마 흔 셋 c a f e

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Fueron poco más de seis meses de funcionamiento, aunque en nuestra cabeza la idea había tomado forma hace mucho. No deja...
20/02/2017

Fueron poco más de seis meses de funcionamiento, aunque en nuestra cabeza la idea había tomado forma hace mucho. No deja de ser difícil el tomar este tipo de decisiones cuando habías puesto tantas esperanzas y ganas en algo, pero hay que asumir los errores, y nosotros como equipo cometimos varios.

Forty-three cafe cerrará sus puertas a partir de hoy, dejaremos de hacer fiestas, así como de publicar menus, salvo que surja la nostalgia. Es una decisión que se tomó tras diversas situaciones, que impiden en realidad el correcto funcionamiento y que desvirtuaron el objetivo inicial de este proyecto: Crear, compartir, escribir y leer.

Agradecemos infinitamente y desde el fondo de nuestro corazón, a cada persona que confió en nosotros para sus fiestas o momentos especiales, a todos los que compartieron sus historias, a quienes se atrevieron a formar parte de esto. No nos arrepentimos de la idea, quizás de la ejecución y de muy puntuales hechos, sin embargo se guardan en el pecho cada sonrisa y cada uno de nuestros momentos.

La cafetería continuará funcionando solo de modo on rol y como parte de la historia de algunos personajes, no así como servicio rpg.

Muchísimas gracias por todo el cariño y apoyo recibido. ¡Nos vemos!

                             The Notebook    Se oyó un trueno ensordecedor y cayó otro chaparrón. Allie oyó la lluvia en...
18/02/2017

  
             

             The Notebook
  
  
Se oyó un trueno ensordecedor y cayó otro chaparrón. Allie oyó la lluvia en el tejado, el chisporroteo de la leña mientras las llamas temblorosas iluminaban la habitación. Miró por la ventana y vio cómo el cielo gris se aclaraba apenas por un segundo. Al cabo de un instante, oyó otro trueno. Esta vez más cercano.

Tomó una manta del sofá y se sentó sobre la alfombra, frente al fuego. Cruzó las piernas, se envolvió con la manta en la posición más cómoda posible, y contempló las llamas danzarinas. Noah volvió, la miró y se sentó junto a ella. Apoyó dos vasos en el suelo y sirvió el whisky. Fuera, el cielo se oscureció aún más.

Otro trueno, esta vez más fuerte. La tormenta rugía con furia, los vientos formaban torbellinos con el agua.

—Es una señora tormenta —comentó Noah mirando las hileras de gotas que caían verticalmente sobre los vidrios de las ventanas.
Allie y él estaban muy cerca, aunque no se tocaban. Noah vio cómo el pecho de la joven se levantaba ligeramente con cada inspiración y volvió a fantasear con el contacto de su cuerpo, pero luchó contra aquellos pensamientos.
—Me gusta —aseguró ella bebiendo un sorbo de whisky—. Siempre me hangustado las tormentas eléctricas. Incluso cuando era pequeña.
—¿Por qué? —preguntó él por decir algo, por mantener la calma.
—No sé. Siempre me han parecido románticas.
Guardó silencio un momento, y Noah miró el reflejo de las llamas en sus ojos esmeralda. Luego Allie dijo:
—¿Recuerdas que pocas noches antes que me marchara, nos sentamos juntos a mirar una tormenta?
—Claro que lo recuerdo.
—Cuando volví a casa, no podía dejar de pensar en ese día. Me obsesionaba el aspecto que tenías aquella noche. Siempre te recordé así.
—¿He cambiado mucho?
Allie bebió otro sorbo de whisky y sintió el calor del líquido en la garganta. Cuando respondió, le rozó las manos.
—En realidad, no. Al menos en las cosas que yo recuerdo. Has madurado, desde luego, y se nota que has vivido, pero aún conservas el mismo brillo en los ojos. Todavía lees poesía y navegas en el río. Y todavía tienes una dulzura que ni
siquiera la guerra pudo robarte.

Noah pensó en sus palabras y sintió el contacto de su mano en la suya, su pulgar trazando círculos lentamente.
—Allie, antes me preguntaste qué era lo que recordaba mejor de aquel verano. ¿Qué recuerdas tú?
Ella tardó unos minutos en contestar. Cuando lo hizo, su voz pareció llegar desde un lugar muy lejano.
—Recuerdo que hicimos el amor. Es el recuerdo más vivo. Tú fuiste el primero, y fue mucho más hermoso de lo que nunca hubiera llegado a soñar.

Noah bebió un trago de whisky, recordando, reviviendo los viejos
sentimientos, pero de repente sacudió la cabeza. Las cosas ya eran demasiado difíciles tal como estaban. Allie prosiguió:

—Recuerdo que tenía tanto miedo que temblaba, pero al mismo tiempo estaba muy excitada. Me alegro de que fueras el primero. Me alegro de que compartiéramos aquella experiencia.
—Yo también.
—¿Estabas tan asustado como yo? —Noah asintió en silencio, y ella premió su sinceridad con una sonrisa. —Lo suponía. Siempre fuiste tímido, sobre todo al principio. Recuerdo que me preguntaste si tenía novio, y cuando te contesté que sí, prácticamente dejaste de hablarme.
—No quería interponerme entre ustedes.
—Pero al final lo hiciste, a pesar de tu aparente inocencia —señaló Allie con una sonrisa—. Y me alegro.
—¿Le contaste lo nuestro?
—Sí, cuando volví a casa.
—¿Te resultó difícil?
—En absoluto. Yo estaba enamorada de ti.

Le apretó la mano, la soltó, y se acercó más. Enlazó un brazo en el de él y apoyó la cabeza en su hombro. Noah aspiró su aroma, suave como el de la lluvia, cálido. Allie prosiguió:

—¿Recuerdas que después del festival me acompañaste a casa? Te pregunté si querías verme otra vez. Tú asentiste con la cabeza y no dijiste una palabra. No parecías muy entusiasmado.
—Nunca había conocido a nadie como tú. No sabía qué decir. No pude evitarlo.
—Lo sé. No sabías ocultar tus sentimientos. Los ojos te delataban. Tenías los ojos más bonitos que había visto en mi vida. —Hizo una pausa, levantó la cabeza del hombro de Noah y lo miró directamente a los ojos. Cuando continuó, su voz era sólo un susurro: —Creo que aquel verano te quise más de lo que he querido nunca a nadie.

