14/08/2026
YO TAMBIEN ME LLAMO KIKI! decía la otra Kiki. Me llevaba un año. Teníamos 13 y 14 años. Le creímos. Sabíamos que su nombre verdadero era Anhild, pero ella decía que siempre también de apodo le habían dicho Kiki como a mí y la llamamos Kiki. Había dos Kikis, está bien, mi canario también se llamaba Kiki. Había probablemente miles o cientos de miles de Kikis en el mundo. ¡Por coincidencia nos habíamos encontrado dos!
Anhild era la hija de un buen amigo de negocios de mi papa. Los dos vendían motores eléctricos. Jupp, el amigo de mi papa, también tenía 3 hijas como mi papa, solo que eran más grandes, su Kiki era su más chiquita y yo era la más grande de tres. Jupp se había divorciado de su mujer cuando su Kiki había tenido, creo, 3 años. Kiki se quedó a vivir con su madre y su papa empezó una larga vida de soltero alegre.
En realidad Kiki no había sido nunca antes Kiki, nunca antes de conocerme a mí y mi familia y su papa se callaba de eso. Cuando estábamos juntos también la llamaba Kiki, ¿o no? ¿Lo recuerdo mal? Cosa es que Kiki venía a visitarnos durante muchas vacaciones desde su ciudad más en el sur de Alemania. Jupp nos lo había pedido. Se preocupaba por que veía a su hija muy sola e infeliz. En nuestra familia estaba feliz, tal vez había soñado toda su vida en una familia así, aunque nosotros también teníamos nuestras broncas. ¿Quién no?
Cada cuando Kiki regresaba a su ciudad con su madre: nos escribíamos cartas, cartas con sobre y timbre como antes, y a veces a diario.
Kiki empezaba a platicarnos pestes de su mama. Su mama la pegaba, la encerraba. Su mama parecía una verdadera bruja. Yo platicaba eso a mis padres y ellos lo comunicaban a Jupp. Lo que platicaba Kiki de su brujamadre era para llamar a la policía, pero nadie la llamaba y nunca jamás le vi moretones o marcas de estas supuestas golpizas.
Yo platicaba a mis papás y estos platicaban a Jupp y Jupp muy seguramente se sentía incómodo y para sentirse un poco menos incómodo: ¡soltaba dinero para Kiki, nos invitaba a todos aquí y allá! Y todo seguía igual o tal vez no: sus cuentos sobre su madre de Kiki empeoraban constantemente. Yo me angustiaba y mucho, porque quería ayudarla en contra de esta terrible mujer que parecía ser su madre, pero no sabía ni cómo.
Hoy creo que Kiki - con todos sus cuentos de horror gritaba a su padre: ¡Te quiero a ti ¡Quiero estar contigo! ¡Rescátame!
Un día hubo la fiesta del fin de la escuela de bailes – eso entonces se acostumbraba todavía – y yo viajé con mis padres a la otra ciudad para estar presente en este gran evento y eso es cuando conocimos a la brujamamá de Kiki: ¡ y no nos pareció ninguna bruja! Bueno, era una fiesta, un evento público ¿y quién se muestra allí de bruja? Pero estaban las hermanas más grandes de Kiki y todas, inclusive Kiki, parecían hasta muy amorosas con su madre y Jupp y su ex se parecían llevar muy cordialmente.
Después de esta fiesta Kiki ya casi no mencionaba a su madre cuando nos visitaba o viajaba con nosotros. En vez de eso me preocupaba con sus aventuras amorosas, todas con hombres de cincuenta años y arriba – supuestamente - que la pegaban y le daban droga….
¡Ay, yo era tan fresa y confiada y mi novio y yo nos pasábamos horas preocupándonos por ella!!! En vez de leer novelas o ver la tele, sufría la constante telenovela de Kiki, recibiendo sus constante cartas y llamadas por teléfono llenas de noticias del absoluto horror.
Al rato teníamos – las dos Kikis - veinte y tantos años, Kiki aprendió inglés y francés, fue a la escuela de secretarias y entró a trabajar como secretaria en el negocio de su papa. Era una secretaria, pero con muchísimos privilegios: ganaba un supersueldo, podía acompañar a su padre a muchos viajes y cuando se enfermaba seguía recibiendo el mismo sueldo. Bueno, eso es ley en Alemania para cualquier empleada, pero Kiki empezó a enfermarse mucho. Apendicitis. Amigdalitis. Algo de los nervios en la mano, una enfermedad de secretarias por escribir mucho a máquina. Migrañas cada vez más terribles. La operaron, le dieron esta y otra y una nueva terapia para esta u otra de sus dolencias.
