15/07/2025
No estamos aquí para idolatrar hombres. Pero sí para honrar lo que Dios hizo a través de ellos.
John MacArthur no fue perfecto —ninguno lo es—, pero fue un hombre que dedicó su vida a predicar la Palabra con fidelidad, sin ceder a las modas, sin temor al rechazo, sin adornar el mensaje. Fue un pastor, maestro y exégeta que no buscó popularidad, sino verdad.
Decir tras su muerte: “espero que se haya arrepentido” es un acto de profunda ligereza espiritual y falta de respeto. No porque él sea intocable, sino porque esa insinuación nace de la soberbia, no del discernimiento.
📖 “No hables mal del siervo de otro. Para su propio Señor está en pie o cae; y estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.” (Romanos 14:4)
El tiempo de criticar públicamente a un hombre de Dios no es el día de su partida. Mucho menos para sembrar dudas sobre su fe o su eternidad.
Los que predican un evangelio de emociones, de pactos, de falsas revelaciones y de humanismo disfrazado de espiritualidad, no son dignos de juzgar al que predicó la Escritura con claridad durante más de medio siglo.
Si no estuviste de acuerdo con su teología, está bien. Pero no uses su muerte para ajustar cuentas. Eso no es celo por la verdad, es fariseísmo.