Hubo otro relámpago, y en el silencio que precedió al trueno, sus ojos se encontraron, intentando borrar los catorce años pasados. Los dos eran conscientes del cambio que habían experimentado desde el día anterior. Cuando por fin resonó el trueno, Noah suspiró y apartó la vista, mirando hacia las ventanas.

—Ojalá hubieras leído las cartas que te mandé —dijo.
Allie permaneció callada un rato largo.
—No dependía sólo de ti, Noah. No te lo he dicho, pero yo también te escribí al menos una docena de cartas cuando llegué a casa. Sin embargo, nunca las envié.
—¿Por qué? —preguntó Noah, sorprendido.
—Supongo que tenía miedo.
—¿De qué?
—De que nuestro amor no fuera tan auténtico como yo creía. De que me hubieras olvidado.
—Yo nunca hubiera hecho algo así. Es inconcebible.
—Ahora lo sé. Lo veo cuando te miro. Pero entonces era diferente. Había tantas cosas que no entendía, cosas que mi mente de adolescente era incapaz de desentrañar.
—¿A qué te refieres?
Allie hizo una pausa para ordenar sus ideas.
—Cuando vi que no me escribías, no supe qué pensar. Recuerdo que hablé con mi mejor amiga de lo ocurrido durante el verano y ella me dijo que habías conseguido lo que querías y que no le sorprendía que no escribieras. Yo no podía creer que fueras de esa clase de chicos, pero escuchar ese comentario y pensar en nuestras diferencias me hizo temer que tal vez tú significaras mucho más para mí que yo para ti... Luego, cuando esa idea todavía me daba vueltas en la cabeza, recibí noticias de Sarah. Me dijo que te habías marchado de New Bern.
—Fin y Sarah siempre supieron dónde estaba...
Allie lo detuvo, tapándole la boca con la mano.
—Lo sé, pero yo nunca pregunté. Supuse que te habías ido de New Bern para empezar una nueva vida sin mí. ¿Por qué, si no, no me habías escrito ni telefoneado ni visitado? —Noah apartó la vista sin responder y ella prosiguió: —No lo entendía, y con el tiempo el dolor comenzó a aliviarse y pensé que me resultaría más fácil olvidarte. Eso creía entonces, pero después, cada vez que conocía a un chico, no podía evitar compararlo contigo. Entonces, cuando los sentimientos se intensificaban, te escribía otra carta. Pero nunca las envié por temor a lo que podría descubrir. Para entonces, tú ya habrías rehecho tu vida y temía que estuvieras enamorado de otra. Quería recordarnos tal como éramos en aquel verano. No quería renunciar a ese recuerdo.

Pronunció esas palabras con tanta dulzura e inocencia, que Noah hubiera querido besarla en cuanto terminó. Pero no lo hizo. Luchó con su deseo y lo reprimió, consciente de que era lo último que necesitaba Allie. Sin embargo, era tan maravilloso tenerla a su lado, tocándolo...

—La última carta la escribí hace un par de años. Cuando conocí a Lon, escribí a tu padre para preguntarle dónde estabas. Pero había pasado tanto tiempo, que ni siquiera sabía si él seguiría en el mismo sitio. Y teniendo en cuenta que había habido una guerra...

Se interrumpió y permanecieron un momento callados, absortos en sus pensamientos. Otro relámpago iluminó el cielo, y finalmente Noah rompió el silencio.

—Ojalá la hubieras enviado.
—¿Por qué?
—Porque me habría gustado saber de ti. Enterarme de qué había sido de tu vida.
—Te habría decepcionado. Mi vida no es muy emocionante. Además, ya no soy como me recordabas.
—Eres mejor de como te recordaba, Allie.
—Y tú eres un encanto, Noah.

Él estuvo a punto de dejar las cosas así, sabiendo que si se reservaba sus pensamientos, le resultaría más fácil mantener el control, el mismo control que había mantenido en los últimos catorce años. Pero otra emoción se había apoderado de él en los últimos minutos, y se rindió a ella con la esperanza de que, de algun manera, les permitiera recuperar lo vivido tanto tiempo atrás.

—No lo digo porque sea un encanto. Lo digo porque siempre te he querido y te sigo queriendo. Mucho más de lo que imaginas.

Un leño se partió, despidiendo chispas en la chimenea, y ambos advirtieron que las brasas se habían consumido casi por completo. El fuego necesitaba más leña, pero ninguno de los dos se movió.

Allie bebió otro sorbo de whisky y empezó a notar sus efectos. Pero no fue sólo el alcohol lo que la hizo estrecharse más contra el cuerpo de Noah y buscar su calor. Miró por la ventana y vio que las nubes estaban prácticamente negras.

—Deja que avive el fuego —dijo Noah, consciente de que necesitaba apartarse para pensar, y Allie lo soltó. Se acercó a la chimenea, retiró la pantalla protectora y añadió un par de leños. Acomodó la madera con el atizador, asegurándose de que los nuevos leños se encendieran con facilidad.

Las llamas comenzaron a extenderse otra vez, y Noah regresó junto a Allie. Ella volvió a acurrucarse junto a él, apoyó nuevamente la cabeza sobre su hombro y le acarició el pecho en silencio. Noah se acercó más y le habló al oído.

—Esto me recuerda un tiempo lejano. Cuando éramos adolescentes.
Allie sonrió, pensando en lo mismo, y miraron el humo y el fuego, abrazados.
—Noah, aunque no me lo has preguntado, quiero que sepas una cosa.
—¿Qué?
—Nunca hubo otro hombre —respondió con voz tierna—. No sólo fuiste el primero, sino el único. Nunca me he acostado con otro. No espero que me digas nada semejante, pero quería que lo supieras.

