20/07/2026
Aún tengo en la cabeza la imagen de ayer. Gente abrazándose por la calle con completos desconocidos, gritos de alegría, la piel de gallina con la victoria de la selección. Es precioso. De verdad que es mágico ver cómo, de repente, da igual a quién votes, cuánto ganes o de dónde vengas. Todos a una. Todos hermanos peleando y sufriendo por los mismos colores.
Pero hoy, con las calles ya vacías de celebración, se me ha encogido un poco el pecho. Dándole vueltas, sigo sin encontrarle una explicación lógica.
Si somos capaces de vibrar así, de paralizar un país entero y llorar de emoción por un deporte... ¿qué nos pasa por dentro para estar tan anestesiados con la vida real? ¿Por qué esa misma marea humana no ruge igual de fuerte para defender que tengamos una sanidad en condiciones? ¿Por qué no salimos a dejarnos la voz para exigir que la gente no se ahogue para pagar una vivienda, o para que la justicia no dependa de la cartera que tengas?
¿En qué momento perdimos esa garra para defender, sencillamente, nuestro derecho a una vida digna?
Para celebrar un trofeo nos faltan calles, pero para pelear por lo que nos da de comer, cada uno tira por su lado.
La triste realidad es que nos hemos vuelto terriblemente individualistas. Nos resulta muy fácil y cómodo unirnos para la fiesta, porque eso no nos exige nada. Bajas a la calle, saltas, celebras, te sientes parte de algo grande y te vas a casa con el subidón.
Pero cuando toca arrimar el hombro y dar la cara por los problemas de verdad, la historia cambia. Ahí agachamos la cabeza, miramos nuestro propio ombligo y dejamos que el de al lado se hunda. Parece que la empatía nos dura exactamente 90 minutos.
Mientras el problema no llame a nuestra puerta, miramos hacia otro lado y dejamos que se las apañen otros.
Nos sobra energía para parar el país por un gol, pero nos falta valor y corazón para paralizarlo por las injusticias que nos están rompiendo la vida a todos.
Ojalá algún día decidamos jugar todos juntos el partido que de verdad importa. Ahí dejo la reflexión.