24/09/2026
312 2/3 _*+¡Pero la mía!... Me verías reducido a un amasijo de carne llagada, cubierta de esputos, infamada, abandonada en manos de una muchedumbre rabiosa, dada a la muerte colgándola de una cruz, como un delincuente...*_ /-
https://youtu.be/SbCjfaxKjYo
-Juan tiene un primer barrunto de lo que le espera. Cambia de cara y de color: se pone serio y pálido, y su único ojo ahora mira fijamente, atento y escudriñador, al rostro de Jesús, que prosigue:
+¿Te acuerdas, Juan, cuando, para calmar tus dudas acerca del perdón de Dios te dije: "Para hacer que comprendas la Misericordia te emplearé en obras especiales de misericordia y para ti expondré las parábolas de la misericordia"?
-Sí. Y fue verdad. Me persuadiste y me has concedido exactamente hacer obras de misericordia, y diría que las más delicadas, como limosnas, como la instrucción de un niño, de un filisteo y de una griega. Esto me ha dicho que Dios había conocido tanto mi verdadero arrepentimiento -y lo había visto real-, que me confiaba almas inocentes o almas de personas en vías de conversión, para que los formase en El.
-Jesús abraza a Juan acercándoselo a su costado -es el gesto que hace habitualmente con el otro Juan- y palideciendo por el dolor que debe causar, dice:
+También ahora Dios te confía una tarea delicada y santa.
Una tarea de predilección.
Sólo tú, que eres generoso, que no tienes restricciones ni prevenciones, que eres sabio, que, sobre todo, te has ofrecido a todas las renuncias y penitencias para purgar aquel resto de expiación, aquella deuda que todavía tenías con Dios; sólo tú lo puedes hacer.
Cualquier otro no querría, y tendría razón, porque le faltarían los requisitos necesarios.
Ninguno de mis apóstoles posee todo lo que tú tienes para ir a preparar los caminos del Señor...
Bueno, y te llamas Juan.
Serás, por tanto, un precursor de mi Doctrina... prepararás los caminos a tu Maestro... es más, harás las veces de tu Maestro, que no puede ir tan lejos...
-Juan se sobresalta y trata de liberarse del brazo de Jesús para mirarle a la cara, pero no lo consigue, porque Jesús lo tiene estrechado dulce pero autoritariamente y ya su boca da el golpe final...
+...No puede ir tan lejos... hasta Siria... hasta Antioquía...
-¡Señor! -grita Juan liberándose violentamente del abrazo de Jesús
-¡Señor! ¿A Antioquía? ¡Dime que he entendido mal! ¡Dímelo, por piedad!...
-Está de pie... todo en él es súplica: su único ojo, su rostro, que se ha puesto cinéreo, sus labios trémulos, sus manos temblorosas extendidas hacia adelante, su cuerpo, que parece plegarse hacia el suelo como subyugado por la noticia.
Pero Jesús no puede decir: «Has entendido mal». Abre los brazos, levantándose a su vez para recibir en su corazón al anciano pedagogo, y abre los labios para confirmar:
+A Antioquía, sí.
A casa de Lázaro.
Con Síntica.
Partiréis mañana o pasado mañana.
-La desolación de Juan es verdaderamente lastimosa. Se libera del abrazo a mitad, y, frente a frente, bañadas en lágrimas sus flacas mejillas, grita:
-¡Ah, ya no me quieres a tu lado! ¿En qué te he contrariado, mi Señor? -y se separa y se deja caer en la mesa mientras rompe en sollozos desgarradores, lastimosos, intercalados con accesos ásperos de tos, insensible a las caricias de Jesús, susurrando: «Me alejas de ti, me alejas de ti, no te volveré a ver...
-Jesús sufre visiblemente, y ora... Luego sale quedamente. Ve en la puerta de la cocina a María con Margziam, que está asustado de ese llanto... Más allá está Síntica, también sorprendida.
+Madre, ven aquí un momento.
-María va, ligera y pálida. Entran juntos. María se inclina hacia el hombre que llora como si fuera un pobre niño, y dice:
-¡Cálmate, pobre hijo mío, cálmate! ¡No, esto no! Te perjudicará.
-Juan alza su cara desencajada y grita:
-¡Me despide!... Moriré solo, lejos... Podía esperar unos meses y dejarme morir aquí. ¿Por qué este castigo? ¿En qué he pecado? ¿Te he causado alguna vez molestias? ¿Por qué me has dado esta paz para luego... para luego…
-Se deja caer de nuevo encima de la mesa, llorando más fuerte, jadeando...