Noah apartó la vista en silencio. Allie siguió mirando el fuego, sintiendo que su pasión crecía. Acarició los músculos duros y firmes del pecho de Noah por debajo de la camisa.

Recordó que una vez se habían abrazado de aquel modo, pensando que sería la última vez. Estaban sentados sobre un dique construido para contener las aguas del río Neuse. Ella lloraba porque cabía la posibilidad de que no volvieran a verse y se preguntaba si alguna vez volvería a ser feliz. En lugar de responder, él le había entregado una nota, que Allie leyó camino a casa. La había guardado, y de vez en cuando la releía, entera o por partes. Había leído un par de párrafos centenares de veces, y por alguna razón, ahora volvieron a su mente. Decía:

Nos duele tanto separarnos porque nuestras almas están unidas. Es probable que siempre lo hayan estado y que siempre lo estén. Quizá hayamos vivido mil vidas antes que esta y nos hayamos encontrado en cada una de ellas. Y hasta es posible que en cada ocasión nos hayamos separado por los mismos motivos. Eso significa que este adiós es a un tiempo un adiós de diez mil años y un preludio de lo que vendrá.
Cuando te miro, contemplo tu belleza y tu gracia y sé que han crecido con cada vida que has vivido. También sé que te he estado buscando durante todas mis vidas anteriores. No buscaba a alguien como tú, sino a ti, pues tu alma y la mía están destinadas a estar juntas. Y sin embargo, por razones que escapan a nuestro entendimiento, nos han obligado a despedirnos.
Me gustaría decirte que todo se arreglará entre nosotros, y te prometo hacer lo que esté en mis manos para que así sea. Pero si no volvemos a vernos y esta es una verdadera despedida, sé que nos reencontraremos en otra vida. Volveremos a encontrarnos, y aunque las estrellas hayan cambiado, no nos amaremos sólo por esa vez, sino por todas las veces anteriores.

¿Era posible? ¿Tendría razón? Allie nunca lo había descartado por completo, y se aferraba a su promesa por las dudas. Esa predicción la había ayudado a superar muchos momentos difíciles. Pero su presencia allí parecía poner en entredicho la teoría de que estaban predestinados a vivir separados. A menos que los astros hubieran cambiado desde su último encuentro.

Quizá lo hubieran hecho, pero Allie no quiso mirar. En cambio, se arrimó más a Noah y sintió su calor, el contacto de su piel, de su brazo rodeándole los hombros. Y su cuerpo comenzó a temblar de expectación, como el primer día que habían estado juntos.

¡Se sentía tan a gusto! Todo le parecía bien: el fuego, las copas, la tormenta... no había una situación más perfecta. Como por arte de magia, los años de separación perdieron importancia. Fuera, un relámpago surcó el cielo. Las llamas danzaban sobre los leños al rojo blanco. La lluvia de octubre caía torrencialmente sobre las ventanas, sofocando cualquier otro sonido.

Por fin se rindieron a los sentimientos que habían reprimido durante los últimos catorce años. Allie levantó la cabeza del hombro de Noah, lo miró con ojos brumosos, y él le besó los labios con ternura. Ella alzó la mano y le acarició la mejilla con los dedos. Noah se inclinó despacio y volvió a besarla, siempre con suavidad y dulzura, pero ella devolvió el beso, sintiendo que los años de separación se desvanecían para trocarse en pasión.

Allie cerró los ojos y entreabrió los labios, mientras él acariciaba sus brazos de arriba abajo, despacio, suavemente. Le besó el cuello, la mejilla, los párpados, y ella sintió la humedad de su boca en cada sitio que tocaban los labios. Le tomó la mano y la guió a sus pechos, y cuando él los acarició por encima de la fina tela de la camisa, dejó escapar un gemido.

Se separó de él con la sensación de estar soñando y la cara encendida por el calor del fuego. Comenzó a desabrocharle la camisa en silencio. Noah la miró y oyó su respiración entrecortada mientras sus dedos descendían por la camisa. Con cada nuevo botón, él sentía el roce de sus dedos sobre su piel. Cuando por fin terminó, Allie le sonrió con ternura. Luego deslizó las manos por debajo de la tela, tocándolo con toda la suavidad posible, explorando su cuerpo. Noah se excitó al sentir sus dedos sobre el pecho ligeramente húmedo, enredándose en el vello. Allie se inclinó y le besó el cuello con ternura mientras le pasaba la camisa por encima de los hombros y le rodeaba el torso con los brazos. Levantó la cabeza y dejó que él la besara mientras rotaba los hombros y se liberaba de las mangas.

Entonces él extendió los brazos, le levantó la camisa, y acarició lentamente su vientre con un dedo antes de quitarle la prenda. Bajó la cabeza para besarla entre los pechos y luego ascendió despacio con la lengua hasta el cuello, dejándola sin respiración. Sus manos le acariciaron suavemente la espalda, los brazos, los hombros, hasta que sus cuerpos ardientes se unieron, piel con piel. Noah le besó el cuello y lo mordisqueó suavemente mientras ella levantaba las caderas para permitirle que le quitara los pantalones. Allie buscó a tientas el cierre de los vaqueros de Noah, lo descorrió, y miró a Noah mientras se los quitaba. Por fin sus cuerpos desn**os se unieron como en cámara lenta, y los dos se estremecieron con el recuerdo de una experiencia compartida tanto tiempo atrás.

Noah le lamió el cuello mientras sus manos acariciaban la piel tersa y caliente de sus pechos, descendían hasta el vientre y la entrepierna y volvían a subir. Estaba fascinado por su belleza. Su cabello sedoso reflejaba la luz y la hacía brillar. Su piel tersa y hermosa resplandecía a la luz del fuego. Sentía las manos de Allie en su espalda, atrayéndolo hacia ella.

