04/05/2026
¡Cristo resucitó! Y eso lo cambia todo.
Una tumba vacía. Una piedra removida. Y un ángel con el mensaje más importante que el mundo jamás escucharía:
«¿Por qué buscáis entre los mu***os al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.»
— Lucas 24:5–6
La resurrección no es un detalle del evangelio. Es el evangelio.
El apóstol Pablo lo deja absolutamente claro: si Cristo no resucitó, nuestra fe no tiene objeto, nuestra predicación está vacía, y seguimos en nuestros pecados (1 Corintios 15:14–17). No hay cristianismo sin resurrección.
Pero Él resucitó.
Y eso significa que la muerte no tiene la última palabra. Que el pecado fue derrotado. Que la justicia de Dios fue satisfecha completamente. Que cada promesa que Dios hizo en su Palabra es tan segura como la tumba vacía.
«Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»
— 1 Corintios 15:54–57
Sus discípulos lo vieron. Lo tocaron. Comieron con Él. Y fueron tan transformados por ese encuentro que entregaron sus vidas enteras — y muchos, su muerte — para proclamarlo.
Hoy no solo recordamos un evento del pasado. Celebramos a un Cristo vivo, que intercede por nosotros, que volverá, y que un día resucitará también a los que son suyos.
¡Él resucitó! ¡Es verdaderamente resucitado!
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