10/01/2021
Talla cero: cuando la ausencia es la meta.
En el año 2000 yo quise ser talla cero. También en el año 2003, en el 2006, en el 2008, en el 2010… La meta por encontrar el número que representa el vacío en las etiquetas de mis pantalones, me acompañó durante años. Y no siempre entendí lo que eso, en el fondo, significaba.
Entendía que quería que los pantalones a la cadera se me vieran como a Britney Spears o Cristina Aguilera. Entendía que, cuando fuera a la playa y vistiera bikini, quería que si alguien congelaba el momento con una fotografía, en esta se mostrara más una Kate Moss que la Tani que era o que soy.
Entendía –sin entender el porqué– que aquello era lo deseable y que si una tenía la osadía, el descaro de verse diferente a aquella imagen, una quedaría al margen.
La marginación, quedar bajo la etiqueta de lo no deseable, era un castigo por no esforzarte, por no disciplinarte. “Usted puede tener el cuerpo que siempre ha deseado, solo basta con que quiera”, rezan un sinnúmero de anuncios que, bajo la promesa de terminar en el anaquel de lo deseable, una finalmente podrá disfrutar de estar viva cuando se parezca a aquello. Y parecerse a aquello depende de ti, de una, de lo contrario “no te estás esforzando lo suficiente”.
Y es que se trata de “tener el cuerpo que deseas”. Comúnmente interpretamos que el cuerpo es algo que se tiene, no que se es.
No tengo un cuerpo, soy un cuerpo.
Y ser un cuerpo es mucho más que una identidad basada en la imagen. Es presencia en el mundo, la posibilidad de habitarlo, de relacionarme.
El haber podido enviar al cuerpo al campo de lo extranjero, de lo foráneo, de lo ajeno a mí, nos permite atacarlo con mucha mayor facilidad, pero no solo eso, en una sociedad de mercado, si el cuerpo es algo que se tiene y no que se es, entonces puedo desear tener otro, debería desear tener otro, y debería ser posible tener otro. Pareciera que en el mundo del consumo, lo único que me detiene de tener aquello que quiero es mi falta de esfuerzo, mi mediocridad. No se avistan el sinnúmero de factores circundantes (desde la genética o el contexto económico, social y cultural), una debería poderlo todo, si se esfuerza, y si no estás pudiendo, es que no te estás esforzando lo suficiente. Vaya ceguera.
¿Estar satisfecha con quien se es? ¡Pero por supuesto que no!, estar satisfecha representa quedarse al margen de lo deseable, el castigo por la mediocridad, por la falta de disciplina. “Eso es conformismo”, diría uno de los empresarios más ricos de México, al criticar que existan personas que se conforman con tener una vida tranquila , una chamba que les permita “librar el mes”.
Queda claro que la satisfacción no es buena para el sistema.
Y así, el cuerpo queda sujeto al destino de cualquier otro objeto, está fuera de mí, puede rehacerse y debe rehacerse, hasta que alcance los estándares deseables.
Ser un cuerpo me permite vincularme con el mundo, habitarlo, apropiármelo. Percibirlo a través de los sentidos, incorporarlo, experimentarlo, vivirle y vivirme a mí como un ser en el mundo, construirme con el mundo. Ser un cuerpo me permite vincularme con las y los demás, habitar con otrxs, construirme y construirnos… vivir con, convivir.
Pero, si en lugar de que nuestra identidad se construya a través de cómo habitamos el mundo, cómo lo percibimos y lo incorporamos, se construye solo de cómo se ve mi cuerpo, ¿qué pasa?
¿Qué pasa si desplazamos la experiencia de ser un cuerpo en el mundo para solo construir identidad a partir de la imagen del cuerpo?
¿Qué pasa si, como apunta el filósofo coreano Byung Chul Han, la identidad personal se basa en resultar sexualmente deseable?
Pasa que, dejamos de ser cuerpos en el mundo, para tener cuerpos expuestos en los anaqueles del supermercado de la vida, esperando ser consumidos, “que alguien me desee, ¡por favor!”.
El cuerpo se convierte en algo para ser visto, no un ser que habita el mundo.
Sí, el cuerpo es presencia en el mundo, y de pronto, en mis años de juventud y adultez temprana, yo lo que quería era desaparecer. El cero es la representación de la nada, del vacío. ¿Qué es lo simbólico de la talla cero? Que la meta era la ausencia. Lo deseable era no estar.
Para poder entender el absurdo de la talla cero, el mundo del vestir femenino crea tablas equivalentes, la necedad de mantener tallas con números que representan algo que no es medible en el cuerpo con una cinta métrica. De pronto pareciera que las tallas 0,3,5,7,9 etc. representan conceptos estéticos, y no necesariamente determinan longitudes, volúmenes o extensiones numéricas, ¿y por qué? Porque al igual que las tallas chica, mediana, grande, etc. están sujetas al contexto y a un periodo de tiempo.
Ayer descubrí, por ejemplo, que para una marca de pantalones de mezclilla que se vende por internet, soy talla L (“large”, grande), mientras que para los pantalones de la década de 1980 soy talla chica. La medición en centímetros de la cintura es la misma, pero para cada una de las etiquetas (aparecidas en distinto tiempo) soy otra cosa. Aunque la dimensión del cuerpo sea la misma, la “calificación” del cuerpo está sujeta a las modas, como los objetos. Yo me niego a que nuestra presencia en el mundo quede reducida a tener, no a ser.
No tengo un cuerpo, soy un cuerpo, un cuerpo en el mundo.
Trabajar con prendas de distintas épocas históricas nos permite atestiguar esos cambios, reflexionar en los contextos, pero también nos permite observar que no a todos los cuerpos se les etiqueta igual. Las tallas de vestir en el paradigma masculino, comúnmente utilizan números como 28, 30, 32, 36, etc. ¿Y sabes qué? Esos números no representan conceptos estéticos, ¡son pulgadas! En el mundo del vestir occidental, el cuerpo de los hombres sí tiene una presencia dimensional, un cuerpo masculino es presencia, y aunque también sobre ellos lluevan imágenes sobre el “deber ser/verse”, en nosotras esto ha sido una tormenta constante en la que nos ahogamos todos los días.
Al presentar las prendas vintage que voy encontrando, y mostrar sus medidas en centímetros, me he encontrado con la animadversión que existe hacia la cinta métrica, ¡¿y cómo no?! Si conocer mis dimensiones podría llevarme a la recriminación, al castigo de la marginalidad por no tener la talla deseable, por no acercarme a la imagen deseable. “Soy lo que no debería ser, y ha sido mi culpa”.
Nos avergüenza no tener el cuerpo deseable. Es humillante no tener el cuerpo deseable. Pero si yo soy un cuerpo, lo que en el fondo me avergüenza y me humilla es no ser deseable, no ser un cuerpo al que lxs demás aspiren consumir.
¿Qué tal si dejamos poquito de lado eso? Solo un poco, un ratito. ¿Qué tal si reflexionamos y nos acercamos a la idea de que el cuerpo es presencia en el mundo? Soy un cuerpo y aquí estoy, habitando el mundo, vinculándome con él y con las y los demás. Soy un cuerpo percibiendo y sintiendo, experimentando el mundo. Las personas no se consumen, se relacionan, y definitivamente no pueden relacionarse sin la presencia en el mundo. La talla cero, al menos simbólicamente, anula la presencia, su meta es la ausencia. La ausencia del ser convierte al cuerpo en objeto y los objetos sí pueden ser consumidos.