Se tendieron junto a la chimenea; el aire estaba denso por el calor del fuego. La espalda de Allie estaba ligeramente arqueada cuando él rodó encima de ella con un movimiento suave y fluido. Él quedó a gatas encima de ella, con las rodillas abiertas sobre sus caderas. Allie levantó la cabeza para besarle el cuello y la barbilla, y con la respiración entrecortada, le lamió los hombros, saboreando el sudor de su cuerpo. Le pasó las manos por el pelo mientras él se encaramaba sobre ella, con los brazos de los músculos contraídos por el esfuerzo. Allie hizo un pequeño gesto de invitación y tiró de él, pero Noah se resistió. En cambio, descendió y rozó su pecho ligeramente contra el de ella, y Allie sintió que su cuerpo se estremecía de expectación.

Noah repitió el movimiento una y otra vez, despacio, besando cada parte de su cuerpo, escuchando los pequeños gemidos de Allie mientras se movía encima de ella.

Siguió así hasta que ella no pudo resistir más, y cuando por fin se unieron en un solo ser, Allie gritó y hundió los dedos en su espalda. Escondió la cara en su cuello, sintiéndolo en su interior, gozando de su fuerza y su ternura, sus músculos y su alma. Se movió rítmicamente contra su cuerpo, dejando que la llevara donde quisiera, al lugar donde debía estar.

Abrió los ojos y lo miró a la luz del fuego, maravillándose de su belleza mientras se movía encima de ella. El cuerpo de Noah brillaba, perlado de sudor, y las gotas cristalinas caían sobre su cuerpo como la lluvia. Todas sus responsabilidades, todas las facetas de su vida, su propia conciencia, escapaban con cada gota, con cada exhalación.

Sus cuerpos reflejaban todo lo que daban y tomaban, y Allie se sintió recompensada por una sensación cuya existencia desconocía. La sensación continuó y continuó, hormigueando en cada poro de su cuerpo, haciendo hervir su piel, hasta que se desvaneció. Entonces se estremeció debajo de Noah, conteniendo el aliento. Pero en cuanto la primera sensación se diluyó, otra comenzó a apoderarse de ella, y empezó a experimentarlas una tras otra, en largas secuencias. Cuando la lluvia amainó y el Sol se puso en el horizonte, su cuerpo, aunque rendido, se resistía a abandonar el placer.

Pasaron el día uno en brazos del otro; cuando no estaban haciendo el amor junto a la chimenea, contemplaban abrazados las llamas que devoraban los leños. De vez en cuando, Noah le recitaba un poema, y ella lo escuchaba tendida a su lado, con los ojos cerrados, sintiendo cada palabra. Luego, en cuanto recuperaban las fuerzas, sus cuerpos volvían a unirse, y Noah le murmuraba palabras de amor al oído, entre beso y beso.

Continuaron así hasta el anochecer, resarciéndose de los años de separación, y esa noche durmieron abrazados. Noah se despertó varias veces, y al contemplar el cuerpo agotado y radiante de Allie, pensó que su vida se había compuesto súbitamente.

En una de esas ocasiones, poco antes del amanecer, Allie abrió los ojos, sonrió y alzó la mano para acariciarle la cara. Noah le cubrió la boca con una mano, suavemente, para impedirle hablar, y durante un largo instante simplemente se miraron el uno al otro.

Cuando el n**o en su garganta se disipó, Noah susurró:

—Eres la respuesta a todas mis plegarias. Eres una canción, un sueño, un murmullo, y no sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin ti. Te quiero, Allie, te quiero mucho más de lo que imaginas.
—Ay, Noah —respondió ella atrayéndolo hacia sí. Ahora, más que nunca, lo deseaba, lo necesitaba más que a nada en el mundo.
  
  
  
  
  
           ___________________
  
  
  
The Notebook (1996), Nicholas Sparks. Detrás de un gran amor... hay una gran historia. De regreso de la guerra, con treinta y un años de edad, Noah vuelve a su hogar en Carolina del Norte, donde se dedica a restaurar el antiguo esplendor de su plantación. Poco a poco, las imágenes de la chica de quien se había enamorado catorce años atrás invaden su mente con una fuerza poderosa e intensa. Noah no sabe cómo hallarla, y tampoco puede olvidarse del verano maravilloso que vivieron juntos hasta que, inesperadamente, Allie reaparece.
  
Primero fueron catorce años de distancia, las cartas robadas, los impedimentos sociales, la guerra. Más tarde un compromiso inoportuno, la pasion arrebatadora, el amor improbable. Ahora, aunque el abismo que les separa es mucho más profundo, Noah no pierde la esperanza de reencontrarse con la única mujer a la que ha amado. Y cada mañana, tras colocarse las gafas, abre el diario de su vida, y lee, lee todo lo que ha hecho de sus días, un camino pleno de momentos de felicidad.
  
  
  

                          Como agua para chocolate                 XII. Diciembre               Chiles en nogada  INGRED...
17/02/2017

  
             

          Como agua para chocolate
  
  
             XII. Diciembre
  
             Chiles en nogada
  
INGREDIENTES:
  
25 chiles poblanos
8 granadas
100 nueces de Castilla
100 g de queso fresco añejo
1 kilo de carne de res molida
100 g de pasas
¼ kilo de almendras
¼ kilo de nueces
½ kilo de jitomate
2 cebollas medianas
2 acitrones
1 durazno
1 manzana
comino
pimienta blanca
sal
azúcar
  
Manera de hacerse:
  
Las nueces se deben comenzar a pelar con unos días de anticipación, pues el hacerlo representa un trabajo muy laborioso, que implica muchas horas de dedicación. Después de desprenderles la cáscara hay que despojarlas de la piel que cubre la nuez. Se tiene que poner especial esmero en que a ninguna le quede adherido ni un solo pedazo, pues al molerlas y mezclarlas con la crema amargarían la nogada, convirtiéndose en estéril todo el esfuerzo anterior. Tita y Chencha terminaban de pelar las nueces, sentadas alrededor de la mesa del comedor. Estas nueces se utilizarían en la elaboración de los chiles en nogada que se servirían como platillo principal en la boda del día siguiente. Todos los demás miembros de la familia las habían dejado solas desertando de la mesa del comedor con uno u otro pretexto. Sólo estas dos ilustres mujeres continuaban al pie del cañón. La verdad, Tita no los culpaba. Bastante la habían ayudado ya durante toda la semana y ella entendía muy bien que no era fácil pelar mil nueces sin agotarse. La única persona que conoció que podía hacerlo sin mostrar signos de cansancio en ningún momento fue Mamá Elena.

