Conversar sobre historias de libros, canciones o relatos, nos permiten despertar emociones especiales o significativas en nuestra vida; es grato, emotivo, grandioso, ver los cambios de expresión en las personas cuando comparten momentos y vivencias, motivaciones o inspiración después de haber leído un libro. Compartir la lectura va más allá de solo la palabra escrita, leemos los rostros de las per
sonas, leemos actitudes, leemos a nuestras mascotas y plantas del jardín, del huerto, del parque; viajamos y vamos aprendiendo a través de leer los entornos, los ecosistemas, las sociedades, las creaciones y sus creaturas, los Universos. Si viajo a otro país, desconozco su lengua obviamente no podría interpretar los signos de su escritura, pero puedo interpretar y leer a las personas con quien interactúo y convivo, puedo leer e interpretar sus paisajes, su flora, su fauna; la lectura es interpretar, como cuando niños inventábamos historias de acuerdo a las imágenes que veíamos, justo así! Y cuando generamos un encuentro en torno a la lectura, conversamos y nos compartimos nuestras anécdotas, vivencias, experiencias, algo grandioso sucede. Es maravilloso presenciar esos instantes mágicos, ¡un momento santo! El movimiento de sus ojos, los gestos faciales, en esa acción de adentrase en uno mismo para aflorar los recuerdos, las sensaciones. Los momentos se vuelven reales en el aquí y el ahora, aunque estén en la imaginación, la persona lo vive realmente, y lo comparte, se brinda a sí mismo y es ese instante el que despierta y motiva en el otro la expectativa de buscar también sus propias experiencias para vivir su propia revelación a través de la lectura. Escuchar al otro compartir su experiencia nos permite aceptar y abrirnos a la posibilidad de recibir o adquirir inspiración y entusiasmo por realizar pequeños logros personales, pequeños pasos que nos llevan a grandes cosas; esas grandes aventuras que otros viven y que es posible también llegar a vivirlas nosotros mismos, propiciado esto a través de la lectura.