07/03/2024
- EL AMARGADO -
Nunca supo lo que era el que todos se pelearan por cargarlo en brazos. Todos lo miraban y disimuladamente se alejaban de él. Siendo un bebé conoció el desprecio.
Sin conocerlo lo etiquetaron como “el amargado”. Pasaron los días, los meses, los años y siempre estaba solo, nadie quiso ser su amigo.
En el pueblo todos hablaban del hombre amargado, ese ser malo que vivía solo en una casa apartada a la que había que llegar a través de un camino de tierra y piedras.
Nadie sabía nada de él, solo que era el hombre amargado. Hasta que un día Lucía, una niña muy curiosa que siempre iba peinada con dos trenzas decidió embarcarse en la aventura de recorrer el camino de arena y piedra que llevaba hasta la casa del hombre amargado.
Se ató los cordones de sus zapatos beige, subió los calcetines, sujetó bien las asas de su mochila celeste e inició la aventura. Se sorprendió al recorrer el camino y descubrir una parte de su pueblo a la que nunca había ido, y ver que sus árboles eran gigantes y frondosos, que la brisa susurraba sonidos de mar al mover todas sus hojas ¡podía escuchar el mar en su pueblo de interior!.
Disfrutó tanto del camino que realmente se olvidó del objetivo de su aventura: observar de lejos al hombre amargado. Así que siguió andando y cuando quiso darse cuenta estaba ante una preciosa casa pintada de azul, con una puerta de madera que estaba entreabierta. La abrió lentamente con su mano izquierda y asomó su cabecita, no podía imaginarse lo que se encontraría: el hombre amargado estaba de espaldas cuidando unas plantas, y hablando con su perro, un bichón maltés blanco llamado Mango. A Lucía le sorprendió el tono de voz con el que le hablaba a su perro, no era lo que se esperaría de un hombre amargado y malo.
La puerta crujió y el hombre se sobresaltó, nunca nadie se había acercado a su casa. Ambos estaban asustados, al ver Lucía que él estaba tanto o más asustado que ella comprendió que no era malo. Vio en sus ojos bondad y soledad.
Ella le sonrió. Él rompió a llorar.