Ella no sólo podía partir costales y costales de nueces en pocos días, sino que gozaba enormemente practicando esta labor.

Prensar, destrozar y despellejar eran algunas de sus actividades favoritas. Las horas se le iban sin darse cuenta cuando se sentaba en el patio con un costal de nueces entre las piernas y no se levantaba hasta que terminaba con él.

Para ella hubiera sido un juego de niños el partir estas mil nueces, que tanto trabajo les habían costado a todos ellos. Esta descomunal cantidad se debía a que como para cada 25 chiles se necesitan pelar 100 nueces, lógicamente a 250 chiles les correspondían 1.000 nueces. Habían invitado a la boda a 80 personas entre parientes y amigos de los más íntimos. Cada uno podría comer, si así lo deseaba, 3 chiles, lo cual era un cálculo muy decente. Se trataba de una boda íntima, pero de cualquier forma Tita quería dar un banquete de 20 platos, como los que ya no se daban, y por supuesta no podían faltar en él los deliciosos chiles en nogada, pues la memorable celebración así lo meritaba, aunque esto representara un trabajo tan intenso. A Tita no le importaba tener los dedos negros después de haber desollado tanta nuez. Esta boda bien valía el sacrificio, pues tenla un significado muy especial para ella. También para John. Él estaba tan feliz que había sido uno de sus más entusiastas colaboradores en la preparación del banquete. Justamente, él fue uno de los últimos en retirarse a descansar. Se merecía un buen descanso.

                (...)

Ya que se tienen todas las nueces peladas, se muelen en el metate junto con el queso y la crema. Por último, se les pone sal y pimienta blanca al gusto. Con esta nogada se cubren los chiles rellenos y se decoran después con la granada.
  
RELLENO DE LOS CHILES:
  
La cebolla se pone a freír en un poco de aceite. Cuando está acitronada se le agregan la carne molida, el comino y un poco de azúcar. Ya que doró la carne, se le incorporan los duraznos, manzanas, nueces, pasas, almendras y el jitomate picado hasta que sazone. Cuando ya sazonó, se le pone sal a gusto y se deja secar antes de retirarla del fuego.

Por separado, los chiles se ponen a asar y se pelan. Después se abren por un lado y se les retiran las semillas y las venas.

Tita y Chencha terminaron de adornar las 25 charolas con chiles y las pusieron en un lugar fresco. A la mañana siguiente, los meseros las tomaron de ese mismo lugar en perfecto estado y se las llevaron al banquete.

Los meseros iban de un lado a otro atendiendo a los animados invitados. La llegada de Gertrudis a la fiesta llamó la atención de todos. Llegó en un coupé Ford «T», de los primeros que sacaron con velocidades. Al bajarse del auto por poco se le cae el gran sombrero de ala ancha con plumas de avestruz que portaba. Su vestido con hombreras era de lo más moderno y llamativo. Juan no se quedaba atrás. Lucía un elegante traje ajustado, sombrero de carrete y polainas. El hijo mayor de ambos se había convertido en un mulato escultural. Las facciones de su rostro eran muy finas y el color obscuro de su piel contrastaba con el azul agua de sus ojos. El color de la piel era la herencia de su abuelo, y los ojos azules la de Mamá Elena. Tenía los ojos idénticos a la abuela. Tras ellos venía el sargento Treviño, quien desde que terminó la revolución había sido contratado como guardaespaldas personal de Gertrudis.

En la entrada del rancho Nicolás y Rosalío, en traje charro de gala, recogían las invitaciones a las personas que aún seguían llegando. Se trataba de unas invitaciones bellísimas. Alex y Esperanza las hablan elaborado personalmente. El papel de las invitaciones, la tinta negra con que las escribieron, la tinta dorada para las orillas de los sobres, y el lacre con el que los sellaron, eran su obra y su orgullo. Todo había sido preparado según la costumbre y utilizando las recetas de la familia De la Garza. Bueno, la tinta negra no había sido necesario elaborarla, pues habla quedado bastante de la que prepararon para la boda de Pedro con Rosaura. Era una tinta seca a la que solamente le añadieron un poco de agua y quedó como recién hecha. Ésta se obtiene mezclando ocho onzas de goma arábiga, cinco onzas y media de agallas, cuatro onzas de sulfato de hierro, dos onzas y-media de palo de campeche y media de sulfato de cobre. Para la tinta dorada que se pone en la orilla de los sobres, se toma una onza de orpimiente y otra de piedra de cristal finamente molido. Se ponen estos polvos en cinco o seis claras de huevo bien batidas hasta que queden como agua. Y por su parte el lacre se prepara derritiendo una libra de goma laca, media de menjuí, media de calafonia y una de bermellón.

Cuando ya está líquido se vacía sobre una mesa untada con aceite de almendras dulces y antes de que se enfríe se forman los palitos o barras.

Esperanza y Alex se pasaron muchas tardes siguiendo al pie de la letra estas recetas para poder hacer unas invitaciones únicas y lo habían logrado. Cada una era una obra de arte. Era el producto de un trabajo artesanal que desgraciadamente estaba pasando de moda, junto con los vestidos largos, las cartas de amor y los valses. Pero para Tita y Pedro nunca pasaría de moda el vals Ojos de juventud, que en este momento tocaba la orquesta a petición expresa de Pedro. Juntos se deslizaban por la pista derrochando donaire. Tita lucía esplendorosa. Los 22 años que habían transcurrido desde la boda de Pedro con Rosaura parecían no haberla rozado siquiera. A sus 39 años aún seguía fresca y rozagante como un pepino recién cortado.

Los ojos de John los seguían mientras bailaban y denotaban ternura con un destello de resignación. Pedro rozaba tiernamente su mejilla con la de Tita, y ella sentía que la mano de Pedro en su cintura la quemaba como nunca.

