06/05/2025
"La Gran Aventura de Cuisita"
En lo alto de un techo en Ventanilla, donde las nubes parecen mantas grises cubriendo el cielo, nació una pequeña cobaya de suave pelaje y ojos curiosos. Era un día frío, de esos en los que el viento susurra secretos entre las rendijas de las casas. Cuisita —como la llamarían después— llegó al mundo envuelta en el calor tembloroso de su mamá y rodeada por seis hermanos inquietos.
Apenas abrió sus ojitos, se pegó a su mamá para tomar su primera gotita de leche tibia. Pero pronto, una sombra enorme cruzó la jaula. ¡Un perro! Peludo, con lengua colgando y ojos brillantes como linternas en la noche. Cuisita se estremeció, su cuerpito temblaba como hoja al viento. Se aferró a su madre, que comía tranquila su cuyina, su alfalfa y su chala, sin imaginar el susto de su pequeña.
De pronto, las maderas crujieron como truenos lejanos. Una figura humana se asomó, abrió la jaula y... ¡tomó a mamá! ¿Era el final? ¿Acaso el temido destino de un cuy? Pero no, era el buen humano que los cuidaba. Uno a uno, los fue pasando a otra jaulita, mientras limpiaba con esmero la casita: adiós heces, adiós comida vieja. ¡Hola jaula limpia, comida fresca y rincones secos!
Todo parecía en calma… hasta que ocurrió lo inesperado: ¡la jaula quedó abierta!
—¡Es ahora o nunca! —pensó Cuisita.
Sus hermanos saltaron, su mamá también, y todos salieron al gran mundo exterior. ¡Pero qué horror! Dos perros gigantes comenzaron a perseguirlos. Cuisita corrió, esquivó patas, saltó piedras, bajó escaleras... ¡veinte peldaños de puro vértigo! Rodó y rodó hasta quedar tendida, desmayada, como una estrellita dormida.
Al despertar, vio una rendija de luz bajo una puerta. Se coló por allí.
—¡Oh, qué lugar tan curioso! —pensó.
Había libros, herramientas, tinas con agua que reflejaban el techo como espejos. Olía distinto, a cosas humanas, a misterios y a sopa... pero no de cuy, por suerte.
Cuisita, aún adolorida, se acurrucó entre unas toallas y cerró los ojitos. Soñó con pastos verdes, cielos despejados y jaulas sin barrotes. Hasta que unas manos suaves la despertaron. Sintió miedo. Pataleó, intentó arañar... pero esas manos no apretaban, no dolían. Eran cálidas. Eran amigas.
Y así, fue devuelta a la jaula junto a su mamá y sus hermanitos, todos a salvo.
Desde entonces, cuando Cuisita ve a los perros del otro lado de la reja, ya no tiembla. Los mira jugar, revolcarse con las patas al aire como si fueran cachorros de nube.
—Quizás... no eran tan malos —piensa, mientras come una hojita de alfalfa—. Pero igual, mejor desde aquí.
Y así terminó la gran aventura de Cuisita, la valiente cobaya de Ventanilla, que descubrió que el mundo es enorme, a veces aterrador... pero también lleno de manos buenas y lugares cálidos donde soñar.