10/08/2026
El que espera en el canal
En Tlaquiltenango, mi abuelo me advirtió de niño: nunca te acerques al canal viejo después de las diez, no porque te vayas a caer, sino porque a veces el agua devuelve lo que se llevó.
Yo no le hice caso. A los 19, trabajaba en el ingenio y regresaba en bicicleta por el bordo del canal a medianoche. Era el camino corto.
Una noche de agosto, el agua iba bajísima, casi seca. Se había ido la luz en todo el pueblo y la luna lo iluminaba todo blanco. A mitad del camino vi a un niño sentado en el fondo del canal. Con los pies en el lodo.
Pensé que se había caído. Bajé la bici y le grité:
"¿Estás bien?"
No contestó. Tenía la cabeza agachada, el pelo pegado a la cara, y la ropa completamente seca. Eso fue lo primero raro. Con ese lodo, debería estar manchado.
Bajé un poco más. Y entonces me di cuenta de que no estaba sentado en el lodo. Estaba sentado sobre el agua. Como si el agua fuera vidrio, aunque no había agua.
Le dije: "Vente, te s**o."
Y por fin levantó la cara.
No tenía ojos. No como cuencas vacías. Tenía la piel lisa, continua, donde deberían estar los ojos. Como si nunca le hubieran crecido.
Y sonrió. Y me dijo con mi voz:
"Ya me sacaste una vez."
Yo no entendí, pero mi cuerpo sí. Me dieron unas ganas horribles de vomitar porque me acordé. Cuando tenía 7 años, mi primo y yo encontramos un muñeco en ese mismo canal. Un muñeco de plástico, sin ojos, todo mordido. Yo lo saqué y lo tiré al bordo porque me dio asco. Mi primo dijo que no lo tocara.
El niño del canal se levantó. No caminó. El lodo no se movía bajo sus pies. Se acercó a mí y me olió el cuello.
"Ahora te toca quedarte a ti," me dijo, otra vez con mi voz, pero de niño.
Corrí. Dejé la bici, corrí por el bordo sin voltear. Sentía que el lodo me chupaba los huaraches aunque yo estaba arriba. Cuando llegué a mi casa, mi madre estaba despierta. Me dijo: "¿Dónde está tu bicicleta? Llegaste todo lleno de lodo."
Me miré las piernas. Estaba seco. Completamente seco. Pero mis pies dejaban huellas de lodo en el piso. Huellas que no eran mías. Eran chiquitas.
No regresé por la bici. A la mañana siguiente fue mi padre. Dijo que la bici estaba a mitad del canal, parada, como si alguien la hubiera acomodado con mucho cuidado. Y debajo, hundidas en el lodo seco, había dos pares de huellas chiquitas. Unas que entraban al canal. Y otras que salían, hacia el pueblo.
Desde entonces, a veces, a las 3 de la mañana, escucho afuera de mi casa el sonido de una bicicleta vieja que no avanza. La cadena girando. Y una vocecita que me habla con mi voz de niño y dice:
"Ya casi llego."