— ¿Te acuerdas de cuando escuchamos por primera vez esa pieza?
— Nunca lo olvidaré.
— Esa noche no dormí pensando en pedir tu mano de inmediato. No sabía que tendría que dejar pasar 22 años para volverte a preguntar si quieres ser mi esposa.
— ¿Lo dices en serio?
— ¡Claro! No quiero morirme sin lograr que lo seas. Siempre he soñado con entrar contigo a una iglesia llena de flores blancas y tú en medio de todas, como la más bella.
— ¿Vestida de blanco?
— ¡Por supuesto! Nada te lo impide. ¿Y sabes qué? Ya que estemos casados, quiero tener un hijo contigo. Aún estamos a tiempo, ¿no crees? Ahora que Esperanza nos deja, vamos a
necesitar compañía.

Tita no pudo responderle a Pedro. Un n**o en la garganta se lo impidió. Unas lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas. Sus primeras lágrimas de felicidad.

— Y quiero que sepas que no me vas a convencer de no hacerlo. No me importa lo que piensen ni mi hija ni nadie más. Hemos pasado muchos años cuidándonos del qué dirán, pero desde esta noche nadie me va a poder separar de tu lado.

La verdad, a estas alturas a Tita también le importaba un comino lo que la gente pensara al hacer pública la relación amorosa que existía entre Pedro y ella. Por veinte años había respetado el pacto que ambos habían establecido con Rosaura y ya estaba cansada. El acuerdo consistía en que tomando en consideración que para Rosaura era vital el seguir aparentando que su matrimonio funcionaba de maravilla y que para ella era importantísimo el que su hija creciera dentro de la sagrada institución de la familia, la única, según ella, que le daría una fuerte formación moral, Pedro y Tita se habían comprometido a ser de lo más discretos en sus encuentros y a mantener oculto su amor. Ante los ojos de los demás siempre serian una familia de lo más normal. Para esto, Tita debía renunciar a tener un hijo ilícito. Para compensarla, Rosaura estaba dispuesta a compartir a Esperanza con ella de la siguiente manera: Tita se encargaría de la alimentación de la niña y Rosaura de su educación.

Rosaura por su parte quedaba obligada a convivir con ellos de una manera amistosa, evitando celos y reclamos.

En general todos habían respetado el convenio, menos en lo referente a la educación de Esperanza. Tita deseaba para Esperanza una educación muy diferente de la que Rosaura planeaba para ella. Así que aunque no le correspondía, aprovechaba los momentos en que Esperanza estaba a su lado para proporcionarle a la niña otro tipo de conocimientos de los
que su madre le daba.

Estos momentos formaban la mayor parte del día, pues la cocina era el lugar preferido de Esperanza y Tita su mejor confidente y amiga.

Precisamente fue una tarde de las que pasaban juntas en la cocina cuando Tita se enteró de que Alex, el hijo de John Brown, pretendía a Esperanza. Tira fue la primera en saberlo. Habían vuelto a verse, después de muchos años, en una fiesta de la preparatoria donde Esperanza estudiaba. Alex ya estaba terminando su carrera de médico. Desde el primer momento se habían atraído el uno hacia el otro. Cuando Esperanza le dijo a Tita que al recibir la mirada de Alex sobre su cuerpo ella se había sentido como la masa de un buñuelo entrando al aceite hirviendo, Tita supo que Alex y Esperanza se unirían irremediablemente.

Rosaura intentó por todos los medios de evitarlo. Desde un principio se opuso franca y terminantemente. Pedro y Tita intercedieron por Esperanza y de esta manera se inició entre ellos una verdadera guerra a muerte. Rosaura exigía a gritos sus derechos: Pedro y Tita estaban rompiendo el pacto y eso no era justo.

No era la primera vez que tenían discusiones a causa de Esperanza. Las primeras fueron porque Rosaura se empeñaba en que su hija no asistiera a la escuela, pues lo consideraba una pérdida de tiempo. Si la misión de Esperanza en esta vida era únicamente la de cuidarla a ella, su madre, por siempre, no necesitaba para nada de elevados conocimientos, era preferible que estudiara piano, canto y baile. El dominar estas actividades le sería de enorme utilidad en la vida. En primera, porque así Esperanza podría proporcionarle a Rosaura maravillosas tardes de entretenimiento y diversión y, en segunda, porque su participación dentro de las fiestas de sociedad sería de lo más relevante y espectacular. De esta forma capturaría las atenciones de todos y sería siempre muy bien aceptada dentro de la clase alta. Haciendo una gran labor, lograron convencer a Rosaura tras largas pláticas de que era importante que Esperanza, aparte de cantar, bailar y tocar el piano virtuosamente, pudiera hablar de cosas interesantes cuando se acercaran a ella y para esto era vital que asistiera a la escuela. Rosaura, a regañadientes, aceptó mandar a la niña al colegio, pero sólo porque se había convencido de que Esperanza, aparte de poder conversar de una manera amena e interesante, en la primaria se codearía con la crema y nata de Piedras Negras. Entonces Esperanza asistió a la mejor escuela, con el objeto de pulir su intelecto. Tita, por su parte, se encargó de enseñarle algo igual de valioso: los secretos de la vida y del amor a través de la cocina.

La victoria obtenida sobre Rosaura fue suficiente como para no volver a tener otra fuerte discusión hasta ahora, en que se había presentado Alex y con él la posibilidad de un noviazgo. Rosaura enfureció al ver que Pedro y Tita apoyaban incondicionalmente a Esperanza. Por todos los medios a su alcance luchó como una leona para defender lo que por tradición le correspondía: una hija que velara por ella hasta la muerte. Gritó, pateó, vociferó, escupió, vomitó y amenazó desesperadamente. Por primera vez rompió el pacto y lanzó maldiciones en contra de Pedro y Tita aparte de echarles en cara todos los sufrimientos que le habían ocasionado.

