16/06/2023
Al caer la tarde el cielo cambia repentinamente. Un sol incandescente da lugar a unas nubes oscuras que amenazan con una lluvia torrencial. En Chulucanas los aguaceros avisan. No se necesita afinar el olfato, el olor invade, se cuela por las ventanas y ya no hay nada que lo detenga. Luego viene el sonido, las ramas de los árboles se zarandean y gritan de emoción como si tuvieran sed. Las primeras gotas empiezan a trepitar suavemente en la calamina y discurren por las canaletas formando persianas de agua en el frontis de la puerta. En un santiamén el sonido de la calamina se torna abrumador, afuera la neblina opaca la vista y nuestra choza, de pronto, se convierte en un nido. En un nido caliente y sereno en medio del viento gruñidor, de la lluvia furiosa que hace acurrucar cabeza con cabeza a las gallinas.
La calle Lambayeque se convierte en un río con la amenaza constante de meterse hasta el último rincón sin pedir perdón ni permiso. Los churres sacan sus cámaras recicladas y corren hasta el mercado que es donde empieza a tomar fuerza el riachuelo. Se tiran sobre las cámaras y se dejan llevar por la corriente simulando ser unos expertos navegantes. Mientras, en las puertas de las casas los vecinos luchan colocando sacos de arena a medida que el nivel del agua va en aumento. La lluvia se prolonga hasta la noche y uno tras otro va perdiendo la batalla. Sin poder hacer nada el agua irrumpe en las casas con toda la ferocidad de un elefante en estampida. Un apagón general pinta todo de negro y nos abandonamos en silencio a nuestra suerte. Las gotas en la calamina crean un sonido arrullador y el viento zumba cerca, de rato en rato un relámpago ilumina el cielo y los truenos retumban repetidas veces.
En la mañana el barrio despierta atolondrado, algunos árboles caídos, el señor del pan no tiene pan y un murmullo se oye entre la gente. La noticia se regó por todas las casas. El rio grande se ha salido, el puente viejo a punto de colapsar, la ciudad estaba aislada.
Decía García Márquez que la vida es lo que uno recuerda para contarla. Y hoy sin venir a cuento recuerdo los aguaceros de mi infancia. Papá había madrugado a la parcela para ver cómo estaba la siembra del maíz y yo tenía que llevarle el desayuno.
Camino a la chacra a lomo de "blanca", una hermosa yegua de cascos musicales y ancas refinadas, un paisaje verde se expande en el horizonte, las aguas discurren suavemente ladera abajo, una pareja de tortolas se dan amor acurrucadas en un overal mientras las flores lamen las gotas de sus pétalos. Salta una rana hacia el charco y los churumbos escalan sus brincos. Hinco las costillas de blanca con mis talones y a todo galope el aire fresco golpea mi rostro. Al llegar a la chacra un paisaje desolador me recibía. La quebrada se había desbordado y había arrasado con toda la siembra del maíz. Plantas arrancadas y cubiertas por el barro era todo el panorama que se extendía a lo largo de las dos hectáreas. Dejé a blanca en la choza y busqué a papá. Lo encontré sentado en una picota. Le dio una profunda calada a su cigarro. No estaba triste, era otra sensación, vacío tal vez, como si tuviera una rata dando mordiscos en el estómago.
- Aquí ya no queda nada. - Musitó y le dio otra calada al cigarro, intensa, con los pulmones pidiendo auxilio, hasta quemarse los labios.
- Ven aquí. - Me dijo indicándome que me siente a su lado.
Obedecí. Agarré la vianda de comida y me acurruqué a su costado.
- ¿Quieres ir a cazar patos? - Dijo para mi sorpresa. Estoy seguro que ha de haber parecido que los ojos se me iban a salir.
- Si, me gustaría mucho. - Respondí de inmediato.
Al poco rato, con la escopeta en el hombro y el machete en la mano, mi padre se abría camino entre la maleza a lo largo de la quebrada. Durante el trayecto me sentía tan entusiasmado que apenas conseguía controlar la respiración, una o dos veces papá tuvo que decirme que no haga ruido porque iba a espantar los patos. Llegamos al borde de una laguna rodeada de grandes algarrobos. Papá me hizo una señal para que me agazape entre las hierbas, casi a gatas fuimos acercándonos hasta la base de una inmensa piedra que bloqueaba la vista panorámica hacia la laguna. Poco a poco nos fuimos acercando y pude escuchar el graznar de los patos, mi emoción subió a mil, yo nunca había visto unos patos silvestres. Cuando me asomé con el mayor de los cuidados pude ver a lo lejos, casi en el otro extremo de la laguna un puñado de patos en el agua, me parecieron diminutos comparados con los patos de corral, todos eran iguales. Tenían un color marrón oscuro, en la cabeza unas mechas negras y el pescuezo decorado con plumas verdes.
Papá se colocó pecho a tierra con la escopeta hacia el puñado de patos, me pareció una escena de película con francotiradores. Yo estaba que me ponía verde de tanto contener la respiración. Hasta que el ensordecedor disparo de la escopeta hizo eco en todo el claro del campo. Cuando abrí los ojos papá ya estaba que se sambullía en la laguna para llegar hasta los dos patos que aleteaban mientras el resto de la bandada se alejaba por los cielos.
- ¡Cayeron dos! - Me gritó desde el otro extremo mientras levantaba los patos.
Por primera vez yo veía a mi padre como una personal real, con sentimientos y emociones y no como una entidad reguladora que controlaba cuando me concedía o no un permiso.
Estuvimos un buen rato desplumando los patos, mientras yo nadaba en esa agua negra por el barro.
- Vamos. - Dijo y me tiró los patos desplumados. Me desilusioné al verlos tan diminutos, parecían unas palomitas.
- ¿Ahora a dónde vamos? - Pregunté apurando el paso para seguirle el ritmo.
- A casa. Vamos a abrir una pescadería. - Me dijo mientras revoloteaba mi pelo con sus gruesas manos.
Algo debí comprender esa mañana. Una realidad profunda y dolorosa de nuestro pueblo de ese valle fuerte que devora y que da vida. Además de la gran capacidad de adaptación que tenía mi padre.
Papá tenía cincuenta y seis primaveras cuando se fue para siempre, tal vez pesa en mí el no haberle tomado mucha atención en sus últimos tiempos, creo que a veces uno se vuelve ingrato por la distancia. No tengo ningún video con el que pueda escuchar su voz. Solo el silencio de unas fotos borrosas me acompaña. Lo malo de las tristezas es que no importa que las tiendas al sol ni que todo el mundo las vea. Solo tú sabes el peso, el motivo y el nombre. Porque toda tristeza tiene un nombre.
Me hubiera gustado disfrutar más de momentos como ese. Pero papá se fue tan rápido que ni siquiera me revolvió el pelo con sus toscas manos antes de irse. Papá no sabía decir te quiero, pero todos los domingos por las mañanas nos compraba frito y él mismo preparaba el café. Él nos decía con sus actos lo que no se atrevía con la boca.
Pero hoy no vine a hablar de eso.
Solo vine a recordar los aguaceros de mi infancia.