06/10/2024
MI VIDA Y LA POLÍTICA
Episodio 20:
Hacer la colimba en dictadura
Una gran parte de la sociedad argentina, adoctrinada como siempre por los medios de prensa reaccionarios que dominaban (y siguen manipulando) la opinión pública, pero también -no hay que ocultarlo- por el desastre en todos los niveles que fue el gobierno de Isabel Perón dominado por el brujo López Rega, aceptó no solo con resignación sino también con alegría el golpe de la Junta Militar (Videla, Massera, Agosti) de marzo de 1976. La primera consecuencia fue, como era de esperar, el silencio abrupto e inmediato de la actividad política: partidos democráticos prohibidos, y toda actividad opositora (o peor aún, revolucionaria) proscripta ferozmente. Si algún sector de la izquierda llegó a pensar que al menos, iba a cesar la represión ilegal ejecutada por los parapoliciales de las “tres A”, la realidad fue todo lo contrario: los militares organizaron sus propios grupos ilegales para profundizar los secuestros, los asesinatos y la práctica que poco después se legitimó con el eufemismo de “desapariciones”. La única consigna posible entonces era CALLAR. No voy a reiterar una vez más lo que significó la peor dictadura ejercida en el país (y creo que en toda Latinoamérica), porque está suficientemente dicho, a pesar de que con el nuevo gobierno “anarcocapitalista” nuevamente estén encontrando espacio mediático y aliento los que pretenden que todo aquello es mentira y que los asesinos fueron los verdaderos héroes.
Muy pocos meses después del golpe me casé, y me fui a vivir con mi pareja a un suburbio bonaerense, Berazategui, que nos obligaba a viajar varias horas todos los días para ir a nuestros trabajos, que estaban en el centro de la Capital. Intenté en ese momento retomar mis estudios universitarios, en la carrera de Letras, pero no pude soportar el ambiente represivo de las aulas (había anécdotas de auténtico cuento de Poe: recuerdo que para señalar la hora en que los alumnos deberíamos abandonar la Facultad, pasaba un bedel por los pasillos tocando un cencerro siniestro). Por otra parte, todos los días había un compañero (obviamente, los que habían manifestado alguna vocación revolucionaria) que ya no volvía a la clase, y por supuesto nunca nos enterábamos por qué. Mi hermano Tato, que poco después comenzó la carrera de Ingeniería, fue a parar una vez a la cárcel porque los policías que controlaban los accesos a las facultades sospecharon que un cuadernillo de apuntes que llevaba encima (que estaba hecho con el reverso de aquellas hojas llenas de signos que imprimían las computadoras primitivas de entonces) eran mensajes en código de vaya a saber qué grupo subversivo.
En el año 1977, mis aplazamientos al Servicio Militar Obligatorio (la colimba, en criollo, que teóricamente yo debería haber hecho en 1973) caducaron, y tuve que apersonarme al reclutamiento en Rosario (que era el área militar que correspondía a Venado Tuerto). Con la intercesión de un coronel vinculado a mi suegro (que había sido hasta marzo de 1976 diputado peronista de la provincia de Buenos Aires), conseguí que al menos me mandaran más cerca de mi esposa: en Buenos Aires. Claro que, nada menos que en el Batallón 601 de Inteligencia, en Palermo. Entre trámites y vueltas, al menos me salvé de la peor parte de la colimba: la salvaje fase inicial llamada “instrucción”, y de a poco fui ganándome el derecho a un régimen en el que podía volver a mi casa casi la mitad de los días de la semana. A cambio, no solo tenía dos “guardias” semanales, sino que además debía limpiar todos los días los pizarrones del curso de inteligencia antisubversiva para oficiales de toda Latinoamérica (ahora les cuento), y además acceder a ciertos “favores” no reglamentados, como por ejemplo hacerle de maestro privado al hijo del sargento (y, ya que estamos de anécdota, incluso una vez la mudanza de un taller de un pariente del mismo sargento, aunque en esta ocasión debo reconocer que me pagó por el trabajo). Me dieron la baja a los siete meses, de modo que puedo considerarme un privilegiado para las condiciones de la época.