La casa se convirtió en un campo de batalla. Los portazos estaban a la orden del día. Afortunadamente, estos pleitos no se prolongaron por mucho tiempo, pues a los tres días de la más violenta y desgarradora lucha entre los dos bandos, Rosaura, a causa de grandes problemas digestivos, había mu**to de... la manera en que murió.

El haber logrado la boda entre Alex y Esperanza era el mayor triunfo de Tita. Qué orgullosa se sentía de ver a Esperanza tan segura de sí misma, tan inteligente, tan preparada, tan feliz, tan capaz, pero al mismo tiempo, tan femenina y tan mujer en el más amplio sentido de la palabra. Se veía bellísima con su vestido de novia, bailando con Alex el vals Ojos de juventud. En cuanto la música terminó, los Lobo, Paquita y Jorge, se acercaron a felicitar a Pedro y a Tita.

— Felicidades Pedro, tu hija no pudo haber encontrado mejor partido que Alex en diez millas a la redonda.
— Sí, Alex Brown es un excelente muchacho. Lo único malo es que nos van a abandonar. Alex sé ganó una beca para hacer su doctorado en la Universidad de Harvard y, hoy mismo, después de la boda, salen para allá.
— ¡Qué barbaridad Tita! ¿Y ahora qué vas a hacer? —comentó con mucho veneno Paquita—.Sin Esperanza en la casa ya no vas a poder vivir cerca de Pedro. Ay, antes de que te vayas a vivir a otro lado, dame la receta de los chiles en nogada. ¡Se ven exquisitos!

Los chiles en nogada no sólo se veían muy bien, sino que realmente estaban deliciosos, nunca le habían quedado a Tita tan exquisitos. Los chiles lucían con orgullo los colores de la bandera; el verde de los chiles, el blanco de la nogada y el rojo de la granada.

Estos platones tricolores duraron muy poco tiempo: en un abrir y cerrar de ojos los chiles desaparecieron de las charolas... Qué lejano estaba el día en que Tita se había sentido como un chile en nogada que se deja por decencia, para no demostrar la gula.

Tita se preguntaba si el hecho de que no quedara ningún chile era signo de que estaban olvidando las buenas costumbres o de que en verdad estaban espléndidos.

Los comensales se veían encantados. Qué diferencia entre ésta y la desafortunada boda de Pedro con Rosaura, cuando todos los invitados terminaron intoxicados. Ahora por el contrario al probar los chiles en nogada, en lugar de sentir una gran nostalgia y frustración, todos experimentaban una sensación parecida a la de Gertrudis cuando comió las codornices en pétalos de rosas. Y para variar Gertrudis fue la primera en sentir nuevamente los síntomas. Se encontraba en medio del patio bailando con Juan "Mi querido capitán" y cantaba el estribillo mientras danzaba como nunca. Cada vez que pronunciaba «ay, ay, ay, ay, mi querido capitán», recordaba la época lejana cuando Juan aún era capitán y se encontró con él en pleno campo completamente desnuda. De inmediato reconoció el calor en las piernas, el cosquilleo en el centro de su cuerpo, los pensamientos pecaminosos, y decidió retirarse con su esposo antes de que las cosas llegaran a mayores. Gertrudis fue la que inició la desbandada. Todos los demás invitados, con uno u otro pretexto y con miradas libidinosas, también pidieron disculpas y se retiraron. Los novios interiormente lo agradecieron pues entonces ellos quedaron en libertad de tomar sus maletas e irse lo más pronto posible. Les urgía llegar al hotel.

Cuando Tita y Pedro se dieron cuenta, sólo quedaban en el rancho John, Chencha y ellos dos. Todos los demás, incluyendo los trabajadores del rancho, ya se encontraban en el lugar más alejado al que pudieron llegar, haciendo desenfrenadamente el amor. Algunos bajo el puente de Piedras Negras e Eagle Pass. Los más conservadores dentro de su auto mal estacionado sobre la carretera. Y los más, donde pudieron. Cualquier sitio era bueno: en el río, en las escaleras, en la tina, en la chimenea, en el horno de una estufa, en el mostrador de la farmacia, en el ropero, en las copas de los árboles. La necesidad es la madre de todos los inventos y todas las posturas. Ese día hubo más creatividad que nunca en la historia de la humanidad.

Por su parte, Tita y Pedro hacían poderosos esfuerzos por no dar rienda suelta a sus impulsos sexuales, pero éstos eran tan fuertes que transponían la barrera de su piel y salían al exterior en forma de un calor y un olor singular. John lo notó y viendo que estaba haciendo mal tercio, se despidió y se fue. A Tita le dio pena verlo irse solo. John debió haberse casado con alguien cuando ella se negó a ser su esposa, pero nunca lo hizo.

En cuanto John partió, Chencha pidió permiso para ir a su pueblo: hacía unos días que su esposo se había ido a levantar adobe y de pronto le había dado unos deseos inmensos de verlo.

Si Pedro y Tita hubieran planeado quedarse solos de luna de miel no lo hubieran logrado con menos esfuerzo. Por primera vez en la vida podían amarse libremente. Por muchos años fue necesario tomar una serie de precauciones para que no los vieran, para que nadie sospechara, para que Tita no se embarazara, para no gritar de placer cuando estaban uno dentro del otro. Desde ahora todo eso pertenecía al pasado.

Sin necesidad de palabras se tomaron de las manos y se dirigieron al cuarto obscuro. Antes de entrar, Pedro la tomó en sus brazos, abrió lentamente la puerta y ante su vista quedó el cuarto obscuro completamente transformado. Todos los triques hablan desaparecido. Sólo estaba la cama de latón tendida regiamente en medio del cuarto. Tanto las sábanas de seda como la colcha eran de color blanco, al igual que la alfombra de flores que cubría el piso y los 250 cirios que iluminaban el ahora mal llamado cuarto obscuro. Tita se emocionó pensando en el trabajo que Pedro habría pasado para adornarlo de esta manera, y Pedro lo mismo, pensando cómo se las había ingeniado Tita para hacerlo a escondidas.

Estaban tan henchidos de placer que no notaron que en un rincón del cuarto Nacha encendía el último cirio y, haciendo mutis, se evaporaba.

