01/10/2026
Una desesperada mujer escribió al célebre obispo Fulton Sheen suplicándole que visitara a su hermano William, enfermo terminal de cáncer. El hombre había desarrollado un odio profundo hacia Dios y ya había corrido a diez sacerdotes de su habitación. Lejos de rendirse, el prelado aceptó el desafío de acompañarlo.
Fulton Sheen acudió la primera noche, le dijo simplemente un breve saludo y cerró la puerta. Repitió este gesto durante 40 noches consecutivas, asistiendo en silencio sin mencionar una sola palabra sobre religión ni intentar convencerlo por la fuerza.
En la última noche, ante la inminencia de la muerte del enfermo, el obispo le preguntó con franqueza si deseaba reconciliarse con Dios, a lo que William respondió con un rotundo rechazo. Ante la negativa, Sheen se arrodilló junto a la cama e hizo una promesa solemne al Señor: si el enfermo mostraba el menor signo de arrepentimiento, él construiría una iglesia entera con sus propios recursos.
Antes de marcharse, el obispo se inclinó suavemente hacia él y le susurró una última súplica al oído: que dijera simplemente la oración «Mi Jesús, misericordia» antes de dar su último aliento. Aunque el hombre volvió a negarse en ese instante, la gracia divina estaba operando en lo profundo de su alma.
A las cuatro de la mañana, llegó la llamada confirmando la muerte de William. La enfermera relató que, apenas diez minutos después de que el obispo partió, el hombre comenzó a repetir sin cesar: «Mi Jesús, misericordia», manteniendo esa oración continua hasta su último aliento.
Esta conmovedora historia nos recuerda que la paciencia, la oración humilde y la perseverancia pastoral pueden romper las cadenas del orgullo más endurecido. La misericordia de Dios es un océano infinito que aguarda con amor hasta el último segundo para salvar a un alma.