25/08/2026
No todo lo nuevo es renovación. Y no todo lo antiguo necesita ser desechado.
Cuando hablamos de cambio en la iglesia, muchas veces terminamos en uno de dos extremos:
unos se aferran a determinadas formas porque durante años les dieron identidad;
otros parecen asumir que, si algo pertenece al pasado, entonces debe sustituirse por algo más nuevo.
Pero la pregunta que plantea esta lectura es bastante más incómoda:
¿qué debemos cambiar y con qué criterio decidimos cambiarlo?
Porque una iglesia no puede vivir simplemente diciendo: “Siempre lo hemos hecho así”.
Pero tampoco debería vivir preguntando:
“¿Qué está funcionando ahora para que nosotros también lo hagamos?”
Hay una herencia bíblica, teológica e histórica que no debería sacrificarse en el altar de la novedad.
Y al mismo tiempo, hay métodos, estructuras y formas que quizá necesiten revisarse para que la iglesia pueda continuar respondiendo fielmente a su misión en un mundo que cambia.
Tal vez la verdadera conversación no sea:
¿viejo o nuevo?
Sino:
¿qué pertenece al evangelio y debe permanecer, y qué pertenece únicamente a nuestras formas y puede cambiar?
Esa distinción no siempre es sencilla.
¿Qué cosas de la iglesia nunca deberían negociarse y qué cosas sí deberíamos estar dispuestos a replantear?
Creo que aquí tenemos conversatorio para rato.
Editorial Clie