06/07/2024
Empezaré diciendo que es estupenda la emoción del primer viaje a bordo. Uno toma el v***r con el mismo lírico deslumbramiento que se tiene por la primera mujer. Dejar la ciudad recortada y medida, con sus gentes afanosas y sus vulgares trajines cotidianos, por la visión dilatada y magnifica del mar, es como tomarse un vino reconfortante, es como estirar los miembros abotagados, ponerse de un salto en los dinteles mismos de la alegría y coronarse el espíritu con una ancha diadema de anhelos y esperanzas. Ya lo dijo D'Annunzio: "Viajar es necesario, vivir es necesario"; Admirable frase de nomadismo inquieto, evangelio fecundo de quien ha ceñido con sus brazos el mar millonario de caminos....!
Contaré ahora algo de mis impresiones. Después de un recorrido de 30 horas largas,
anclando sucesivamente en puertecitos risibles y desmantelados, llego a Salaverry,
hermano en todo de sus congéneres menores. Bajar mi maleta del barco y hacer reventar mi ampolleta de alegría, todo fue uno. Adioses, trajines, ruido de llegada a puerto; mientras en lo alto se oficiaba "la misa verde de la mañana", que diría el gran Eguren; y el mar tan movido otros días en este paraje, simulaba un vasto lago de aceite brillante, apenas rizado por una brisa optimista y musical. Una vez desembarcado, yo y tres amigos nos metimos en un fordcito friolento y tras una linda carrera por el borde de la playa, sobre la arena planisima y lustrada, llegamos a "Buenos Aires", alegre balneario de la ciudad señorial de Pizarro: la muy noble y antañona Truxillo.
Desde "Buenos Aires" se abre una avenida magnifica, la avenida "Larco Herrera", toda ella bordeada de laureles-rosa cuya violenta floridez es un motivo de decoración jubilosa a los ojos del viajero. En el fondo, entre el verde de los árboles y precediendo una muralla de cerros escuetos, se distingue un simpático conjunto de casas, airosas cúpulas y torres que sobresalen: es la capital trujillana. No puede pues ser mejor la impresión que produce la ciudad des de la florida carretera. Desgraciadamente esta impresión de alegres relieves se achata y encoge al penetrar al recinto mismo de la población. Las casas
parecen ser muy bajas, el parque principal nos dispara su endomingado aire aldeano, las bocacalles vomitan uno que otro vivaracho automóvil, las plazuelas y jirones más centrales parecen bostezar mansamente, el viento mismo tiene un sabor de ruralismo avanzado y en todas partes flota, sobre el ralo discurrir de las gentes, un denso ambiente de provincia, violentado a ratos por las bocinas semovientes y la fresca voz de los pregoneros.
Yo creo que cuando se llega a una ciudad nueva no cabe sino este dilema: o uno se adapta y deja absorber por ella, o ésta se adapta y familiariza con uno. A mi me ha acontecido lo segundo: mi primera emoción de hostilidad vertical hacia Trujillo se fue desvaneciendo poco a poco por un acercamiento lento de la ciudad hacia mi. Es como si ella me hubiese dicho, con voz de mujer: Ve, no soy tan fea ni tan chata como me crees; tengo estos encantos, mirame, yo soy limpia y alegre, sobre todo: tú debes amarme..."
Exactamente. A pocas horas de mi llegada, con gran asombro de mi parte, la ciudad empieza a crecer a mis ojos, a constatarme su real, valía y a sonreirme con encanto desconocido. Y lo que pasa es esto: uno trae en el espiritu las proporciones y los valores estéticos de la última ciudad que deja: yo dejaba Lima, la futura gran urbe del Pacífico, colmena de mujeres bellas, nido caliente donde se incuba el huevo de un gran porvenir radiante; idejaba Lima y claro! Trujillo me parecía pequeña, encogida, eclipsada y chata. Mas, poco a poco, a la presión obstinada de nuevas visiones y al empeño visible de la ciudad por meter en mi cariño se fue desvaneciendo la tabla dimensional que venia acoplada a mi espiritu; y entonces-sin otro punto de referencia-tuve recién la verdadera expresión de la Ciudad de las Cúpulas.
Esto seguramente acontece a todo el mundo, y es por el mismo fenómeno de espejismo mental que, por ejemplo, los que llegan de Europa a Lima, me refiero a los mismas limeños, encuentran a esta miserable e insignificante; pero a los pocos días, en la esquina del Palais, verbigracia, ya la notan agradable, agrandada, estimable y respetable. Adquiere pues su veridica importancia. Si se viajase con el alma vacía de Imágenes urbanas, seguramente el desposorio con la ciudad nueva estaría libre de prejuicios mermantes y seria casto y desnudo el placer de la posesión.
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