06/14/2026
Me fastidia que cada vez que una persona con sangre puertorriqueña alcanza el éxito y quienes nos sentimos orgullosos de nuestras raíces celebramos sus logros, aparecen los mismos de siempre a criticar, burlarse y tratar de minimizar lo que representa para nuestro pueblo.
No importa que sea hijo, hija, nieto o nieta de puertorriqueños. No importa que haya crecido escuchando nuestra música, comiendo nuestra comida, hablando de Puerto Rico con orgullo o llevando nuestra bandera ante el mundo. Para algunos, nada de eso cuenta porque simplemente no nació en la isla.
Lo hemos visto una y otra vez. Lo vimos con Lin-Manuel Miranda, con Marc Anthony, con Jennifer López, con Fat Joe, Jasmine Camacho-Quinn y ahora con José Alvarado. Personas que nunca han ocultado sus raíces puertorriqueñas y que, por el contrario, las han abrazado y compartido con orgullo en los escenarios, en la música, en el deporte y ante millones de personas alrededor del mundo.
Lo curioso es que muchos de los que cuestionan su puertorriqueñidad son los mismos que guardan silencio cuando estas figuras hablan bien de Puerto Rico, ayudan a la isla, promueven nuestra cultura o levantan nuestra bandera. Pero tan pronto alguien los reconoce como parte de nuestra comunidad, salen a decir que no son “verdaderos boricuas”.
La realidad es que nadie escoge dónde nace. Lo que sí puede escoger es honrar sus raíces, respetar la tierra de sus padres y abuelos y sentirse orgulloso de la herencia que recibió. Y eso es precisamente lo que han hecho tantos puertorriqueños nacidos fuera de la isla.
Puerto Rico no termina en nuestras costas. Puerto Rico también vive en Nueva York, en Florida, en Chicago, en Filadelfia, en Connecticut y en cualquier lugar donde haya un boricua llevando su cultura, sus costumbres y su orgullo de generación en generación.
Nadie tiene la autoridad para decidir quién puede sentirse orgulloso de su sangre puertorriqueña. Si una persona tiene raíces boricuas, las honra, las respeta y las lleva con orgullo, tiene todo el derecho de celebrar esa identidad.
Porque al final del día, la puertorriqueñidad no se mide únicamente por un certificado de nacimiento. También se mide por el amor, el respeto y el orgullo que una persona siente por sus raíces.