Jesús le pone la mano en sus flacos y convulsos hombros, mientras dice:
+¿Cómo puedes pensar que, si hubiera podido, no te habría tenido aquí?
¡Oh, Juan!
En el camino del Señor hay tremendas necesidades.
Y el primero que sufre por ello soy Yo.
Yo, que llevo mi dolor y el de todo el mundo.
Mírame, Juan.
Observa si mi rostro es el de una persona que te odia, que está cansada de ti...
Ven aquí, a mis brazos, siente cómo palpita de dolor mi corazón.
Compréndeme, Juan; no me entiendas mal.
Es la última expiación que Dios te impone, para abrirte las puertas del Cielo.
Escucha... -lo levanta y lo estrecha entre sus brazos
+Escucha... Mamá, sal un momento...
Ahora que estamos solos, escucha.
Tú sabes quién soy.
¿Crees firmemente que soy el Redentor?
-Claro que sí. Por ello quería estar contigo siempre, hasta la muerte...
+Hasta la muerte...
¡Horrenda será mi muerte!...
-La mía, digo. ¡La mía!...
+La tuya será tranquila, confortada por mi presencia, que te infundirá la certeza del amor de Dios; y por el amor de Síntica, además de por la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía.
¡Pero la mía!...
Me verías reducido a un amasijo de carne llagada, cubierta de esputos, infamada, abandonada en manos de una muchedumbre rabiosa, dada a la muerte colgándola de una cruz, como un delincuente...
¿Podrías soportar esto?
-Juan, que a cada descripción de cómo será Jesús en la Pasión ha respondido gimiendo: «¡No, no!», grita un «no» seco, y añade: Odiaría de nuevo a la Humanidad... Pero yo ya habré mu**to, porque Tú eres joven y...
+Y veré ya sólo una vez las Encenias.
-Juan lo mira fijamente, aterrorizado...
+Te lo he dicho en secreto para explicarte que una de las razones por las que te mando lejos es ésta.
No serás el único.
A todos aquellos que no quiero que sean turbados por encima de sus fuerzas los mandaré antes a otro lugar.
¿Esto te parece falta de amor?...
-No, mi mártir Dios... Pero yo te debo dejar... y moriré lejos.
+Por la Verdad que soy, te prometo que estaré inclinado hacia la almohada de tu agonía.
-¿Y cómo, si estaré muy lejos y me dices que Tú no vas tan lejos? Lo dices para que me vaya menos triste...
+Juana de Cusa, agonizando a los pies del Líbano, me vio, y Yo estaba muy lejos y no me conocía todavía.
Pues allí la devolví a la pobre vida de esta tierra.
¡Créeme que el día de mi muerte ella lamentará haber vivido!...
Sin embargo, para ti, alegría de mi corazón en este segundo año de Maestro, haré más.
Iré a conducirte a la paz, te daré la misión de decir a los que esperan: "La hora del Señor ha llegado. Así como ahora llega la primavera a la tierra, para nosotros llega la primavera del Paraíso".
+Pero, no iré sólo entonces...
Iré, me sentirás, siempre...
Lo puedo hacer y lo haré.
Tendrás al Maestro en ti como ni siquiera ahora me tienes.
Porque el Amor puede comunicarse a aquel a quien ama, y tan sensiblemente que puede tocar no solo el espíritu sino los mismos sentidos.
¿Más tranquilo ahora, Juan?
-Sí, mi Señor. ¡Pero qué dolor!
+De todas formas, ¿no te rebelas, no?
-¿Rebelarme? ¡Jamás! Te perdería del todo. Digo "mi" Padrenuestro: hágase tu voluntad.
+Sabía que me comprenderías...
-Lo besa en las mejillas surcadas por un continuo, aunque sereno, llanto.
-¿Me permites saludar al niño?... Este es otro dolor... Le que-... -El llanto vuelve, ahora más intenso...
+Sí.
Lo llamo enseguida...
Y también a Síntica, que también sufrirá...
Tú, siendo hombre, debes ayudarla...
-Sí, Señor.
-Jesús sale. Mientras, Juan llora, y besa y acaricia las paredes y los objetos de la pequeña habitación hospitalaria.
Entran juntos María y Margziam.
-¡Madre! ¿Has oído? ¿Lo sabías?
-Lo sabía, y me dolía... Pero yo también me he separado de Jesús... Y soy su Madre...
-¡Es verdad!... Margziam, ven aquí. ¿Sabes que me marcho y que no volveremos a vernos?...
-Quiere mostrarse fuerte. Pero... coge al niño en brazos, se sienta en el borde de la cama y llora abundantemente encima de la cabeza morena de Margziam, que, a su vez, bien se encarga de imitarlo.
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