11/05/2026
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Y LA PRINCESA HUYÓ--
(Vuelta de España femenina 2026)
Esto que voy a contar suena a cuento, pero ocurrió. Trata de barro, lluvia y pulsaciones a doscientos. Arriba, en ese pedazo de asfalto de temer que llaman Angliru — donde los hombres prudentes se bajan a empujar la bicicleta—, una joven de veintitrés años nacida en Esplugues, que hasta hace bien poco corría en zapatillas por pura inercia vital, se plantó en la cima y se llevó La Vuelta a España Femenina.
El ciclismo, dicen algunos, es un deporte sencillo y antiguo, de los que enseñan más sobre un país que cualquier discurso de la Tv: duele, y si no duele, no sirve.
Lo demás —el equipo, el patrocinador, los planes nutricionales con nombre en inglés— sostienen, es decoración.
Advierten estos entendidos que al final siguen siendo dos piernas, pulmones y la voluntad terca de no bajarse aunque te crujan las rodillas.
Tal vez discípula de esa escuela, Paula Blasi llegó al ciclismo por casualidad cuando una lesión por correr a pie, que era lo que hacía, la dejó herida, harta y de mal talante.
Se subió a una bicicleta casi por despecho, en febrero de 2024, y en poco más de un año pasó de las carreras de hermandad catalanas a codearse con las señoras del WorldTour.
Eso, en la vida real, no pasa. O no debería.
Pero la vida real, cuando se enfada, también obra milagros, aunque a la gente seria les cueste reconocerlo y prefieran explicarlos por la genética, la dieta o cualquier otra superstición laica.
En 2025 ya ganaba en Europa sub-23 —campeona de España contrarreloj, y en 2026, sin que nadie lo esperara —los periodistas que suelen ser los últimos en enterarse,- vinieron a darse cuenta sobre la marcha, que la joven tenía planes mas que interesantes cuando se llevó la Amstel Gold Race a veinte kilómetros de meta, sola, con la cara de quien no se cree lo que hace pero igual lo hace.
Primera mujer Española en ganar una clásica de las Ardenas.
Entonces llegó a La Vuelta 2026 como una aspirante, y salió como una leyenda.
La última etapa, la reina, bajo un diluvio que habría puesto de mal humor a un santo. Delante, la todopoderosa Anna van der Breggen, con dieciocho segundos de ventaja: una señora con las vitrinas llenas, que ya ganó todo lo que se podía ganar, incluido el respeto silencioso de sus rivales —que es la única medalla que no se compra ni se hereda—.
Detrás, Paula, segunda en la general, con la obligación de intentarlo y la tradición pesando como una losa: en el Angliru los milagros suelen quedar para los suicidas y los desesperados.
Y entonces hizo lo que hacen la gente dura cuando el partido se pone feo y no queda más calendario. En las rampas más dificiles, las que parten en dos al pelotón , Paula Blasi rompió a Van der Breggen y se fue sola. No miró el marcador, no hizo cálculos de oficinista, no esperó a nadie. Pedaleó como pedalea quien ha decidido que prefiere reventarse a perder.
Por detrás, una suiza de Wädenswil llamada Petra Stiasny, criada en piscinas y pistas de atletismo y reciclada a la bicicleta por la misma puerta lateral que ella, llevaba su propio cuento. La cazó a falta de poco, la pasó sin malicia y se llevó la etapa: dos chicas de veintitantos, dos vidas torcidas hacia el pedal, escribiendo a la vez en la roca asturiana sus respectivos capítulos.
Blasi entró segunda, a veintitrés segundos de Stiasny. Van der Breggen, descompuesta, llegó muy detrás. Diferencia final en la general: veinticuatro segundos. La Vuelta, para ella.
Luego dijo entre lágrimas que parecía una broma. Tal vez lo fue. Una broma cósmica de las que suceden cuando alguien apuesta toda su fe a que puede, contra lo que no parece sea sencillo y se lleva la sorpresa que puede.