. El 10 de diciembre de 1768, como consignatario, vende al licenciado Alonso Narváez y Vivero, administrador de las Rentas Reales, una negra moza de 13 años que venía en La María, su capitán Daniel Fleming, por 100 pesos. Ibídem.
Leg. 1417. El 22 de octubre de 1768 lo había efectuado a Blas José del Campo con dos, uno Eduardo Fausto de 13 a 14 y la otra
de 16 a 17, María del Rosario, por 150 cada uno. Ibídem.
Leg. 1605; al Juez de Indias, Bartolomé de
Casabuena y Guerra Malic de 14 años por 160 pesos, procedente del Senegal y embarcado en el
Eneabis del capitán Juan Yun. Ibídem.
Leg.141. 5 de diciembre de 1765. Al auditor de Guerra Salvador Antonio Morera una bozal, María del Rosario de 13, por 150 pesos, procedente del Senegal
y embarcada en el Arguín de Diego Windsor. Ibídem.
Leg.1417. 13 de mayo de 1769. Al Capitán Bernardo de la Hanty, bozal, bautizado Rafael Sacramento, de 8 años, del Senegal, de la goleta inglesa la María del capitán Joseph Philipps. Estos dos últimos por idéntica cantidad. Ibídem.
Leg. 1603. 20 de diciembre de 1765. Pero no es el único, otro tanto hacen por esas mismas fechas Felipe Carlos Piar. El 9 de noviembre de 1767 vende una negra, Leonor María de Santa Isabel, de 20 años, a Pedro José de Orea y Quijano, que había comprado al británico Bruno Blomard, que había criado desde los 2 años, bautizándola en la parroquia de la concepción de Santa Cruz, valorada en 260 pesos. Ibídem.
Leg. 1417. La Compañía Commins y Power vende a Piar 4 procedente del Senegal, transportados por la balandra inglesa Arguín, capitaneada por Diego Windsor, por 120 pesos cada uno.
En esa isla existían incluso comunidades rurales cuyos rasgos se conservaron hasta entrado el siglo XX, como Tirajana, con abundante presencia de población mulata y negra. En 1.677 la ciudad de Las Palmas creó una compañía de milicias de negros y mulatos libres, «de los que hay muchos en esta isla». La constituyó bajo el mando de «un negro libre y cristiano viejo, Juan Felipe Liria», originario de Tirajana, donde «desde
la conquista de la isla se conservan negros libres de mucha verdad y fidelidad». Se
hallaron 648 negros, que «con los mulatos esclavos, criollos y advenedizos eran un
total de 6.478»
El misionero Medinilla dice de ella en 1.756 que en Santa Lucía y Santiago «hay muchos negros y mulatos avecindados y muy antiguos. Vi a un negro y lo traté, llamado Francisco Liria, de edad de ciento y ocho años cumplidos, cabal en su juicio y de buena razón. Está casado y no ha tenido más matrimonio que el presente; su mujer no tiene tanta edad. El suegro de este negro murió en esta parroquia de ciento y quince años; llamábase Pedro de la Cruz, era negro también»
Junto con el servicio doméstico, los oficios artesanales y las actividades relacionadas con el mar fueron habitualmente desempeñados por mulatos y negros,
tanto libres como esclavos. Entre los plateros, zapateros, carpinteros, canteros o
pintores fue muy habitual el empleo de personas de color que desempeñaban tales
trabajos sin apenas contradicción. Sin embargo el color de la piel creó tensiones
entre aquellos oficios que aspiraban a ascender en la estimación social, al estimar sus miembros que integrarlos dentro de ellos avala su degradación como tal. Ese fue el caso de los sederos, como lo ilustra el conflicto de La Orotava de 1.717 cuando una
viuda de un significado alcalde de ese oficio trató de introducir como maestro a un
negro esclavo suyo.
Un elevado porcentaje de negros y mulatos libres se empleaban en las actividades marineras, como se puede apreciar en el célebre motín de Ceballos de 1.720,
que fue calificado por sus coetáneos como la asonada de los mulatos y los negros.
En su represión fueron condenados a muerte un elevado número de personas de
color. Precisamente en el pleito de los sederos se les aboca como alternativa «al
monte o a la caleta», en «la república de palanquines». Ello es así porque las actividades desempeñadas por negros y mulatos en el tráfico de contrabando de los puertos suponen una cierta mejora de su posición socioeconómica y una notable vinculación de éstos con el mundo marítimo. El oficio de parigüeleros era comúnmente
desempeñado por ellos. Su misma denominación como palanquín muestra su carácter peyorativo. De ahí la constante acusación de huida de sus lugares de procedencia de los que se refugian en los puertos que se refleja en tales acusaciones.
