21/01/2026
EL MENSAJE QUE NADIE DEBÍA LEER
Autor: Alberto Jiménez
Capítulo 1: La notificación
A Sofía siempre le molestó el silencio.
No el silencio normal, sino ese que parece observarte. Ese que no suena, pero pesa.
Vivía sola desde hacía seis meses. Un departamento pequeño, funcional, con paredes tan blancas que daban la impresión de no haber visto nunca una sombra. Por eso dormía con el celular encendido. No por costumbre. Por compañía.
Eran las 2:17 a.m. cuando vibró.
No una vibración normal. Fue corta. Precisa. Como si alguien hubiera tocado la puerta desde dentro del teléfono.
Sofía abrió un ojo. Luego el otro. La pantalla estaba encendida.
Mensaje nuevo.
Remitente: Desconocido.
Lo primero que pensó fue en un error de red. Lo segundo, en un bot. Lo tercero… en nada. Porque el mensaje ya estaba ahí, ocupando todo el centro de la pantalla.
“No mires detrás de ti.”
Soltó una risa nasal, de esas que salen cuando algo intenta asustarte y falla.
—Qué creativo… —murmuró.
Miró alrededor sin mover la cabeza: el ventilador apagado, la cortina quieta, la puerta cerrada con seguro. Todo estaba exactamente como debía estar.
Iba a borrar el mensaje cuando llegó otro.
“Te quedan 38 segundos.”
Esta vez no se rió.
Sintió ese microsegundo en el que el cerebro no entiende si algo es real o no, pero el cuerpo ya decidió asustarse. El corazón se aceleró sin pedir permiso.
—Qué estupidez… —dijo, más para convencerse que por otra cosa.
Escribió rápido:
¿Quién eres?
El mensaje no se envió.
No apareció ni siquiera la palomita de “enviado”.
El celular vibró otra vez.
“37… 36…”
Sofía se incorporó en la cama. Ahora sí miró todo. Absolutamente todo. El clóset entreabierto. La silla con ropa. El reflejo de su propia cara en la pantalla negra de la televisión.
—Es una broma —dijo en voz alta—. Tiene que ser una broma.
Nuevo mensaje.
“Siempre haces eso cuando tienes miedo.”
El aire se le atoró en los pulmones.
Nadie sabía eso. Nadie. Ni su ex, ni su mejor amiga, ni su terapeuta. Era un gesto automático: hablar sola para comprobar que seguía siendo ella.
Los dedos le temblaban. El celular estaba tibio. No por la batería. Por el centro. Por la pantalla.
“Pero nunca miras atrás.”
Ahora ya no quería reír.
Ahora quería luz. Encendió la lámpara de buró.
La habitación se iluminó de golpe. Blanca. Limpia. Vacía.
No había nadie.
Nuevo mensaje. El último.
“Ahora sí puedes.”
Sofía levantó la vista lentamente.
No hacia la puerta.
No hacia el clóset.
Hacia el espejo del baño, que reflejaba un ángulo de la habitación que ella no podía ver desde la cama.
Y en ese reflejo…
por primera vez…
no estaba sola.
COMENTA SI QUIERES EL CAPÍTULO 2