02/05/2026
El rol de madre de adolescente es una mi**da, así te lo digo. Esa persona que no te deja hacer cosas, que chusmea en tus asuntos, que te manda a la cama, abnegada, silenciosa menos cuando se enfada que menudo genio se gasta, pesada hasta el hartazgo, siempre con miedo de que no seamos lo suficientemente buenas, lo suficientemente, incluso y en los mejores ejemplos, felices.
Yo eso del instinto maternal no lo he mamado y tampoco se lo he dado a mamar a mi hijo literal. Así que supongo que es por eso que no me gustaría que por el día de la madre me regalaran flores o bombones sino un buen juego de mesa con el que darle una paliza porque nunca me he dejado ni me dejaré ganar. O un bolso para meter exclusivamente mis cosas porque ser madre no venía unido, que yo sepa, a ser una mula de carga. O un buen libro para juntarnos a leer en el sofá por las noches cada uno el suyo. O que me cocine él. O un CD de post punk para hacer el id**ta juntos y echarnos unas risas.
Ese rol, el de payasas, despreocupadas, un poquito a nuestra bola y relajadas es el que a veces nos sentimos impelidas a tirar por la borda en el momento en que nos abrimos de piernas para dar el último empujón. Y, claro, luego nos frustramos porque no damos la talla para meternos en ese corsé de maternidad absoluta que no sé quién c**o se ha inventado.
El otro día, mientras nos preparábamos para salir a la calle delante del espejo, mi hijo me dijo que tenía que haber sido un poco raro eso de convertirme en madre así, de pronto. Que todo cambiara. Le miré a través del cristal y le dije: “La verdad es que sí, pero ¿sabes qué? Que lo estoy haciendo de p**a madre“. A lo que el contestó: “Somos la leche”. Y nos pusimos a rapear bailando así con los bracitos.
Ser madre de un adolescente es lo mejor si no te pierdes por el camino. Quien quiera que seas, sigues ahí dentro. Así que pídete para el día de la madre sacarte a pasear. Y un regalazo, claro, que te lo estás currando.