En este punto, me doy cuenta de que estoy al borde de ceder a una de las más habituales manías de todos los que hemos hecho la colimba: contar las mil y una anécdotas, muchas de ellas incluso de recuerdo grato, ocurridas en ese extraño período de la vida que hasta mi generación todos debíamos cumplir obligatoriamente. Pero todos esos recuerdos (que los tengo) jamás podrán empañar la realidad de la colimba: un auténtico aprendizaje del sometimiento arbitrario, del terror a las jerarquías, de la humillación cotidiana y la indefensión absoluta en manos del primer simple cabo que se te cruzara de camino. Todo, naturalmente, en nombre de la defensa de la Patria y los supuestos valores argentinos, que si son realmente los que nos querían enseñar los militares, declaro solemnemente que no son los míos.
De ese período nefasto, además ejercido entre 1977 y 1978, en plena dictadura represiva, todavía en medio de los enfrentamientos entre el ejército y los últimos vestigios de las guerrillas revolucionarias, e incluso de una guerra a punto de desatarse entre Argentina y Chile por cuestiones de límites, hay sí algunas pocas de esas situaciones que me siento compelido a contarles.
La primera de ellas era el gran dilema existencial, ideológico e incluso ético, que se nos planteaba cara a cara a diario: ¿qué pasa si cualquier día un grupo de la resistencia guerrillera que todavía existía -con la que podíamos no compartir metodologías, pero sin duda estaban resistiendo a una dictadura militar reaccionaria- intentaba asaltar el cuartel? Sin duda la respuesta visceral inevitable es: matar o morir. No hace falta que siga desarrollando el asunto, imagino. Terminada la colimba, hablando con algunos compañeros con los que seguí manteniendo vínc**os, recordaban que cada vez que tenía oportunidad, en los momentos de conversaciones en soledad que se suscitaban, yo les hablaba de los crímenes de la dictadura. ¿Era heroísmo o, mirado ahora con los años, pura inconsciencia irresponsable?
Segunda anécdota: dije que uno de mis trabajos en el cuartel era limpiar aulas. Efectivamente, allí se ubicaba la escuela de inteligencia de los oficiales de distintos países que, como parte del Plan Cóndor, asistían a cursos “contrasubversivos”. Cuando terminaban las clases, mi obligación era dejar en condiciones el aula para el día siguiente, lo que implicaba escoba y lampazo, pero sobre todo borrar los pizarrones. Pizarrones donde, naturalmente, quedaba escritos todos los contenidos del “curso”. Y que consistían, básicamente, en alambicados esquemas y cuadros sinópticos que creían desarrollar las ramificaciones de las que se componía la “actividad subversiva”. Me resulta imposible vincular esos disparates al sin duda devastador resultado de la represión, pero leer esas supuestas muestras de “inteligencia” todavía me da risa: no me olvido de un esquema que pasaba a través de siglas y comandos varios hasta terminar en ¡Mercedes Sosa!
La tercera anécdota me costó muchos más sudores, como verán. Ya he dicho que para estar al menos en Buenos Aires (yo ya estaba casado) había logrado que me reclutaran en el 601 de Inteligencia de Palermo (batallón servicios, era mi área). Pero eso implicó que el día de mi ingreso tuviera que pasar por una entrevista con el máximo responsable del área, que era un Mayor joven, sin duda facho, pero especialmente simpático. No perdió el tiempo: de entrada me espetó que sus informes decían que yo había tenido actividad revolucionaria en mis estudios universitarios en Rosario (ya habían pasado cinco años desde entonces). Me defendí como pude (era cuestión de vida o muerte, y esto no era una metáfora): “la rebeldía propia de la sangre adolescente”, y frases hechas de ese tipo. El caso es que el Mayor me mandó a las cuadras con una sonrisa complaciente, como advirtiéndome “ojo que te tengo fichado, a ver cómo te portás”.
Algún tiempo después, nos tocó un ciclo de instrucción de tiro, que se hacía en el recinto del Tiro Federal. El primer dìa yo, que en mi vida había empuñado un arma de fuego, me destaqué en pi***la y ametralladora por una puntería que ni yo mismo hubiera sospechado. Al final del ejercicio, se realizó la habitual formación, y apareció el Mayor a hacer la inspección de rigor, que incluía (a los gritos todo, como se hace siempre en la milicia) preguntar al sargento a cargo sobre los resultados. Y en cumplimiento de su función, el sargento destaca: “al soldado casado Zattara que hizo tres ‘viva la patria’” (así se llama en la colimba a hacer diana en el blanco). Imagínense la situación, rígidamente formado en el medio del resto del batallón, que pasé cuando el Mayor, casi a las carcajadas, replicó “yo sabía que Zattara era guerrillero viejo”. Y aquí paro por hoy.