09/19/2026
Muy triste!
¿Cómo es que nadie extrañó a Doña Maria?
Esa es la pregunta que se me quedó dando vueltas.
La noticia es que encontraron el cuerpo de una mujer en la sala de su casa, en avanzado estado de descomposición y algunos dicen que no la veían desde aproximadamente el 2021. ¿Cuándo y cómo murio ? No se sabe pero se estima que fue hace más de un año.
¿Cómo una persona deja de verse durante tanto tiempo sin que nadie la extrañe, sin que nadie la procure? ¿Dónde estaban sus afectos? ¿Su familia? ¿Sus amistades? ¿Sus vecinos? ¿Había alguien que acostumbraba llamarla, visitarla o simplemente preguntar por ella?
Pasó el tiempo. La casita siguió allí. Las plantas fueron creciendo hasta cubrir parte de sus paredes. La vida continuó alrededor de ella. Los carros pasaron, los vecinos entraron y salieron de sus casas, llegaron días de fiesta, Navidades, cumpleaños, año nuevo… y Doña María seguía sin aparecer.
Y eso es lo que más me conmueve de esta historia: pensar que la ausencia de una persona puede llegar a hacerse tan larga que termine convirtiéndose en silencio.
No conocemos todo lo que rodeó la vida de Doña María. Pero mirar esa casa me hace pensar en nuestros viejos, especialmente en aquellos que viven solos. En cuántas veces la soledad comienza de una manera mucho menos evidente: cada vez menos llamadas, menos visitas, menos lugares a donde ir, menos personas preguntando “¿cómo estás?”
Hasta que un día puede que nadie pregunte.
Cada cual en su casa. Cada cual resolviendo sus problemas. Trabajando, corriendo, pagando cuentas, criando hijos, tratando de sobrevivir al afán de todos los días.
Y en medio de todo eso, dejamos de mirar hacia el lado. Quizás poco a poco hemos ido perdiendo algo que antes parecía más natural: hacer comunidad.
La vecina que pregunta: “Hace días que no veo a Doña María, ¿estará bien?”. El que toca la puerta. El que se da cuenta de que hace tiempo no ve movimiento en aquella casa. El que pregunta por alguien cuando deja de verlo en la iglesia, en la farmacia, en el supermercado o sentado frente a su casa.
Esta historia también me hace pensar en algo que vemos con demasiada frecuencia en terapia: la soledad y el aislamiento en nuestros adultos mayores.
La depresión no es una parte normal del envejecimiento, pero envejecer significa atravesar muchas pérdidas. Mueren amistades. Fallece la pareja. Los hijos hacen sus vidas. Puede disminuir la movilidad y la independencia. Algunos dejan de conducir. El círculo social se hace más pequeño.
Y poco a poco, casi sin que nadie se dé cuenta, el mundo de una persona puede hacerse cada vez más pequeño, silencioso e invisible.
Por eso esta noticia no me deja pensando solamente en cómo murió Doña María del Carmen.
Me deja pensando en cómo vivía.
¿Tenía con quién tomarse un café?
¿Alguien la llamaba para preguntarle cómo amaneció?
¿Había alguien esperando verla?
¿Tenía comunidad?
¿Quién sabía cuándo estaba triste, enferma o simplemente necesitaba compañía?
La respuesta parecería ser que no.
Nuestros viejos necesitan mucho más que medicamentos, citas médicas y que alguien les haga las compras. Necesitan pertenecer. Necesitan sentirse vistos. Necesitan comunidad.
Mira a tus viejos, pero mira también un poquito más allá de los tuyos. Al vecino que vive solo. A la señora que siempre veías afuera y hace tiempo no ves. Al viejito de la iglesia que dejó de llegar. A la persona mayor de tu comunidad que quizás no tiene hijos cerca.
Una llamada. Un plato de comida. Un “pasé a ver cómo estabas”. Un “hace días que no te veo”. Tocar una puerta.
Parece poco. Pero a veces hacer comunidad comienza exactamente así.
Y después de conocer esta historia, la pregunta que se me queda no es solamente:
¿Cómo es que nadie extrañó a Doña María del Carmen?
También me queda otra:
¿A quién hace tiempo que no veo y todavía estoy a tiempo de tocarle la puerta?
Dra. Fermina L. Román, Psicóloga