Una vez se involucró con un joven que también trabajaba en el negocio de su padre, pero luego salió del closet como homosexual. O así lo platicaba ella. Yo estudiaba, había pasado por el marxismo, estaba explorando el budismo y saboreando la filosofía hippie.
Después, creo, que Kiki ya nunca me platicó de ninguna relación amorosa, ni con un ruco violento ni con jóvenes. Seguía visitándonos. ¡Su padre finalmente se había enamorado en una mujer mucho más joven que se había embarazado! Una verdaderamente linda mujer, mis padres se hacían amigos con ella también. Kiki ya solo hablaba de enfermedades y doctores y más enfermedades. Mientras que su papá, Jupp, rehacía su vida en una edad ya avanzada, ella heredó el departamento de soltero de su padre para enterrarse allí por el resto de sus años.
Cuando regresé por un rato con mi esposo mexicano a Alemania donde nació mi primer hijo, ella vino a visitarnos. Estaba más flaca todavía que antes. No podía comer un montón de cosas por su estómago y una enorme variedad de alergias. Solo arroz y pollo hervido. Nada sabroso. ¡Ni un pastelito con crema batida, ni un chocolate, ni una salchicha! Ya no trabajaba. Por tantas enfermedades la habían jubilado temprano. Muy temprano: ¡ni tenía 30 años!
Su papa le pagaba la vida.
Creo que su constante mensaje de Kiki a su padre era: ¡Yo sufro porque tú me abandonaste! ¡Todas mis enfermedades son por TU culpa!
¡Y su padre comprendió el mensaje y aceptó su culpa! La aceptó y pagaba – y literalmente – culpas. Es probable que ninguno de l@s dos nunca puso este enganche de culpar y aceptar culpas en palabras, pero l@s dos entendían el enganche hasta la perfección en un nivel preverbal y no consciente y por eso funcionó tan maravillosa- e infinitamente.
Pero eso lo veo HOY: ¡décadas después!
Kiki ya nunca tuvo que trabajar, porque su papa le pagaba la vida. Muy cómodo. Mucha ganancia. Y una terrible pérdida: porque - según yo sepa, nunca perdimos completamente el contacto, seguían las cartas a la antigua – nunca jamás trabajó y/o tuvo una relación amorosa. Vivía como mu**ta en vida.
¡Vente y visítame en México! Le escribía. Pero ni imaginarse eso: es imposible con mis alergias y muchas enfermedades, me explicaba en sus cortas cartas.
Una vez me visitó una hermana de Kiki cuyo hijo vivía un rato en San Cristóbal. Ésta era una mujer alegre, dos veces divorciada, adicta al viajar y descubrir las bellezas del mundo, ella lamentaba la triste vida de su hermana chica - que nunca llamaba Kiki y siempre Anhild. Anhild ya casi nunca salía del departamento, no tenía amistades y solo aparecía en reuniones familiares. Su madre de las tres hermanas ya había mu**to, algo que había afectado muchísimo a Anhild según su hermana. Jupp, su papa, ya también había mu**to y las tres habían heredado una buena suma de dinero, ¡pero Anhild ni sabía en qué gastarlo! Ya era una solterona con mil enfermedades, ¡ni pensar ni en viajar ni en salir a comer rico!
Cada año a mi cumpleaños recibía una tarjeta de esa mi Anhild – Kiki, nunca aprendió usar una computadora o mandar correo electrónico. Con su letra chiquita e irregular escribía palabras y frases que casi no decían nada. Solo contaba de esta u otra nueva enfermedad, de sus sobrin@s, uno u otra festividad familiar. Con 50 y tantos años de edad sufrió un aneurisma. Se recuperó, pero solo para aumentar discapacidades u dolencias.
Creo que fue hace 10 años que su hermana me notificó de que Kiki – Anhild había mu**to: ¡de un derrame cerebral, como su papa unos años antes! Sentí tristeza, pero tristeza sobre su vida, su muerte casi era un alivio, especialmente para ella – ¿o así parece, o? Su muerte era el fin de una vida como mu**ta.
aHace pocas noches soñé en ella - lleva como 10 años ya mu**ta - y la vi joven, bella, elegante, sonriéndome. Le dije: — Pero Kiki, tu ya estás mu**ta! - Pero ella no quería saber nada de eso, su cara me señalaba que se sentía joven y muy viva…….Sigo con ese sueño vivo adentro de mi 🙂