Pedro depositó a Tita sobre la cama y lentamente le fue quitando una a una todas las prendas de ropa que la cubrían. Después de acariciarse y mirarse con infinita ternura, dieron salida a la pasión por tantos años contenida.

El golpeteo de la cabecera de latón contra la pared y los sonidos guturales que ambos dejaban escapar se confundieron con el ruido del millar de palomas volando sobre ellos, en desbandada. El sexto, sentido que los animales tienen indicó a las palomas que era preciso huir rápidamente del rancho. Lo mismo hicieron todos los demás animales, las vacas, los cerdos, las gallinas, las codornices, los borregos y los caballos.

Tita no podía darse cuenta de nada. Sentía que estaba llegando al clímax de una manera tan intensa que sus ojos cerrados se iluminaron y ante ella apareció un brillante túnel.

Recordó en ese instante las palabras que algún día John le había dicho: «Si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos los cerillos que llevamos en nuestro interior de un solo golpe, se produce un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente, y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso y que muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino. El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene, dejando al cuerpo inerte» Tita contuvo su emoción.

Ella no quería morir. Quería experimentar esta misma explosión de emociones muchas veces más. Éste sólo era el inicio.

Trató de normalizar su agitada respiración y hasta entonces percibió el sonido del aleteo del último grupo de palomas en su partida. Aparte de este sonido, sólo escuchaba el de los corazones de ambos. Los latidos eran poderosos. Inclusive podía sentir el corazón de Pedro chocar sobre la piel de su pecho. De pronto este golpeteo se detuvo abruptamente. Un silencio mortal se difundió por el cuarto. Le tomó muy poco tiempo darse cuenta, de que Pedro había mu**to.

Con Pedro moría la posibilidad de volver a encender su fuego interior, con él se iban todos los cerillos. Sabía que el calor natural que ahora sentía se iba a ir extinguiendo poco a poco, devorando su propia sustancia tan pronto como le faltara el alimento para mantenerlo.

Seguramente Pedro había mu**to en el momento del éxtasis al penetrar en el túnel luminoso. Se arrepintió de no haberlo hecho ella también. Ahora le sería imposible ver nuevamente esa luz, pues ya no era capaz de sentir nada. Quedaría vagando errante por las tinieblas toda la eternidad, sola, muy sola. Tenía que encontrar una manera, aunque fuera artificial, de provocar un fuego tal que pudiera alumbrar ese camino de regreso a su origen y a Pedro. Pero primero era preciso calmar el frío congelante que la empezaba a paralizar. Se levantó, fue corriendo por la enorme colcha que había tejido noche tras noche de soledad e insomnio y se la echó encima. Con ella cubrió las tres hectáreas que comprendía el rancho en su totalidad. Sacó del cajón de su buró la caja de cerillos que John le había regalado. Necesitaba mucho fósforo en el cuerpo. Se empezó a comer uno a uno los cerillos que contenía la caja. Al masticar cada fósforo cerraba los ojos fuertemente e intentaba reproducir los recuerdos más emocionantes entre Pedro y ella. La primera mirada que recibió de él, el primer roce de sus manos, el primer ramo de rosas, el primer beso, la primera caricia, la primera relación íntima. Y logró lo que se proponía. Cuando el fósforo que masticaba hacía contacto con la luminosa imagen que evocaba, el cerillo se encendía. Poco a poco su visión se fue aclarando hasta que ante sus ojos apareció nuevamente el túnel. Ahí, a la entrada, estaba la luminosa figura de Pedro, esperándola. Tita no dudó. Se dejó ir a su encuentro y ambos se fundieron en un largo abrazo y experimentando nuevamente un clímax amoroso partieron juntos hacia el edén perdido. Ya nunca más se separarían.
  
  
  
  
  
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Como agua para chocolate (1989), Laura Esquivel. La historia está ambientada en Piedras Negras, Coahuila, México. Situada en la época de la Revolución mexicana. Tita es la menor de tres hermanas. En su familia existe la costumbre de que la hija menor no debe casarse; sino que debe hacerse cargo de sus padres en la vejez. La conjugación comienza a complicarse cuando Tita se enamora de Pedro Muzquiz, lo cual es inaceptable para las costumbres de la familia de Tita, integrada por su madre "Mamá Elena" y sus dos hermanas: Rosaura y Gertrudis. De esta forma se le prohíbe a Tita relacionarse con cualquier hombre, incluyendo Pedro, su novio de la niñez. Pedro, no obstante , pide en matrimonio a Tita, acción que importuna a Mamá Elena; finalmente ésta encuentra una "solución": ofrece en matrimonio a Rosaura, hermana mayor de Tita, para casarse con él y hacerle olvidar, según Mamá Elena, su obsesión por Tita. Pedro acepta escondiendo un ardid: casarse con Rosaura para mantenerse cerca de Tita. Todo el relato utiliza la gastronomía mexicana como nexo y metáfora de los sentimientos de los personajes; así las cebollas serán el motivo de lágrimas, las codornices negras de fe, los pétalos de rosa despertarán pasiones incontrolables. Cada capítulo se inicia con una receta, la primera presentada por la sobrina-nieta de Tita, quién es la que relata la historia. Esta obra se destaca entre una de las obras principales pertenecientes al movimiento literario "realismo mágico", realizando una fusión de lo mágico y mundano/ realidad. A lo largo de la obra, se puede apreciar también la gran variedad de temáticas que la componen y, además, la relación que éstas tienen con la obra en sí: intentan demostrar el contexto histórico de un momento determinado, incluyendo sus costumbres, tradiciones, etc.
  
“‘Como agua para chocolate’ es un popular dicho mexicano que significa estar molesto o muy furioso. El mismo compara el estado en el cual tiene que estar el agua -hirviendo- para preparar chocolate. Este dicho es el que da el título a la primera novela de Laura Esquivel, quien utiliza el realismo mágico para presentarnos la historia de Tita, una personaje que tiene razones de sobra para literalmente estar como agua para chocolate.”
  
  
  

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