Precisamente ese protagonismo en su reclutamiento entre los marinos contribuye a
explicar sus notorias facilidades para emigrar a Indias. Esa persistencia étnica la
refleja en una fecha tan tardía como 1.800 el francés Antoine Sautier, quien dice que Santa Cruz de Tenerife «no era un puerto más atractivo que sus gentes: hombres y
mujeres un poco negros, como mulatos, y bastante mal vestidos».
Otro tanto cabe decir de los oficios viles, desempeñados generalmente por
mulatos, tales como molineros, carniceros o verdugos. Similar consideración tenían
sepultureros y porteros. Se daba la paradoja, por otro lado, que tal desprecio étnico-social justificaba moralmente su licitud y latrocinio. Glas refiere que el odio hacia los molineros procede de que «aquí hay grandes ladrones, pues cada familia envía su propio grano al molino, donde, a menos que se vigile bien, el molinero se hace con un buen tributo». Resulta paradójico el desprecio de tales actividades y la ascensiónsocial de algunos de ellos amparada en esa ilicitud. Es el caso de dos célebres mulatos molineros laguneros que hicieron fortuna en Indias y se integraron dentro de su élite, Lázaro Rivero, «ratón de molino» y Francisco Linares. Rivero construyó de su propio peculio la capilla y el retablo del sagrario de La Concepción, donde se enterró. Con sus viajes a Indias «adquirió muchos caudales y después andar en coche en esta ciudad». Linares, cuyo hermosa mansión se conserva en la calle de San Agustín, «siendo muchacho se acomodó con Diego el mulato molinero para llevar el trigo al molino y después se fue a Indias y allí acaudaló». Se casó «con una negra en Indias y le quitó el caudal porque murió y se vino a esta isla y se casó con hija de Juan Benítez el platero». Mitos como el casamiento con negras ricas contribuyen a expandir esa contradictoria aureola del mulato.
No es casual que la acusación de origen racial oscuro sea la generalizada entre los
componentes de esta migración financiada por la Corona y los navieros. Muchas
mujeres abandonadas, madres solteras y sin recursos, se integraban en los cupos familiares.
En 1.732, el gobernador de Trinidad y Guayana, Bartolomé de Adornate,
diría que en esas familias estaban incluidas «mulatas y mujeres rameras, cuya perjudicial y gravosa circunstancia embarazó mucho a la nueva población, por estar a la vista de indios recién convertidos, en los cuales causó el mayor escándalo, no obstante su rusticidad».
Esa suspicacia ra***ta hacia los embarques de personas de color se evidenció en la recluta de Luisiana planteada por un perfecto conocedor de las islas, Matías Gálvez, residente en Tenerife por espacio de dos décadas. Para ella prohibió la incorporación de mulatos y de empleados en oficios viles, tales como carniceros o molineros. Tal discriminación llevó a decir al fiscal de la Audiencia que de esa forma solo quedarían en las islas «los viejos que no reciben y los mulatos que también desprecian».
Por tales características y prejuicios socio-raciales se puede entender la consideración de los canarios desde la perspectiva matrimonial en el conjunto de la
América española. Al ser la limpieza de sangre uno de los impedimentos que tienen
las personas de origen racial mixto para acceder a los puestos de preeminencia social y política, la oligarquía criolla y los comerciantes peninsulares reaccionan con vehemencia frente al creciente poder económico de los pardos y blancos de orilla.
En los isleños humildes, al ser considerados, como señala Vallenilla Lanz, «raza inferior»,
siempre existía la duda de su pureza de sangre. Por ello los párrocos no tenían reparos de incluirlos dentro de los libros de «mulatos, zambos, negros y gentes de servicio», siempre que estuviesen dedicados a oficios de poca estimación. Esa inclusión fue origen de numerosos pleitos sobre su pureza de sangre, en especial a raíz de la Pragmática Sanción de 1776, que se convirtió en un claro acicate. Fue el instrumento legal con el que se abordó por la política ilustrada la regulación social y étnica de los matrimonios conforme al estamento y raza de los contrayentes. Su objetivo era evitar que las mujeres se valieran de las normas consuetudinarias para casarse con personas de diferente posición social o étnica o viceversa. Se quería acabar con los pleitos de palabra de casamiento por medio de la obligatoriedad del consentimiento paterno.
En Venezuela se tradujo en una obstaculización de los matrimonios interraciales. El viajero Depons refiere que antes de ella «abundaban mucho en la clase
baja de los blancos», pero desde que se exigió el consentimiento paterno y se aseguró que la diferencia de color sería causa suficiente para impedirlo, «el prejuicio recuperó gracias a esta disposición todo el dominio perdido con el tiempo». Influyó en «los criollos de Canarias, quienes hasta entonces mostraban menos dificultades en casarse con pardas. Pero luego se han puesto no menos delicados que los blancos y puede decirse en verdad que tales uniones no abundan actualmente». Sus apreciaciones tienen gran interés por cuanto considera a los isleños criollos y por ende no europeos y matiza su impureza al precisar que «se han puesto menos delicados que los blancos». Es sospechoso de ella por su origen racial siempre puesto en cuestión y por sus relaciones matrimoniales con razas inferiores».
El proceso de Sebastián de Miranda muestra siempre la afrenta de su dudosa enblancura y la de su mujer. De ahí que muchos hijos de canarios sean inscritos en los libros de bautismo o matrimonio
según el criterio del párroco en los de pardos, lo que originaría graves pleitos como el acaecido en Coro en 1.789 cuando el gallego Bartolomé Rivera quiso contraer
matrimonio con Josefa Nicolasa Naranjo. El alcalde ordinario de Coro se opuso
alegando que había sido colocada en el libro de pardos, a pesar de que su padre era
canario y su madre de esa ascendencia. La Cédula de 8 de julio de 1.790 no bastó
para zanjar tales dificultades al obligar a formar los párrocos libros diferentes para
esclavos y para pardos.
El disenso del cántabro Francisco Gómez frente al casamiento de su hijo con la del canario Juan Rodríguez Alfonso, vecino de Chaguamaral y regidor de San Sebastián de los Reyes, puso de manifiesto que los peninsulares, por el hecho de serlo, tenían limpieza de sangre, mientras que los canarios eran sospechosos y por tanto debían de demostrarla. Gómez «por ser natural de las Montañas de Santander es por consiguiente hijosdalgo». Ganó en la Audiencia el santanderino y Alfonso se vio obligado a recurrir al Consejo.
El concepto y la valoración de pardo en una sociedad de castas hace que la frontera entre la blancura y el carácter mestizo sea más cultural que racial. No cabe duda que la Pragmática Sanción reavivó las tensiones sociales y multiplicó los pleitos de casamiento. Un sector ascendente de la colonia canaria para proclamar su pureza cuestionada contesta los matrimonios que considera desiguales. Es el caso del pulpero santiaguero Fernando González de Fuentes, que se opone al casamiento de su pariente y paisano Juan Cartaya con María Rita Moreno, a la que acusa de parda libre. Ella señala que era de piel clara. Sin embargo nadie le pidió la genealogía a Cartaya, que era más oscuro, «tan prieto y denegrado que por su color nadie aseguraría ser blanco». Lo mismo dice del oficio de Fuentes con el vilipendio de ser carnicero, «por lo vago y grosero de este ejercicio, por vivir en el todo emporcado en la matanza de cerdos y en el expendio de guarapo, sujeto a un camisón de listado para librarse de las inmundicias que trae consigo esta ocupación».
Lo que no cabe duda es que la Pragmática reforzó las tensiones y los prejuicios en sociedades como la venezolana y la cubana, en las que las elites cuestionaban el ascenso de los pardos, aunque ese proceso es más palpable en Venezuela. Lo cierto es que canarios notoriamente mulatos se vieron obligados a casarse con personas de color. Es el caso del pardo libre grancanario Miguel Soriano, que se casa con María Candelaria del Fierro, de idéntica estimación. Tienen que ratificar su etnia tres paisanos suyos: José Armas y Antonio y Manuel González. Esa radicalización de las tensiones se acentuaría especialmente en las urbes, siendo menor en el mundo rural.
De todos los dominios americanos fue a la isla de Cuba al territorio donde
emigraron en mayor número. Las razones eran lógicas, el espectacular progreso económico de la isla desde la segunda mitad del siglo XVII, la demanda de mano de obra y el giro hacia la esclavitud hicieron particularmente rentable la venta en la Perla de las Antillas de esclavos nacidos en Canarias que unían a la ventaja del idioma la de su especialización en oficios, bien del campo o puramente artesanales y domésticos.
En la segunda mitad del siglo XVIII el ritmo de ventas aumenta de forma considerable. La crisis toca fondo en las islas y la expansión cubana con el giro ya bien significativo hacia la plantación y la trata esclavista lo facilitan. El segundo gran destino de los esclavos canarios es Venezuela.
La venta de esclavos para el servicio doméstico en Argentina también era particularmente apreciada desde finales del XVIII, un territorio vacío que potenciaba la emigración desde Canarias con el comercio libre y los fletes
Aunque teóricamente la esclavitud fue abolida en la Península Ibérica e islas
adyacentes por las Cortes de Cádiz, ello no obsta para que siguieran vendiéndose
esclavos isleños para la isla de Cuba...